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Conversando con María
Relatos
Imaginarios
6.-
Con
María, esperando la Resurrección
El viernes Santo es un día en que el sol, aún con un cielo
perfecto y sin nubes, está… está como triste…, hasta los rosales en
los jardines parecen no tener perfume…
Voy a la
Parroquia de mi barrio, todo el recinto está como sumido en un triste
lamento…, me siento en un banco en medio del silencio… han pasado
apenas unos minutos de las tres de la tarde… Miro tu imagen Dolorosa,
María Santísima, tus ojeras profundas, tus ojos que guardan el recuerdo
de la última mirada del amado…
-
Siéntate un momento aquí, conmigo, Madre querida… sí, ya sé,
tienes el corazón traspasado de dolor… la espada anunciada… sé que
no tengo derecho a pedírtelo, pero… no me dejes hoy Madre mía
-
Hija, ¿Es que no me has visto? Aquí estoy, contigo, como cada día,
vinimos juntas caminando, entré tras de ti a este santo lugar…
Giré
mi cabeza y… sí, allí estabas… como siempre estás, mirando mi corazón
que no puede tener secretos contigo…
- Señora…-
sólo atiné a nombrarte, pues no cabían palabras ante tanto dolor…
Comencé a llorar, recordando la Pasión y muerte de Jesús…
- Ven,
hija- me dices mientras me abrazas suavemente y reclino mi cabeza en tu
hombro-, ven debemos ir allí ahora, pues José de Animatea le está por
bajar de la Cruz…
- No, Señora,
no me pidas eso, no lo soportaría…
- No
temas, te sostendré fuerte, para que no caigas…
Y,
lentamente, el recinto de la parroquia se fue transformando en un lugar
descampado, semioscurecido, pues el sol aún no había retornado
plenamente… se escuchaban amargos lamentos…
José de
Animatea bajó el cuerpo del Señor, mientras tú, amada Madre, sostenías
el Santo Sudario que envolvería el preciosísimo cuerpo… José y los
demás le colocaron en tus brazos… le quitaron la corona de espinas…
besaste su frente, María, como tantas y tantas veces lo hiciste en estos
bellos treinta y tres años, besaste la frente del niño, la frente del
joven, la frente del hijo del Hombre que aceptaste aquel lejano día de la
Anunciación…
Le
abrazaste fuerte… fuerte…
-
Ya no mas, hijo mío, ya no mas… OH amor mío, ve a donde debes
ir, haz lo que debes hacer, que aquí quedará tu madre esperando por
ti… Vamos hijo, ve, termina tu misión, OH Hijo del Altísimo, a quien
Dios dio el trono de David, su antepasado, para que reine sobre la casa de
Jacob para siempre, en un Reino que no tendrá fin…Tomad- dijiste luego
a Juan y a los demás- haced lo que debe hacerse… ahora, ahora solo
resta esperar…
Juan,
quien había tomado de Jesús la responsabilidad de cuidar a esta Santa
Mujer, se sintió turbado, creía que ella había enloquecido por el
dolor, pues no comprendía las extrañas palabras que había
pronunciado…
Las demás
mujeres, y amigos, que habían acompañado al Señor desde Galilea, se
fueron acercando lentamente, para ver la sepultura de Jesús… En cambio
tú, María, comenzaste a alejarte, paso a paso, lentamente, volteando
algunas veces el rostro hacia el sepulcro… pero no querías grabar en tu
alma esas imágenes como el final de una historia, no… ese no era el
final y tú, solo tú, amada madre del alma tenías los argumentos
suficientes como para tener la certeza mas absoluta de que ése…ése no
era el final…
Te seguía
yo en silencio, ibas cantando bajito una canción de cuna que te había
escuchado ya en Belén…
-
¿Sabes donde está ahora, hija mía?- me preguntabas con la mirada
dolorosa e iluminada, al
mismo tiempo…
-
No…Señora, yo…- intenté justificar mi ignorancia-.
