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Conversando con María
Relatos
Imaginarios
1.-
De paseo con María
Santísima....
Cae la tarde en mi ciudad.... el sol suele esconderse rojizo en
este rincón del planeta... el aire tibio y perfumado de una primavera que
insiste en llegar antes de tiempo, me acaricia el rostro...mientras mis
pasos me llevan hacia una pequeña placita....
Allí te
encuentro, dibujada sobre los cerámicos amarillos... con tu niño en
brazos, muchacha de Nazaret... y tu mirada me llega al alma..... puedo
sentirte en el aire....en el perfume de los rosales cercanos... hueles a
rosas, María, hueles a primavera...
Me siento en
un banco, estoy cansada por la larga jornada, el trabajo, los chicos, la
casa, las cuentas.... los problemas de todos los días que, no por
repetidos y comunes, dejan de ser problemas... te miro y te pido ayuda...
espero tu sabio consejo, tal como, “Mira, Susana, haz esto o aquello,
etc, etc, etc”... te miro y espero que hables a mi corazón... en lugar
de eso me miras... y dulcemente murmuras a mis oídos...
-
“Ven... vamos de paseo”...
No
comprendo...de veras no comprendo... pero te sigo mirando.... y los cerámicos
amarillos parecen tener luz...
-
Ven, -repites- ven conmigo a Nazareth....
-
¿A Nazareth?
Sí... me
invitabas a Nazareth... cerré los ojos y te seguí... caminamos por
varios sitios que no recuerdo... bueno, en realidad no los miraba, sólo
te miraba a ti, tan dulce, tan bella, tan REAL...
Al llegar a
una pequeña aldea dijiste:
-
Espérame aquí, volveré por t i- susurraste mientras me
acomodabas tras unos árboles de especie desconocida.
-
Pero... Señora...¿adónde vas?, por favor, no me dejes sola aquí!
-
¿Dejarte, hija querida?¿dejarte sola?, Nunca lo hice y nunca lo
haré... No temas, estaré al alcance de tu vista en todo momento y, jamás
lo dudes,... volveré...
Te
alejaste, majestuosa en tu sencillez, tus ropas se tornaron igual que la
de las mujeres del poblado. Entraste a una pequeña casa hecha de adobe ,
que en nada se diferenciaba del resto, y buscaste un cántaro
de barro...( no sé porqué razón pero podía verte a través de
las paredes),una cubeta de cuero y una soga lo suficientemente larga para
llegar con la cubeta hasta el nivel del agua. Tomaste los enseres y te
dispusiste a salir... En ese momento un joven alto, de impecable mirada y
voz de campanas, que entró desde el fondo de la casa, te dijo:
-
Madre, espera...
-
Sí hijo, dime...
-
Madre... yo... lo siento, es que... mi túnica... pues.... se ha
roto por accidente...discúlpame por favor....
Le
miraste con infinita ternura y respondiste:
-
No te preocupes... cámbiate y
esta noche lo remendaré...
-
Es que... madre, ... debo entregar unos trabajos esta tarde... y, tú
sabes...
-
Bien, me apuraré, pero ayúdame con el almuerzo, no tengo tantas
manos...
El joven
asintió y desapareció tras una puerta, y tu
te encaminaste hacia el pozo ...
Allí había
muchas mujeres rodeando a una que lloraba desgarradoramente. Dejaste tu
carga a un costado y te acercaste, silenciosa... la pobre mujer había
perdido la única moneda que tenía para alimentar a sus hijos...
Fuiste rápidamente
hasta tu casa y, mientras Jesús lavaba cuidadosamente sus manos
para la hora de comer, tomaste un trozo de pan y poco de leche que el
joven acababa de servir...
Cuando te
disponías a salir él te dijo:
-
No cambias ¿verdad?...Ah! mi dulce madre, tan generosa y de corazón
tan sensible, ¿ te dije ya cuanto te amo?
