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Semana Santa
La
Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Extractos del libro
"La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo" de la Mística
alemana, Venerable Ana Catalina Emmerich
Fuente: Capilla de Oración Católica
Introducción. La
Ultima Cena
1
Ayer tarde fue cuando tuvo
lugar la última gran comida del Señor y sus amigos, en casa de Simón el
Leproso, en Betania, en donde María Magdalena derramó por la última vez
los perfumes sobre Jesús. Los discípulos habían preguntado ya a Jesús dónde
quería celebrar la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a
Pedro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar
y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión,
encontrarían al hombre con el cántaro de agua. Ellos conocían ya a este
hombre, pues en la última Pascua, en Betania, él había preparado la
comida de Jesús: por eso San Mateo dice: cierto hombre. Debían seguirle
hasta su casa y decirle: "El Maestro os manda decir que su tiempo se
acerca, y que quiere celebrar la Pascua en vuestra casa". Después debían
ser conducidos al Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias.
Yo vi los dos Apóstoles subir a Jerusalén; y encontraron al principio de
una pequeña subida, cerca de una casa vieja con muchos patios, al hombre
que el Señor les había designado: le siguieron y le dijeron lo que Jesús
les había mandado. Se alegró mucho de esta noticia, y les respondió que
la comida estaba ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemus); que
no sabía para quién, y que se alegraba de saber que era para Jesús. Este
hombre era Elí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año
anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. Iba todos los años
a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala, y preparaba la
Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había
alquilado un Cenáculo que pertenecía a Nicodemus y a José de Arimatea.
Enseñó a los dos Apóstoles su posición y su distribución interior.
2
Sobre el lado meridional de
la montaña de Sión, se halla una antigua y sólida casa, entre dos filas
de árboles copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas
paredes. Al lado izquierdo de la entrada se ven otras habitaciones contiguas
a la pared; a la derecha, la habitación del mayordomo, y al lado, la que la
Virgen y las santas mujeres ocuparon con más frecuencia después de la
muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más espacioso, había servido
entonces de habitación a los audaces capitanes de David: en él se
ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del templo, el Arca
de la Alianza había sido depositada allí bastante tiempo, y aún hay
vestigios de su permanencia en un lugar subterráneo. Yo he visto también
al profeta Malaquías escondido debajo de las mismas bóvedas; allí escribió
sus profecías sobre el Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva
Alianza. Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los
babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas cosas de ella;
pero no tengo presente más que lo que he contado. Este edificio estaba en
muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemus y de José de
Arimatea: habían dispuesto el cuerpo principal muy cómodamente y lo
alquilaban para servir de Cenáculo a los extranjeros, que la Pascua atraía
a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. El Cenáculo,
propiamente, está casi en medio del patio; es cuadrilongo, rodeado de
columnas poco elevadas. Al entrar, se halla primero un vestíbulo, adonde
conducen tres puertas; después de entra en la sala interior, en cuyo techo
hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas, para la fiesta,
hasta media altura, de hermosos tapices y de colgaduras. La parte posterior
de la sala está separada del resto por una cortina. Esta división en tres
partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo. En la última parte
están dispuestos, a derecha e izquierda, los vestidos necesarios para la
celebración de la fiesta. En el medio hay una especie de altar; en esta
parte de la sala están haciendo grandes preparativos para la comida
pascual. En el nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que
se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda
clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposó
allí. En las salas laterales del Cenáculo hay camas en donde se puede
pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay bodegas hermosas. El Arca de
la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el sitio donde se ha
construido el hogar. Yo he visto allí a Jesús curar y enseñar; los discípulos
también pasaban con frecuencia las noches en las laterales.
3
Vi a Pedro y a Juan en
Jerusalén entrar en una casa que pertenecía a Serafia (tal era el nombre
de la que después fue llamada Verónica). Su marido, miembro del Consejo,
estaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa atareado con sus negocios;
y aun cuando estaba en casa, ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de
María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde
mucho tiempo antes: pues cuando el niño se quedó en el templo después de
la fiesta, ella le dio de comer. Los dos apóstoles tomaron allí, entre
otras cosas, el cáliz de que se sirvió el Señor para la institución de
la Sagrada Eucaristía. El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de
Verónica, es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo
en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo
origen y uso se había olvidado. Había sido vendido a un aficionado de
antigüedades. Y comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús
para la celebración de las fiestas, y desde ese día fue propiedad
constante de la santa comunidad cristiana. El gran cáliz estaba puesto en
una azafata, y alrededor había seis copas. Dentro de él había otro vaso
pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En su pie estaba
embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. El gran cáliz se ha
quedado en la iglesia de Jerusalén, cerca de Santiago el Menor, y lo veo
todavía conservado en esta villa: ¡aparecerá a la luz como ha aparecido
esta vez! Otras iglesias se han repartido las copas que lo rodeaban; una de
ellas está en Antioquía; otra en Efeso: pertenecían a los Patriarcas, que
bebían en ellas una bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición,
como lo he visto muchas veces. El gran cáliz estaba en casa de Abraham:
Melquisedec lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán
cuando comenzó a fundar algunos establecimientos en el mismo sitio donde se
edificó después Jerusalén: él lo usó en el sacrificio, cuando ofreció
el pan y el vino en presencia de Abraham, y se lo dejó a este Patriarca.
4
Por la mañana, mientras
los dos Apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer los preparativos de la
Pascua, Jesús, que se había quedado en Betania, hizo una despedida tierna
a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas
instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre
otras cosas, que había enviado a Pedro, el Apóstol de la fe, y a Juan, el
Apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén. Dijo que María
Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que
todavía era un poco según la carne, y que por ese motivo el dolor la ponía
fuera de sí. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima
rogó por él. Judas había ido otra vez de Betania a Jerusalén con
pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos, y
arregló la venta con ellos. Le enseñaron los soldados encargados de
prender al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera
explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo
he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial;
pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas
pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en la ausencia de Jesús.
Cuando el Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, Ella le pidió
de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó
que tuviera más resignación que las otras mujeres; le dijo también que
resucitaría, y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero
estaba profundamente triste. El Señor le dio las gracias, como un hijo
piadoso, por todo el amor que le tenía. Se despidió otra vez de todos,
dando todavía diversas instrucciones. Jesús y los nueve Apóstoles
salieron a las doce de Betania para Jerusalén; anduvieron al pie del monte
de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En el camino no
cesaba de instruirlos. Dijo a los Apóstoles, entre otras cosas, que hasta
entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su
carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor
con una expresión tan dulce en su ara, que su alma parecía salirse por
todas partes, y que se deshacía en amor, esperando el momento de darse a
los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creyeron que hablaba del
cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación
que encierran los últimos discursos que pronunció en Betania y aquí.
Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos
de la ceremonia estaban ya en el vestíbulo. En seguida se fueron al valle
de Josafat y llamaron al Señor y a los nueve Apóstoles. Los discípulos y
los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después.
5
Jesús y los suyos comieron
el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en tres grupos: el Salvador
con los doce Apóstoles en la sala del Cenáculo; Natanael con otros doce
discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a
Eliazim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo
de San Juan Bautista. Se mataron para ellos tres corderos en el templo. Había
allí un cuarto cordero, que fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el
que comió Jesús con los Apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia;
continuamente ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del
cordero; vino pocos instantes antes de la comida. El sacrificio del cordero
destinado a Jesús y a los Apóstoles fue muy tierno; se hizo en el vestíbulo
del Cenáculo. Los Apóstoles y los discípulos estaban allí cantando el
salmo CXVIII. Jesús habló de una nueva época que comenzaba. Dijo que los
sacrificios de Moisés y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse;
pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como
antiguamente en Egipto, y que iban a salir verdaderamente de la casa de
servidumbre. Los vasos y los instrumentos necesarios fueron preparados.