-
Pues… librando la batalla final, la mas grande batalla jamás
concebida en todos los tiempos… y saldrá triunfante, lo sé, triunfará
sobre la muerte, porque para eso ha venido, para que tengamos vida, y la
tengamos en abundancia…, pero, hija mía, hay algo que me preocupa, y es
el dolor de sus Apóstoles, de sus amigos… ¿Sabes por que sufren? Pues
porque, en el fondo del alma, no creen que Jesús pueda resucitar, no
creen que un simple mortal, por sí mismo, pueda levantarse de la
tumba…y eso, amiga, eso es lo que yo debo corregir…
-
¿Qué cosa, Madre’
-
Amiga ¿no te das cuenta? Ellos… ellos no saben quien es
realmente el Padre de Jesús, creen que es hijo de José… si yo les
hablo, si les explico, quizás… quizás entonces no desesperen…
-
Señora mía, Madre del alma, tu siempre tan preocupada por
todos…
-
Es que son mis hijos, ¿No escuchaste lo que dijo Jesús antes de
partir?, ahora todos son mis hijos, les hablaré… les hablaré hoy
mismo…
Y quedaste
en silencio el resto del camino… llegamos a casa de Juan y te dispusiste
esperar, en silencio y oración, la llegada de los Apóstoles… que casi
una hora después fueron entrando, uno a uno, con la mirada sombría, el
temor dibujado en el rostro… todos tenían la convicción de que estaban
ante un final no deseado, que sus sueños estaban deshechos, que su Amado
Maestro había partido para siempre… entonces... ante la mirada
sorprendida de todos, dijiste.
- Hijos míos,
debo hablar con ustedes…
Al
verte tan calma y serena, los hombres se miraron entre sí con mirada
compasiva, pensando que el dolor te había enloquecido mas, como te amaban
y respetaban mucho, decidieron escucharte…
-
Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo,
Santiago, Simón, Judas hijo de Santiago…- comenzaste mirando a cada uno
a los ojos- Hijos queridos del alma, que han seguido a Jesús hasta el último
minuto… Él, estoy segura, se llevó en sus ojos el rostro de cada uno
de ustedes… Él los ama de una manera increíble, de una manera
imposible para un ser humano común… Como Él les ama, queridos hijos,
ningún mortal puede amar….pero Jesús puede amarlos de esa manera
porque… porque Jesús no es un hombre común…, yo… yo necesito que
sepan esto…
-
Lo sabemos, Madre- le replicó Juan- sabemos que Jesús fue el Hijo
de Dios pero, él ya no está, se ha ido,
yo… quiero creer en su regreso… pero son demasiados
acontecimientos que mi mente y mi corazón no aciertan a entender…
Sabemos toda la magnitud de tu sufrimiento y lo respetamos plenamente, ya
que hablas de Él como si no hubiese muerto, pues tu dolor de madre es
atroz…
-
Juan, hijo, veo no has comprendido plenamente…. Yo… yo quiero
decirles que Jesús…. Jesús no es hijo de José…
En la
habitación se hijo un silencio tan profundo que cada uno podía oír el
latido de su propio corazón, miraron a María de una manera extraña,
primero como horrorizados pensando en un adulterio, luego, su mirada se
fue tornando compasiva, la pobre mujer había perdido el juicio…
-
No me miréis así, por Dios, no estoy loca, por el contrario, jamás
hablé tan en serio, bueno, ya lo hice una vez, fue hace mas de treinta y
tres años, en mi pequeña aldea de Nazaret… yo estaba comprometida con
José, que era un hombre justo y fue, de hecho, el mejor papá terrenal
que pudo haber tenido mi hijo… Como les decía,
por esos días en mi corazón latía el sueño de toda mujer judía:
ser la madre del Mesías, sueño vedado a aquellas que fuesen viudas o
solteras…, había escuchado tantas veces el relato de Isaías…, “La
Virgen está embarazada”… aunque no entendía bien eso de “La
Virgen”, pero igual esperaba, todas esperábamos… una tarde, estando
yo en oración sola en mi casa, apareció ante mí un ángel… creedme,
jamás habría podido
imaginar que fuesen de tal belleza…. Cuando comenzó a hablarme tenía
la voz de mil campanas y la pureza de mil cascadas del agua más
cristalina… Me dijo que Concebiría y daría a luz un hijo, al que pondría
por nombre Jesús, el sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo,
pues Dios le daría el trono de David, su antepasado, reinaría sobre la
casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin… También me habló
del embarazo de Isabel, mi prima…
-
Esas palabras…- susurró Pedro- esas palabras eran las que
murmuraste mientras sostenías el Cuerpo del Maestro…
-
Sí Pedro… por ello, hijos míos, por este secreto que he llevado
en mi corazón durante treinta y tres años, es que os pido, os suplico- y
tus ojos se llenaron de lágrimas- que no desesperéis, que Jesús
resucitará en tres días, tal como os lo dijo tantas veces… Hijos de mi
alma ¿saben cuantas veces me pregunté si debía hablar y cuando?
