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<<< A Cristo por María >>> |
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San Francisco y La Virgen María (cont.) La «Paupercula Virgo», la «Virgen pobrecilla» El misterio de la encarnación es misterio de humildad y también, por tanto, de pobreza. Francisco apenas puede apartar de él su mirada interior (cf. 1 Cel 84-85). Y una vez más asocia a María a su amor a Cristo pobre. «Siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (2CtaF 5). Siguiendo pues a san Pablo, Francisco señala expresamente esta opción deliberada, expresión de amor. Una pobreza sólo soportada sería signo del pecado del mundo, que excluye a los pobres del reparto de los bienes.
Cristo es «el que ha de vivir eternamente y está glorificado» (CtaO 22). Pero desde el día en que Francisco se solidarizó con los leprosos y «practicó con ellos la misericordia» (cf. Test 2), comprendió que podía seguir encontrando a Cristo pobre en la persona de cualquier pobre. También aquí asocia espontáneamente a María a su Hijo: «Cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su Madre pobre» (2 Cel 85; cf. LM 8,5). Celano comenta: «El alma de Francisco desfallecía a la vista de los pobres...; en todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83). Y cada día se renueva para él en la Eucaristía la maravilla de la encarnación: «Ved que diariamente se humilla (el Hijo de Dios), como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote» (Adm 1,16-18). En resumen, no podremos extrañarnos de verle formular su proyecto de vida: «Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza» (UltVol 1-2) (2). |
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