Trajeron un cordero pequeñito, adornado con una corona, que fue enviada a
la Virgen Santísima al sitio donde estaba con las santas mujeres. El
cordero estaba atado, con la espalda sobre una tabla, por el medio del
cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón
tenía la cabeza del cordero. El Señor lo picó con la punta de un cuchillo
en el cuello, y el hijo de Simeón acabó de matarlo. Jesús parecía tener
repugnancia de herirlo: lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre
fue recogida en un baño, y le trajeron un ramo de hisopo que mojó en la
sangre. En seguida fue a la puerta de la sala, tiñó de sangre los dos
pilares y la cerradura, y fijó sobre la puerta el ramo teñido de sangre.
Después hizo una instrucción, y dijo, entre otras cosas, que el ángel
exterminador pasaría más lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor
y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, a Él mismo, el verdadero
Cordero pascual; que un nuevo tiempo y un nuevo sacrificio iban a comenzar,
y que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad
de la sala, cerca del hogar donde había estado en otro tiempo el Arca de la
Alianza. Jesús vertió la sangre sobre el hogar, y lo consagró como un
altar; seguido de sus Apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró
como un nuevo templo. Todas las puertas estaban cerradas mientras tanto. El
hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las
patas de adelante estaban atadas a un palo puesto al revés; las de atrás
estaban extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la
cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos
traídos del templo. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que
estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una
camisa, y una capa más corta de adelante que de atrás; se arremangaron los
vestidos hasta la cintura; tenían también unas mangas anchas arremangadas.
Cada grupo fue a la mesa que le estaba reservada: los discípulos en las
salas laterales, el Señor con los Apóstoles en la del Cenáculo. Según
puedo acordarme, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y
Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás
y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo;
al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe. Después
de la oración, el mayordomo puso delante de Jesús, sobre la mesa, el
cuchillo para cortar el cordero, una copa de vino delante del Señor, y llenó
seis copas, que estaban cada una entre dos Apóstoles. Jesús bendijo el
vino y lo bebió; los Apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor
partió el cordero; los Apóstoles presentaron cada uno su pan, y recibieron
su parte. La comieron muy de prisa, con ajos y yerbas verdes que mojaban en
la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose sólo un poco sobre el
respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ácimos, guardó una
parte, y distribuyó la otra. Trajeron otra copa de vino; y Jesús decía:
"Tomad este vino hasta que venga el reino de Dios". Después de
comer, cantaron; Jesús rezó o enseñó, y habiéndose lavado otra vez las
manos, se sentaron en las sillas. Al principio estuvo muy afectuoso con sus
Apóstoles; después se puso serio y melancólico, y les dijo: "Uno de
vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta
mesa". Había sólo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que
estaban a su lado, y encargó a Judas, sentado en frente, que la
distribuyera por su lado. Cuando Jesús habló de un traidor, cosa que
espantó a todos los Apóstoles, dijo: "Un hombre cuya mano está en la
misma mesa o en el mismo plato que la mía", lo que significa:
"Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno de los que participan
de mi pan". No designó claramente a Judas a los otros, pues meter la
mano en el mismo plato era una expresión que indicaba la mayor intimidad.
Sin embargo, quería darle un aviso, pues, que metía la mano en el mismo
plato que el Señor para repartir lechuga. Jesús añadió: "El hijo
del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que
venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido". Los Apóstoles,
agitados, le preguntaban cada uno: "Señor, ¿soy yo?", pues todos
sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre
Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor
quién era, pues habiendo recibido algunas reconvenciones de Jesús, tenía
miedo que le hubiera querido designar. Juan estaba a la derecha de Jesús,
y, como todos, apoyándose sobre el brazo izquierdo, comía con la mano
derecha: su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Se recostó sobre su
seno, y le dijo: "Señor, ¿quién es?". Entonces tuvo aviso que
quería designar a Judas. Yo no vi que Jesús se lo dijera con los labios:
"Este a quien le doy el pan que he mojado". Yo no sé si se lo
dijo bajo; pero Juan lo supo cuando el Señor mojó el pedazo de pan con la
lechuga, y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó también:
"Señor, ¿soy yo?". Jesús lo miró con amor y le dio una
respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad
y de confianza. Jesús lo hizo con una afección cordial, para avisar a
Judas, sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de
rabia. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda, sentada a sus pies, y
que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro
lo que le había dicho Jesús; pero lo tranquilizó con los ojos.
6
Se levantaron de la mesa, y
mientras arreglaban sus vestidos, según costumbre, para el oficio solemne,
el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió
que trajera agua al vestíbulo, y salió de la sala con sus criados. De pie
en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No
puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló
de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de lo que les dejaría al
separarse de ellos. Enseñó también sobre la penitencia, la confesión de
las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta
instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también que todos
reconocían sus pecados y se arrepentían, excepto Judas. Este discurso fue
largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a
buscar agua al vestíbulo, y dijo a los Apóstoles que arreglaran las sillas
en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla
alrededor del cuerpo. Mientras tanto, los Apóstoles se decían algunas
palabras, y se preguntaban entre sí cuál sería el primero entre ellos;
pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su
reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor
tenía un pensamiento secreto, y que quería hablar de un triunfo terrestre
que estallaría en el último momento. Estando Jesús en el vestíbulo, mandó
a Juan que llevara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; en
seguida fueron detrás de él a la sala en donde el mayordomo había puesto
otro baño vacío. Entró Jesús de un modo muy humilde, reprochando a los
Apóstoles con algunas palabras la disputa que se había suscitado entre
ellos: les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor; que debían
sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron en el mismo orden en que
estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies
agua del baño que llevaba Juan; con la extremidad de la toalla que lo ceñía,
los limpiaba; estaba lleno de afección mientras hacía este acto de
humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerlo por humildad, y le
dijo: "Señor, ¿Vos lavarme los pies?". El Señor le respondió:
"Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás mas tarde". Me
pareció que le decía aparte: "Simón, has merecido saber de mi Padre
quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú solo lo has confesado
expresamente, y por eso edificaré sorbe ti mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella. Mi fuerza acompañará a tus
sucesores hasta el fin del mundo". Jesús lo mostró a los Apóstoles,
diciendo: "Cuando yo me vaya, él ocupará mi lugar". Pedro le
dijo: "Vos no me lavaréis jamás los pies". El Señor le respondió:
"Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo". Entonces
Pedro añadió: "Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las
manos y la cabeza". Jesús respondió: "El que ha sido ya lavado,
no necesita lavarse más que los pies; está purificado en todo el resto;
vosotros, pues, estáis purificados, pero no todos". Estas palabras se
dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una
purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en
contacto con la tierra, se ensucian constantemente si no se tiene una grande
vigilancia. Este lavatorio de los pies fue espiritual, y como una especie de
absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación
demasiado grande de su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para
salvarlo, se humillaría hasta la muerte ignominiosa de la cruz. Cuando Jesús
lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó
la cara a sus pies; le dijo en voz baja, que debía entrar en sí mismo; que
hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y
hablaba con Juan. Pedro se irritó y le dijo: "Judas, el Maestro te
habla". Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como:
"Señor, ¡Dios me libre!". Los otros no habían advertido que Jesús
hablaba con Judas, pues hablaba bastante bajo para que no le oyeran, y además,
estaban ocupados en ponerse su calzado. En toda la pasión nada afligió más
al Salvador que la traición de Judas. Jesús lavó también los pies a Juan
y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les dijo que el que serví a los
otros era el mayor de todos; y que desde entones debían lavarse con
humildad los pies los unos a los otros; en seguida se puso sus vestidos. Los
Apóstoles desataron los suyos, que los habían levantado para comer el
cordero pascual.