Mientras vivía mi amado esposo nos sosteníamos el uno al otro, como
guardianes del secreto… cuando Él se fue y quedé sola, antes del
comienzo del ministerio, yo no comprendía cual sería la misión de ese
muchacho trabajador, que estaba día y noche en el taller procurando el
sustento para los dos… Muchas veces hablamos de Dios, de su amor… era
increíble como su mirada se iluminaba… a veces se entristecía, sobre
todo cuando estaba por cumplir los treinta años… es que Él sabía el
final…
Mientras
María hablaba, los hombres uno a uno, fueron poniéndose de pie y se
acercaron a la Madre, ahora la sentían mas Madre que nunca… el primero
en acercarse a ella fue Pedro, quien se arrodilló ante Maria, y besó el
ruedo de su vestido, en señal de respeto… ella le dijo:
-
Levántate Pedro, no es ante mí ante quien tienes que
arrodillarte, sino ante Jesús, yo… yo solo estoy aquí para hablaros de
Él…
Pedro
la abrazó con amor inmenso… Así uno a uno los discípulos fueron
secando sus lágrimas y abrazando a María… La primitiva Iglesia estaba,
más que nunca, unida a la Madre como camino hacia el Hijo….Aún quedaba
en los corazones el dolor de los últimos acontecimientos, quizás alguna
duda, rebelde y empecinada, seguiría dando vueltas en las almas hasta el
domingo… Pero María había encendido en esos corazones una luz de
esperanza… Una luz que sería camino luego para muchos… el secreto, el
Gran Secreto había visto la luz, se había transformado en luz...
Yo
miraba la escena desde un rincón, era la primera Iglesia, que se
arrodillaba ante María mientras aún permanecía en este mundo, era la
Iglesia que conocía su voz, que podía abrazarla, que podía caminar con
ella por las tardes…
Te
alejaste hasta la cocina, los hombres quedaron hablando, orando, eran
demasiados acontecimientos para un día… luego, viniste hacia donde yo
estaba…
-
Vamos, hija, vamos a la Parroquia…
-
¿Les dejarás solos?, te necesitan mucho…
-
¿Dejarlos?, jamás, ni a ellos ni a los sacerdotes y religiosas, ni a los
laicos comprometidos ni siquiera al mas pequeño e ignorante de mis
hijos… Jamás les dejo solos…
-
Señora, gracias por permitirme compartir este maravilloso momento
contigo, gracias por llenarme de esperanza, de fuerza… de paz…
-
Hija- me dijiste mientras te alejabas hacia tu imagen en la hermosa
Parroquia de Lujan- este tiempo de espera guárdalo en tu corazón, para
que sea consuelo cada vez que la impaciencia le quiera ganar la batalla a
la fe, cada vez que el razonamiento te grite que el milagro es
“imposible”… recuerda este día…, recuérdame…
-¿Te
veré pronto de nuevo?
-
¡Claro!, debes acompañarme el domingo en la mañana, cuando Magdalena y
las demás llevaban perfumes… pues iban a perfumar a un muerto… en
cambio yo hija, yo ardía en deseos de abrazar AL QUE VIVE…¡Nos vemos
en Pascua!....
No
faltaré a la cita… Tú, amigo que lees estas líneas ¿vendrás también?
NOTA:
"Estos
relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi
imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído.
Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones
o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar
los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a
la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna."
María
Susana Ratero, Amiga, escríbeme: susanaratero@arnet.com.ar
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