7
Por orden del Señor, el
mayordomo puso de nuevo la mesa, que había lazado un poco: habiéndola
puesto en medio de la sala, colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro
lleno de vino. Pedro y Juan fueron a buscar al cáliz que habían traído de
la casa de Serafia. Lo trajeron entre los dos como un Tabernáculo, y lo
pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente
ovalada con tres panes asimos blancos y delgados; los panes fueron puestos
en un paño con el medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual:
había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite
espeso, la otra de aceite líquido y la tercera vacía. Desde tiempo antiguo
había la costumbre de repartir el pan y de beber en el mismo cáliz al fin
de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar la
bienvenida o para despedirse. Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más
santo Sacramento: hasta entonces había sido un rito simbólico y
figurativo. El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban
cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue
sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi
explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando
a los otros a decir misa. Sacó del azafate, en el cual estaban los vasos,
una tablita; tomó un paño blanco que cubría el cáliz, y lo tendió sobre
el azafate y la tablita. Luego sacó los panes asimos del paño que los cubría,
y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más
pequeño, y puso a derecha y a izquierda las seis copas de que estaba
rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según yo creo: elevó con
sus dos manos la patena, con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció,
puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. Tomó después el cáliz,
hizo que Pedro echara vino en él y que Juan echara el agua que había
bendecido antes; añadió un poco de agua, que echó con una cucharita :
entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso
sobre la mesa. Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos. No me acuerdo
si este fue el orden exacto de las ceremonias: lo que sé es que todo me
recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa. Jesús se
mostraba cada vez más afectuoso; les dijo que les iba a dar todo lo que tenía,
es decir, a Sí mismo; y fue como si se hubiera derretido todo en amor. Le
volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa. Rompió el pan en
muchos pedazos, y los puso sobre la patena; tomó un poco del primer pedazo
y lo echó en el cáliz. Oró y enseñó todavía: todas sus palabras salían
de su boca como el fuego de la luz, y entraban en los Apóstoles, excepto en
Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es
mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para
bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras
eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo
resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba
tenebroso. Jesús presentó primero el pan a Pedro, después a Juan; en
seguida hizo señas a Judas que se acercara: éste fue el tercero a quien
presentó el Sacramento, pero fue como si las palabras del Señor se
apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él. Yo estaba tan agitada,
que no puedo expresar lo que sentía. Jesús le dijo: "Haz pronto lo
que quieres hacer". Después dio el Sacramento a los otros Apóstoles.
Elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció
las palabras de la consagración: mientras las decía, estaba transfigurado
y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio
de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso
sobre la mesa. Juan echó la sangre divina del cáliz en las copas, y Pedro
las presentó a los Apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Yo
creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el
cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió en seguida del Cenáculo. Los
otros creyeron que Jesús le había encargado algo. El Señor echó en un
vasito un resto de sangre divina que quedó en el fondo del cáliz; después
puso sus dedos en el cáliz, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino.
Después les dio a beber de nuevo en el cáliz, y el resto lo echó en las
copas y lo distribuyó a los otros Apóstoles. En seguida limpió el cáliz,
metió dentro el vasito donde estaba el resto de la sangre divina, puso
encima la patena con el resto del pan consagrado, le puso la tapadera,
envolvió el cáliz, y lo colocó en medio de las seis copas. Después de la
Resurrección, vi a los Apóstoles comulgar con el resto del Santísimo
Sacramento. Había en todo lo que Jesús hizo durante la institución de la
Sagrada Eucaristía, cierta regularidad y cierta solemnidad: sus movimientos
a un lado y a otro estaban llenos de majestad. Vi a los Apóstoles anotar
alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo.
8
Jesús
hizo una instrucción particular. Les dijo que debían conservar el Santísimo
Sacramento en memoria suya hasta el fin del mundo; les enseñó las formas
esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por
grados, enseñar y publicar este misterio. Les enseñó cuándo debían
comer el resto de las especies consagradas, cuándo debían dar de ellas a
la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando les
hubiese enviado el Consolador. Les habló después del sacerdocio, de la
unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había tres
cajas: dos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Enseñó cómo se
debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar, y en qué
ocasiones. Me acuerdo que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no era
aplicable: puede ser que fuera la Extremaunción; mis recuerdos no están
fijos sobre ese punto. Habló de diversas unciones, sobre todo de las de los
Reyes, y dijo que aun los Reyes inicuos que estaban ungidos, recibían de la
unción una fuerza particular. Después vi a Jesús ungir a Pedro y a Juan:
les impuso las manos sorbe la cabeza y sobre los hombros. Ellos juntaron las
manos poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante
de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice
de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo
también que aquello permanecería hasta el fin del mundo. Santiago el
Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé recibieron asimismo la
consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de
estola que llevaba al cuello, y a los otros se la colocó sobre el hombro
derecho. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y
sobrenatural que no sé explicar. Les dijo que en recibiendo el Espíritu
Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los Apóstoles.
Me fue mostrado aquí que el día de Pentecostés, antes del gran bautismo,
Pedro y Juan impusieron las anos a los otros Apóstoles, y ocho días después
a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por
primera vez el Santísimo Sacramento a la Virgen Santísima. Esta
circunstancia fue celebrada entre los Apóstoles. La Iglesia no celebra ya
esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante. Los primeros días
después de Pentecostés yo vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada
Eucaristía: más tarde, los otros hicieron lo mismo. El Señor consagró
también el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo
apagar jamás: fue conservado al lado del sitio donde estaba puesto el Santísimo
Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban a
sacarlo siempre para los usos espirituales. Todo lo que hizo entonces Jesús
estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en secreto. La Iglesia ha
conservado lo esencial, extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu
Santo para acomodarlo a sus necesidades. Cuando estas santas ceremonias se
acabaron, el cáliz que estaba al lado del crisma fue cubierto, y Pedro y
Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte mas retirada de la sala,
que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces fue el
santuario. José de Arimatea y Nicodemus cuidaron el Santuario y el Cenáculo
en la ausencia de los Apóstoles. Jesús hizo todavía una larga instrucción,
y rezó algunas veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre
celestial: estaba lleno de entusiasmo y de amor. Los Apóstoles, llenos de
gozo y de celo, le hacían diversas preguntas, a las cuales respondía. La
mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo
a Pedro y a Juan diferentes cosas que debían comunicar después a los otros
Apóstoles, y estos a los discípulos y a las santas mujeres, según la
capacidad de cada uno para estos conocimientos. Yo he visto siempre así la
Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero mi emoción antes
era tan grande, que mis percepciones no podían ser bien distintas: ahora lo
he visto con más claridad. Se ve el interior de los corazones; se ve el
amor y la fidelidad del Salvador: se sabe todo lo que va a suceder. Como sería
posible observar exactamente todo lo que no es más que exterior, se inflama
uno de gratitud y de amor, no se puede comprender la ceguedad de los
hombres, la ingratitud del mundo entero y sus pecados. La Pascua de Jesús
fue pronta, y en todo conforme a las prescripciones legales. Los fariseos añadían
algunas observaciones minuciosas.
En el
Monte de los Olivos
1
Cuando Jesús, después de
instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los
once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando.
Condujo a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. El Señor,
andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo;
que entonces los hombres temblarían y gritarían: "¡Montes,
cubridnos!". Les dijo también: "Esta noche seréis escandalizados
por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán
dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea". Los Apóstoles
conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había
comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús.
Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de diversos modos, protestando
que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles en el mismo
sentido, y entonces dijo Pedro: "Aunque todos se escandalizaren por
vuestra causa, yo jamás me escandalizaré". El Señor le predijo que
antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y Pedro insistió de
nuevo, y le dijo: "Aunque tenga que morir con Vos, nunca os negaré".
Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y
la tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más. Querían ellos consolarlo
de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveía no sucedería.
Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y vino sobre ellos
la tentación. Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde
fue conducido preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un
rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo.
Desde el Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de
legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús
en los últimos días había pasado algunas noches con sus discípulos, se
componía de varias casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado
de un seto, adonde no había más que plantas de adorno y árboles frutales.
Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este jardín,
que era un lugar de recreo y de oración. El jardín de los Olivos estaba
separado del de Getsemaní por un camino; estaba abierto, cercado sólo por
una tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní. Había en
él grutas, terraplenes y muchos olivos, y fácilmente se encontraban sitios
a propósito para la oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más
retirado de todos.
2
Eran cerca de las nueve
cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba
todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor
estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban
sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se
quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó
consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos.
Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le
preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan
abatido. "Mi alma está triste hasta la muerte", respondió Jesús;
y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes
cargadas de figuras terribles. Entonces dijo a los tres Apóstoles:
"Quedaos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación".
Jesús bajó un poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en
una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual estaban los Apóstoles
en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba poco a poco en esta gruta, y
las plantas asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la entrada,
de modo que no podía ser visto. Cuando Jesús se separó de los discípulos,
yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban
cada vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban; penetró temblando
en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la
tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más
fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el horrible espectáculo
de todos los pecados cometidos desde la caída del primer hombre hasta el
fin del mundo, y su castigo. A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían
venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en
esta misma gruta habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al
entregarse a la divina justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía
volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en
su pura, amante e inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la
sacrificaba a las angustias y a los padecimientos. Postrado en tierra,
inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del
mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior;
los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su
Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se
agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se
enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más
horribles, gritaba a su santa humanidad: "¡Como!, ¿tomarás tú éste
también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo
esto?". Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo
vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi
salir hacia mí como un río en donde todas mis culpas me fueron
presentadas. Al principio Jesús estaba arrodillado, y oraba con serenidad;
pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables
de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan
vehemente, que exclamó diciendo: "¡Padre mío, todo os es posible:
alejad este cáliz!". Después se recogió y dijo: "Que vuestra
voluntad se haga y no la mía". Su voluntad era la de su Padre; pero
abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto
de la muerte. Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los
pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las
ingratitudes que le oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía
como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo
la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos;
inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó,
temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía
descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la
cabeza. Eran cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado
de sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió a la
izquierda de la gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos,
fatigados de tristeza y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre
cercado de angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos, y
semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro próximo, viene a
visitar a su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban
en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también
en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a
ellos lleno de tristeza y de inquietud, y dijo: "Simón, ¿duermes?".
Despertáronse al punto; se levantaron y díjoles en su abandono: "¿No
podíais velar una hora conmigo?". Cuando le vieron descompuesto, pálido,
temblando, empapado en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi
extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido
rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido. Juan le dijo:
"Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos
huir?". Jesús respondió: "Si viviera, enseñara y curara todavía
treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de
aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí, porque no
podrían verme en esta miseria sin escandalizarse: caerían en tentación,
olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre
transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero vela y ora para
no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la carne es débil".
Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su
naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad. Les habló
todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se
volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las
manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y
se preguntaban: "¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un
abandono completo?". Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos
de ansiedad y de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de
hora y media, desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En
efecto, dice en la Escritura: "¿No habéis podido velar una hora
conmigo?". Pero esto no debe entenderse a la letra y según nuestro
modo de contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían orado
primero, después se habían dormido, porque habían caído en tentación
por falta de confianza. Los otros ocho, que se habían quedado a la entrada,
no dormían: la tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús los
había dejado muy inquietos; erraban por el monte de los Olivos para buscar
algún refugio en caso de peligro.
3
Había poco ruido en
Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en los preparativos de
la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y
hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen algún
acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de Cleofás,
María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de María,
madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso venir
al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de Arimatea,
y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues
habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones de Jesús en el Cenáculo,
habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían
oído que se preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el
peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al Señor tan cerca de
la fiesta; ellos no sabían nada de la traición de Judas. María les habló
de la agitación de éste en los últimos días; de qué manera había
salido del Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a Aquél: Ella le
había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición. Las santas
mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.
4
Cuando Jesús volvió a la
gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con el rostro contra la
tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre
celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de
hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los
dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era
la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y
alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la
significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos
sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la significación
de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la
satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de
cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a la concupiscencia de
toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la
naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles le
presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a
pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el
espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles
expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor de sangre salió
de todo su cuerpo. Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en
esta inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de
compasión; hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban
ardientemente consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo
como una lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y
el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se
retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los
padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara
de Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en
ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles
abandonaron al Señor cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.
5
Habiendo resistido
victoriosamente Jesús a todos estos combates por su abandono completo a la
voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de
horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el
hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se hizo esta
terrible pregunta: "¿Cuál será el fruto de este sacrificio?". Y
el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a
los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus
discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a
medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y
renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio
la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de
cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los
sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de
todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en
el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su
sangre al precio de padecimientos indecibles. Vio los escándalos de todos
los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las formas
del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los
herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los corruptores y los
corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera
sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo
imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos lo
maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban
los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano
que les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos. Vio una
infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se
alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se alejó
del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida, como
hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando
vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la
puerta. El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la
corrupción de los cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía
como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate
tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata,
que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio
de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar
el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus
padecimientos. Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron,
escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y
dijo: "Estad quietos: yo voy a Él". Lo vi correr y entrar en la
gruta, exclamando: "Maestro, ¿qué tenéis?" . Y se quedó
temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le
respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había
respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó,
cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar:
"Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh
Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad
se haga y no la mía!".
6
En medio de todas esas
apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que
representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas
arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención
entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la
serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura
era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús
innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de
esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de
ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes;
en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente,
en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y
allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue
revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a
Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre
ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi
con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la
omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a
los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error,
la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres,
ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver
la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían
oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la
espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros
mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de
una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos
sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar
también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían
y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero
olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir,
la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve
al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo
y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos
deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza
verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de
vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte
interior. Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las
afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta
manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas
armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de
todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de
comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la
Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se
separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne
viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse. Vi las
gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. Después de la visión
que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los Apóstoles,
tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas en la
misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o
quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y
despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de
ellos, con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues
estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole
por los brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo
matarían al día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo
llevarían ante un tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la
muerte más cruel. No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal
sorpresa les había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver
a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y
volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.
7
Durante esta agonía de Jesús,
vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María,
madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa,
encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas. Había enviado un
mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta
con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo,
y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía
en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que con sus
manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo. En aquel momento los
ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní, conversaron
entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y
atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde
poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: "¿Qué haremos
nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle;
somos pobres y desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente
a Él, y ahora está tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún
consuelo".
8
Vi a Jesús orando todavía
en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y
abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante
de Él, y los primeros grados del limbo se le presentaron. Vi a Adán y a
Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de su Madre y
Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan
violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su
muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con
una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le
presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que, juntando
sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse por medio de Él
al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio la salvación
y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de
redención abierto después de su muerte. Los Apóstoles, los discípulos,
las vírgenes y las mujeres, todos los mártires, los confesores y los
ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de religiosos, en fin,
todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su vista. Todos
llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona diferían de
forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los
padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido
la gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda
su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión
con los méritos de Jesucristo. Pero estas visiones consoladoras
desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba.
Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas
hasta las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis
meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos,
los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el
tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de
espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la
Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María,
la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue
presentado con las más pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo
voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
9
Al fin de las visiones
sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles
desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó
sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un
ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de
él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la boca
de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía
una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano
derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento
misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después
desapareció. Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus
padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos
en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre
celestial. Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el
punto de poder ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin
sucumbir bajo el peso de su dolor. Cuando Jesús llegó a sus discípulos,
estaban éstos acostados como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y
dormían. El Señor les dijo que no era tiempo de dormir, que debían
despertarse y orar. "Ved aquí a hora en que el Hijo del hombre será
entregado en manos de los pecadores, les dijo; levantaos y andemos: el
traidor está cerca: más le valdría no haber nacido". Los Apóstoles
se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se
serenaron un poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a llamar a
los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró a cierta
distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de
hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le
había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les recomendó que
consolaran a su Madre, y les dijo: "Vamos a su encuentro: me entregaré
sin resistencia entre las manos de mis enemigos". Entonces salió del
jardín de los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los
soldados en el camino que estaba entre el jardín y Getsemaní.
II
Encarcelamiento y
primeros juicios - Prisión de Jesús
10. No creía Judas que su
traición tendría el resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu,
y desde mucho tiempo antes se había puesto en relación con algunos
fariseos y algunos saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole.
Estaba cansado de la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los últimos
meses no había cesado de robar las limosnas de que era depositario, y su
avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando derramó los
perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había
esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo
brillante y lucrativo. Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que
le acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto
acabarían con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos
criminales, y en los últimos días había multiplicado sus viajes para
decidir a los príncipes de los sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía
comenzar, y lo trataron con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes
de la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El Sanhedrín sólo
prestó alguna atención a las proposiciones de Judas. Después de la
recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió
a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían
lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistas. Vinieron
después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le
habló en tono altanero y burlesco. Andaban irresolutos, y no estaban
seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas. Cada uno presentaba una
opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas: "¿Podremos
tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?". Y el traidor respondió:
"No; está solo con sus once discípulos: Él está abatido, y los once
son hombres cobardes". Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora o
nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más a su lado,
que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús comenzaban a
sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se
escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser
proclamado rey. Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su
modo de pensar, y recibió el precio de su traición: las treinta monedas.
Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su
orgullo hasta devolverles el dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a
fin de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no
quisieron, porque era el precio de la sangre que no podía ofrecerse en el
templo. Judas vio cuánto le despreciaban, y concibió un profundo
resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes
de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos hombres, que estaba
entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle de
cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de
seguir para tomar a Jesús. Cuando todo estuvo preparado, y reunido el
suficiente número de soldados, Judas corrió al Cenáculo, acompañado de
un servidor de los fariseos para avisarles si estaba allí todavía. Judas
volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que debía estar
ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde tenía costumbre de
orar. Pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por
miedo de que los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y
excitasen una sedición. El traidor les dijo también tuviesen cuidado de no
dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas
veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban. Les
aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran ciertos medio mágicos
para impedir que la rompiera. Los judíos recibieron estos avisos con
desprecio, y le dijeron: "Si lo llegamos a tomar, no se escapará".
Judas tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y besar y saludar
a Jesús como amigo y discípulo; entonces los soldados se presentarían y
tomarían a Jesús. Deseaba que creyeran que se hallaba allí por
casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros discípulos,
y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también que habría algún
tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús desaparecería,
como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía
mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se arrepentía,
porque se había entregado enteramente a Satanás. Los soldados tenían
orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a Jesús, porque
había recibido su recompensa, y temían que escapase con el dinero. La
tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte soldados de la
guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de Caifás.
Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta distancia
de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y cadenas;
detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado Judas
desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de
Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos. Estos
hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y Jesús
no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas hasta
llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de
Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo
trataron dura e insolentemente.
11. Hallándose Jesús con
los tres Apóstoles en el camino, entre Getsemaní y el jardín de los
Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada
del camino: hubo una disputa entre ellos, porque Judas quería que los
soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como amigo, a fin de no
aparecer en inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo, le dijeron:
"No, camarada; no te acercarás hasta que tengamos al Galileo".
Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: "¿A
quién buscáis?". Los jefes de los soldados respondieron: "A Jesús
Nazareno". - "Yo soy", replicó Jesús. Apenas había
pronunciado estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados por
apoplejía. Judas, que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y
queriendo acercarse a Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo:
"Amigo mío, ¿qué has venido a hacer aquí?". Y Judas
balbuceando, habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le
respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta: "¡Más te valdría
no haber nacido!". Mientras tanto, los soldados se levantaron y se
acercaron al Señor, esperando la señal del traidor: el beso que debía dar
a Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y le llamaron ladrón
y traidor. Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo, porque los
soldados lo defendían contra los Apóstoles, y por eso mismo atestiguaban
contra él. Jesús dijo por segunda vez: "¿A quién buscáis?".
Ellos respondieron también: "A Jesús Nazareno". "Yo soy, ya
os lo he dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos". A estas
palabras los soldados cayeron una segunda vez con contorsiones semejantes a
las de la epilepsia. Jesús dijo a los soldados: "Levantaos". Se
levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los soldados estrechaban
a Judas, los soldados le libraron de sus manos y le mandaron con amenazas
que les diera la señal convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a
quien besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas
palabras: "Maestro, yo os saludo". Jesús le dijo: "Judas, ¿tu
vendes al Hijo del hombre con un beso?". Entonces los soldados rodearon
a Jesús, y los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas
quiso huir, pero los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre los
soldados, gritando: "Maestro, ¿debemos herir con la espada?".
Pedro, más ardiente que los otros, tomó la suya, pegó a Malco, criado del
Sumo Sacerdote, que quería rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la
oreja: éste cayó en el suelo, y el tumulto llegó entonces a su colmo. Los
alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados le rodeaban un
poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro que había herido a Malco. Otros
soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban; o
en perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos: los
soldados no se habían aún serenado del terror de su caída, y no se atrevían
a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús. Tal era el estado
de cosas cuando Pedro pegó a Malco, mas Jesús le dijo en seguida:
"Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a
cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más
de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me
ha dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no
sucedieran?". Y añadió: "Dejadme curar a este hombre". Se
acercó a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó. Los soldados que estaban
a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos; éstos le insultaron,
diciendo a la tropa: "Es un enviado del diablo; la oreja parecía
cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la ha curado".
Entonces Jesús les dijo: "Habéis venido a tomarme como un asesino,
con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me habéis
prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha
llegado". Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: "Tu
no has podido vencernos con tus encantos". Jesús les dio una
respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron en todas
direcciones. Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron cuando los
soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue revelado,
porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que
tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que se
cayeron y se levantaron se convirtieron después, y fueron cristianos. Estos
soldados habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió después de
su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a los
otros amigos del Salvador.
12. Los alguaciles ataron a
Jesús con la brutalidad de un verdugo. Eran paganos, y de baja extracción.
Tenían el cuello, los brazos y las piernas desnudos; eran pequeños,
robustos y muy ágiles; el color de la cara era moreno rojizo, y parecían
esclavos egipcios. Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles
nuevos y durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el
puño izquierdo bajo el codo derecho. Le pusieron alrededor del cuerpo una
especie de cinturón lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos
con ramas de sauce; le pusieron al cuello una especie de collar lleno de
puntas, del cual salían dos correas que se cruzaban sobre el pecho como una
estola, y estaban atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con
las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro, según su inhumano
capricho. Se pusieron en marcha, después de haber encendido muchas hachas.
Diez hombres de la guardia iban delante; después seguían los alguaciles,
que tiraban a Jesús por las cuerdas; detrás los fariseos que lo llenaban
de injurias: los otros diez soldados cerraban la marcha. Los alguaciles
maltrataban a Jesús de la manera más cruel, para adular bajamente a los
fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra el Salvador. Lo
llevaban por caminos ásperos, por encima de las piedras, por el lodo, y
tiraban de las cuerdas con toda su fuerza. Tenían en la mano otras cuerdas
con nudos, y con ellas le pegaban. Andaban de prisa y llegaron al puente
sobre el torrente de Cedrón. Antes de llegar a él vi a Jesús dos veces
caer en el suelo por los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al
medio del puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron brutalmente a Jesús
atado, y lo echaron desde su altura en el torrente, diciéndole que saciara
su sed. Sin la asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para matarlo.
Cayó sobre las rodillas y sobre la cara, que se le hubiera despedazado
contra los cantos, que estaban apenas cubiertos con un poco de agua, si no
le hubiera protegido con los brazos juntos atados; pues se habían desatado
de la cintura, sea por una asistencia divina, o sea porque los alguaciles lo
habían desatado. Sus rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se
imprimieron milagrosamente en la piedra donde cayó, y esta marca fue después
un objeto de veneración. Las piedras eran más blandas y más creyentes que
el corazón de los hombres, y daban testimonio, en aquellos terribles
momentos, de la impresión que la verdad suprema hacía sobre ellas. Yo no
he visto a Jesús beber, a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía
en el jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando le echaron
en él, y supe que se cumplió un pasaje profético de los Salmos, que dice
que beberá en el camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles
tenían siempre a Jesús atado con las cuerdas. Pero no pudiéndole hacer
atravesar el torrente, a causa de una obra de albañilería que había al
lado opuesto, volvieron atrás, y lo arrastraron con las cuerdas hasta el
borde. Entonces aquéllos lo empujaron sobre el puente, llenándolo de
injurias, de maldiciones y de golpes. Su larga túnica de lana, toda
empapada en agua, se pegaba a sus miembros; apenas podía andar, y al otro
lado del puente cayó otra vez en el suelo. Lo levantaron con violencia, le
pegaron con las cuerdas, y ataron a su cintura los bordes de su vestido húmedo.
No era aún media noche cuando vi a Jesús al otro lado del Cedrón,
arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por un sendero estrecho,
entre las piedras, los cardos y las espinas. Los seis perversos fariseos
iban lo más cerca de Él que el camino les permitía, y con palos de
diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban. Cuando los pies
desnudos y ensangrentados de Jesús se rasgaban con las piedras o las
espinas, le insultaban con una cruel ironía, diciendo: "Su precursor
Juan Bautista no le ha preparado un buen camino"; o bien: "La
palabra de Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para prepararte el
camino, no se aplica aquí". Y cada burla de estos hombres era como un
aguijón para los alguaciles, que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
13. Sin embargo,
advirtieron que algunas personas se aparecían acá y allá a lo lejos; pues
muchos discípulos se habían juntado al oír la prisión del Señor, y querían
saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de Jesús, temiendo algún
ataque, dieron con sus gritos señal para que les enviasen refuerzo.
Distaban todavía algunos pasos de una puerta situada al mediodía del
templo, y que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a la montaña de Sión,
adonde vivían Anás y Caifás. Vi salir de esta puerta unos cincuenta
soldados. Llevaban muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban
gritos para anunciar su llegada y felicitar a los que venían de la
victoria. Cuando se juntaron con la escolta de Jesús, vi a Malco y a
algunos otros aprovecharse del desorden, ocasionado por esta reunión, para
escaparse al monte de los Olivos. Los cincuenta soldados eran un
destacamento de una tropa de trescientos hombres, que ocupaba las puertas y
las calles de Ofel; pues el traidor Judas había dicho a los príncipes de
los sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la mayor parte,
eran partidarios de Jesús, y que se podía temer que intentaran libertarlo.
El traidor sabía que Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado
un gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había detenido el Señor
en su viaje de Betania a Hebrón, después de la degollación de Juan
Bautista, y había curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre
de Siloé. La mayor parte de aquella pobre gente, después de Pentecostés,
se reunieron a la primera comunidad cristiana. Cuando los cristianos se
separaron de los judíos y establecieron casas para la comunidad, se
elevaron chozas y tiendas desde allí hasta el monte de los Olivos, en medio
del valle. También vivía allí San Esteban. Los buenos habitantes de Ofel
fueron despertados por los gritos de los soldados. Salieron de sus casas y
corrieron a las calles y las puertas para saber lo que sucedía. Mas los
soldados los empujaban brutalmente hacia sus casas, diciéndoles: "Jesús,
el malhechor, vuestro falso profeta, va a ser conducido preso. El Sumo
Sacerdote no quiere dejarle continuar el oficio que tiene. Será
crucificado". Al saber esta noticia, no se oían más gemidos y
llantos. Aquella pobre gente, hombres y mujeres, corrían acá y allá,
llorando, o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y gritaban al
Cielo recordando los beneficios de Jesús. Pero los soldados los empujaban,
les pegaban, los hacían entrar por fuerza en sus casas, y no se hartaban de
injuriar a Jesús, diciendo: "Ved aquí la prueba de que es un agitador
del pueblo". Sin embargo, no querían ejercer grandes violencias contra
los habitantes de Ofel, por miedo de que opusieran una resistencia abierta,
y se contentaban con alejarlos del camino que debía seguir Jesús. Mientras
tanto, la tropa inhumana que conducía al Salvador se acercaba a la puerta
de Ofel. Jesús se había caído de nuevo, y parecía no poder andar más.
Entonces un soldado caritativo dijo a los otros: "Ya veis que este
infeliz hombre no puede andar. Si hemos de conducirle vivo a los príncipes
de los sacerdotes, aflojadle las manos ara que pueda apoyarse cuando se
caiga". La tropa se paró, y los alguaciles desataron los cordeles;
mientras tanto, un soldado compasivo le trajo un poco de agua de una fuente
que estaba cerca. Jesús le dio las gracias, y citó con este motivo un
pasaje de los Profetas, que habla de fuentes de agua viva, y esto le valió
mil injurias y mil burlas de parte de los fariseos. Vi a estos dos hombres,
el que le hizo desatar las manos y el que le dio de beber, ser favorecidos
de una luz interior de la gracia. Se convirtieron antes de la muerte de Jesús,
y se juntaron con sus discípulos. Se volvieron a poner en marcha y en todo
el camino no cesaron de maltratar al Señor.
III
Jesús delante de
Anás
14. Anás y Caifás habían
recibido inmediatamente el aviso de la prisión de Jesús, y en su casa
estaba todo en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para
convocar los miembros del Consejo, los escribas y todos los que debían
tomar parte en el juicio. Toda la multitud de los enemigos de Jesús iba al
tribunal de Caifás, conducida por los fariseos y los escribas de Jerusalén,
a los cuales se juntaban muchos de los vendedores, echados del templo por
Jesús, muchos doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca en
presencia del pueblo y otros muchos instrumentos de Satanás, llenos de
rabia interior contra toda santidad, y por consecuencia contra el Santo de
los santos. Esta escoria del pueblo judío fue puesta en movimiento y
excitada por alguno de los principales enemigos de Jesús, y corría por
todas partes al palacio de Caifás, para acusar falsamente de todos los crímenes
al verdadero Cordero sin mancha, que lleva los pecados del mundo, y para
mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha tomado sobre sí y expiado.
Mientras que esta turba impura se agitaba, mucha gente piadosa y amigos de
Jesús, tristes y afligidos, pues no sabían el misterio que se iba a
cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y gemían. Otras
personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban,
caían en tentación, y vacilaban en su convicción. El número de los que
perseveraba pequeño. Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser
buen cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de
la cruz cuando el mundo la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo
corazón fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas
crueldades y que se retiraron silenciosos y desmayados.
15. A media noche Jesús
fue introducido en el palacio de Anás, y lo llevaron a una sala muy grande.
En frente de la entrada estaba sentado Anás, rodeado de veintiocho
consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por algunos escalones. Jesús,
rodeado aún de una parte de los soldados que lo habían arrestado, fue
arrastrado por los alguaciles hasta los primeros escalones. El resto de la
sala estaba lleno de soldados, de populacho, de criados de Anás, de falsos
testigos, que fueron después a casa de Caifás. Anás esperaba con
impaciencia la llegada del Salvador . Estaba lleno de odio y animado de una
alegría cruel. Presidía un tribunal, encargado de vigilar la pureza de la
doctrina, y de acusar delante de los príncipes de los sacerdotes a los que
la infrigían. Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido, desfigurado,
silencioso, con la cabeza baja. Los alguaciles tenían la punta de las
cuerdas que apretaban sus manos. Anás, viejo, flaco y seco, de barba clara,
lleno de insolencia y orgullo, se sentó con una sonrisa irónica, haciendo
como que nada sabía y que extrañaba que Jesús fuese el preso que le habían
anunciado. He aquí lo que dijo a Jesús, o a lo menos el sentido de sus
palabras: "¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde están tus discípulos
y tus numerosos partidarios? ¿dónde está tu reino? Me parece que las
cosas no se han vuelto como tú creías; han visto que ya bastaba de
insultos a Dios y a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes
son tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues, agitador,
seductor! ¿No has comido el cordero pascual de un modo inusitado, en un
tiempo y en un sitio adonde no debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una
nueva doctrina? ¿Quién te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde has
estudiado? Habla, ¿cuál es tu doctrina?". Entonces Jesús levantó su
cabeza cansada, miró a Anás, y dijo: "He hablado en público, delante
de todo el mundo: he enseñado siempre en el templo y en las sinagogas,
adonde se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por qué me
interrogas? Pregunta a los que me han oído lo que les he dicho. Mira a tu
alrededor; ellos saben lo que he dicho". A estas palabras de Jesús, el
rostro de Anás expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro que
estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable pegó con su mano
cubierta de un guante de hierro, una bofetada en el rostro del Señor,
diciendo: "¿Así respondes al Sumo Pontífice?". Jesús, empujado
por la violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones, y la
sangre corrió por su cara. La sala se llenó de murmullos, de risotadas y
de ultrajes. Levantaron a Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo
tranquilamente: "Si he hablado mal, dime en qué; pero si he hablado
bien, ¿por qué me pegas?". Exasperado Anás por la tranquilidad de
Jesús, mandó a todos los que estaban presentes que dijeran lo que le habían
oído decir. Entonces se levantó una explosión de clamores confusos y de
groseras imprecaciones. "Ha dicho que era rey; que Dios era su padre;
que los fariseos eran unos adúlteros; subleva al pueblo; cura, en nombre
del diablo, el sábado; los habitantes de Ofel le rodeaban con furor, le
llaman su Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de Dios; se dice
enviado por Dios; no observa los ayunos; come con los impuros, los paganos,
los publicanos y los pecadores". Todos estos cargos los hacían a la
vez: los acusadores venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más
groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le empujaban, diciéndole
que respondiera. Anás y sus consejeros añadían mil burlas a estos
ultrajes, y le decían: "¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué
especia de Rey eres tu? Has dicho que eres más que Salomón. No tengas
cuidado, no te rehusaré más tiempo el título de tu dignidad real".
Entonces Anás pidió una especie de cartel, de una vara de largo y tres
dedos de ancho; escribió en él una serie de grandes letras, cada una
indicando una acusación contra el Señor. Después lo envolvió, y lo metió
en una calabacita vacía, que tapó con cuidado y ató después a una caña.
Se la presentó a Jesús, diciéndole con ironía: "Este es el cetro de
tu reino: ahí están reunidos tus títulos, tus dignidades y tus derechos.
Llévalos al Sumo Sacerdote para que conozca tu misión y te trate según tu
dignidad. Que le aten las manos a ese Rey, y que lo lleven delante del Sumo
Sacerdote". Ataron de nuevo las manos a Jesús; sujetaron también con
ello el simulacro del cetro, que contenía las acusaciones de Anás; y
condujeron a Jesús a casa de Caifás, en medio de la risa, de las injurias
y de los malos tratamientos de la multitud. La casa de Anás estaría a
trescientos pasos de la de Caifás. El camino, que era a lo largo de paredes
y de pequeños edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice,
estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que vociferaban y se
agitaban. Los soldados podían apenas abrir por medio de la multitud. Los
que habían ultrajado a Jesús en casas de Anás repetían sus ultrajes
delante del pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado todo el camino.
Vi hombres armados rechazar algunos grupos que parecían comparecer al Señor,
dar dinero a los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y dejarlos
entrar en el patio de Caifás.
IV
Jesús delante de
Caifás
16. Para llegar al tribunal
de Caifás se atraviesa un primer patio exterior, después se entra en otro
patio, que rodea todo el edificio. La casa tiene doble de largo que de
ancho. Delante hay una especie de vestíbulo descubierto, rodeado de tres órdenes
de columnas, formando galerías cubiertas. Jesús fue introducido en el vestíbulo
en medio de los clamores, de las injurias y de los golpes. Apenas estuvo en
presencia del Consejo, cuando Caifás exclamó: "¡Ya estás aquí,
enemigo de dios, que llenas de agitación esta santa noche!". La
calabaza que contenía las acusaciones de Anás fue desatada del cetro ridículo
puesto entre las manos de Jesús. Después que las leyeron, Caifás con más
ira que Anás, hacía una porción de preguntas a Jesús, que estaba
tranquilo, paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles querían
obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y un perverso le puso el dedo
pulgar con fuerza en la boca, diciéndole que mordiera. Pronto comenzó la
audiencia de los testigos, y el populacho excitado daba gritos tumultuosos,
y se oía hablar a los mayores enemigos de Dios, entre los fariseos y los
saduceos reunidos en Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las
acusaciones a que Él había respondido mil veces: "Que curaba a los
enfermos y echaba a los demonios por arte de éstos, que violaba el Sábado,
que sublevaba al pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y adúlteros,
que había predicho la destrucción de Jerusalén, frecuentaba a los
publicanos y los pecadores, que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios;
que hablaba siempre de su Reino, que desechaba el divorcio, que se llamaba
Pan de vida". Así sus palabras, sus instrucciones y sus parábolas
eran desfiguradas, mezcladas con injurias, y presentadas como crímenes.
Pero todos se contradecían, se perdían en sus relatos y no podían
establecer ninguna acusación bien fundada. Los testigos comparecían más
bien para decirle injurias en su presencia que para citar hechos. Se
disputaban entre ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la confusión
que reinaba en las deposiciones de los testigos era efecto de sus hechizos.
Algunos dijeron que había comido la Pascua la víspera, que era contra la
ley y que el año anterior había ya hecho innovaciones en la ceremonia.
Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y los suyos estaban
llenos de vergüenza y de rabia al ver que no podían justificar nada que
tuviera algún fundamento. Nicodemus y José de Arimatea fueron citados a
explicar sobre que había comido la pascua en una sala perteneciente a uno
de ellos, y probaron, con escritos antiguos, que de tiempo inmemorial los
galileos tenían el permiso de comer la Pascua un día antes. Al fin, se
presentaron los dos diciendo: "Jesús ha dicho: Yo derribaré el templo
edificado por las manos de los hombres y en tres días reedificaré uno que
no estará hecho por mano de los hombres". No estaban éstos tampoco
acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los discursos
contradictorios de los testigos, se levantó, bajó los escalones, y dijo:
"Jesús: ¿No respondes tú nada a ese testimonio?". Estaba muy
irritado porque Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo por
los cabellos, le echaron la cabeza atrás y le pegaron puñadas bajo la
barba; pero sus ojos no se levantaron. Caifás elevó las manos con viveza,
y dijo en tono de enfado: "Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas
si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios". Había un profundo
silencio, y Jesús, con una voz llena de majestad indecible, con la voz del
Verbo Eterno, dijo: "Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis
al Hijo del hombre sentado a la derecha de la Majestad Divina, viniendo
sobre las nubes del cielo". Mientras Jesús decía estas palabras, yo
le vi resplandeciente: el cielo estaba abierto sobre Él, y en una intuición
que no puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso; vi también a los ángeles,
y la oración de los justos que subía hasta su Trono. Debajo de Caifás vi
el infierno como una esfera de fuego, oscura, llena de horribles figuras. Él
estaba encima, y parecía separado sólo por una gasa. Vi toda la rabia de
los demonios concentrada en él. Toda la casa me pareció un infierno salido
de la tierra. Cuando el Señor declaró solemnemente que era el Cristo, Hijo
de Dios, el infierno tembló delante de Él, y después vomitó todos sus
furores en aquella casa. Caifás asió el borde de su capa, lo rasgó con
ruido, diciendo en alta voz: "¡Has blasfemado! ¿Para qu
é necesitamos testigos? ¡Habéis
oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra sentencia?". Entonces todos los
asistentes gritaron cuna voz terrible: "¡Es digno de muerte! ¡Es
digno de muerte!". Durante esta horrible gritería, el furor del
infierno llegó a lo sumo. Parecía que las tinieblas celebraban su triunfo
sobre la luz. Todos los circunstantes que conservaban algo bueno fueron
penetrados de tan horror que muchos se cubrieron la cabeza y se fueron. Los
testigos más ilustres salieron de la sala con la conciencia agitada. Los
otros se colocaron en el vestíbulo alrededor del fuego, donde les dieron
dinero, de comer y de beber. El Sumo Sacerdote dijo a los alguaciles:
"Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los honores que merece".
En seguida se retiró con los miembros del Consejo a otra sala donde no se
le podía ver desde el vestíbulo.
17. Cuando Caifás salió
de la sala del tribunal, con los miembros del Consejo, una multitud de
miserables se precipitó sobre Nuestro Señor, como un enjambre de avispas
irritadas. Ya durante el interrogatorio de los testigos, toda aquella chusma
le había escupido, abofeteado, pegado con palos y pinchado con agujas.
Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían sobre la cabeza
coronas de paja y de corteza de árbol y decían: "Ved aquí al hijo de
David con la corona de su padre. Es el Rey que da una comida de boda para su
hijo". Así se burlaban de las verdades eternas, que Él presentaba en
parábolas a los hombres que venía a salvar; y no cesaban de golpearle con
los puños o con palos. Le taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le
pegaban, diciendo: "Gran Profeta, adivina quién te ha pegado".
Jesús no abría la boca; pedía por ellos interiormente y suspiraba. Vi que
todo estaba lleno de figuras diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y
horrendo. Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de Jesús, desde
que había dicho que era el Hijo de Dios. Muchos de los circunstantes parecían
tener un presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con
inquietud que todas las ignominias, todos los insultos no podían hacerle
perder su indecible majestad. La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar
el furor de sus ciegos enemigos.
V
Negación de Pedro
18. Pedro y Juan que habían
seguido a Jesús de lejos, lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no
tuvieron fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e ignominias que
su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a juntarse con la Madre de Jesús, que
en estos momentos se hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero
su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La portera se acercó,
y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y
le dijo: "Tú eres también discípulo del Galileo". Pedro,
asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros,
respondió: "Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir".
Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía, salió
del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez. Al
salir, otra criada le miró, y dijo: "Este también se ha visto con Jesús
de Nazareth"; y los que estaban a su lado preguntaron: "¿No eras
tú uno de sus discípulos?". Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y
contestó: "En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese
hombre". Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Ya no podía
hallar reposo, y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que
rodea el edificio. Mas como oía decir a algunos: "¿Quién es ese
hombre?", se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato. Algunas
personas que habían observado su agitación se pusieron a hablarle de Jesús
en términos injuriosos. Una de ellas le dijo: "Tú eres uno de sus
partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace conocer". Pedro
procuraba retirarse; pero un hermano de Maleo, acercándose a él le dijo:
"¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de las
Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?". Pedro, en su
ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía
a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el
gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio
del patio, se volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de Jesús:
"Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tres", le
vinieron a la memoria con una fuerza terrible. En aquel instante sintió cuán
enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro
cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y
silencioso en medio de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió
al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía
que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán
culpable era.
VI
María en casa de
Caifás
19. La Virgen Santísima,
hallándose constantemente en comunicación espiritual con Jesús, sabía
todo lo que le sucedía, y sufría con Él. Estaba como Él en oración
continua por sus verdugos; pero su corazón materno clamaba también a Dios,
para que no dejara cumplirse este crimen, y que apartara esos dolores de su
Santísimo Hijo. Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió a Juan
que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que no había
dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más cerca
de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de
las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza
cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos
grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre
de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba
en su corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al
llegar a la casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la
entrada del interior, esperando que le abrieran la puerta. Es |