Se te nublaron
los ojos... sabías que no
podía tener secretos con él... lo amabas... lo amabas tanto.... Te
despediste con una mirada que fue mas elocuente que mil palabras...
-
En el fondo de su jarro, madre...
-
¿Qué dices?- preguntaste.
-
Dile que busque en el fondo de su jarro.... allí está la
moneda....
Nada dijiste
...él te contempló partir ...te miraba con ternura pues sabía que no
era fácil vivir con él...
Te acercaste a
la mujer y le diste los alimentos y, en una muestra de confianza digna de
una madre, preguntaste:
-
Por casualidad ¿No habrá caído en el fondo de tu jarro?
Las mujeres te
miraron con incredulidad pero, como te respetaban, miraron dentro del cacharro...
allí estaba la moneda... Cuando te buscaron
para comentarte ya no estabas, sino que ibas camino a casa, con el
cántaro repleto de agua sobre tus frágiles hombros.
Junto a Jesús disfrutaste
de un sencillo almuerzo...aunque entre las conversaciones a veces quedaban
huecos... se extrañaba la presencia de José.
Jesús volvió
luego al taller y tú a tus tareas, debías zurcir la ropa de tu hijo
enseguida, y luego lavar, pues el cielo amenazaba tormenta y los gruesos
vestidos tardaban mas de un día en secarse... Además había poca leña,
por lo que tendrías que ir por mas a un lugar un poco alejado, pero deberías
esperar a que fueran varias mujeres, pues no estaba bien que fueses
sola... Te sentaste a zurcir, te dolía la espalda y casi no veías... te
acercaste a la ventana, había mejor luz...te costó trabajo terminar la
tarea, pero estuvo lista justo a tiempo para la salida del hijo...
Iba cayendo la noche... habías trabajado mucho... junto a Jesús
oraste un buen rato... te daba mucha paz mirarle a los ojos....
Llegó el
momento de descansar... casi no se veía, pues había aceite para una sola
lámpara...
Tú sentías
un fuerte dolor en la espalda por el peso de los trabajos y tus manos
estaban callosas y ásperas.... Jesús te ayudó entonces a extender las
mantas sobre el piso y se acostó, te
quitaste el velo un momento y alisaste
tu cabello...., te inclinaste luego sobre el lecho de tu hijo y le besaste la
frente...una y otra vez... y saliste
de la casa sin hacer ruido
Jesús, que se
había despertado con tan dulce caricia, sintió como unas lágrimas caían
por sus mejillas al tiempo que susurró:” Tus besos me harán mas
soportables las espinas, madre querida”...
Dejaste la casa y viniste hacia mí... tus ropas volvían a ser
como las dibujadas en los cerámicos amarillos...
-
Aquí estoy, Susana...¿ves? este fue mi hogar en esta tierra...yo
también tenía días duros, días en los que el tiempo y las fuerzas me
jugaban malas pasadas..., días en que la rutina contrastaba con el
momento magnífico de la Anunciación y yo no entendía nada...Pero Él
era mi fuerza y mi apoyo, mi amigo y mi consejero, por él todo lo
soportaba en silencio... Ay, mi querida ¿sabes cuanto costaba el
silencio?, mi secreto me acompañaba y no sabía yo si debía hablar o
no... José me decía que el momento llegaría y el secreto se transformaría
en signo de esperanza... pero la rutina es dura y puede gastar los
corazones mas fuertes si dejas que te absorba....Bueno, Susana, debemos
volver...
Yo te miraba
con devoción, comencé a llorar... entonces
me abrazaste... me abrazaste con ternura y con fuerza... fue el abrazo mas
dulce y pleno que recibí en la vida... sólo atiné a decirte...”Te
amo, Señora mía, te amo tanto!!!”
Volvimos a la placita...cuando abrí los ojos vi que se acercaba el
sacerdote con otras personas y recordé que había misa... Me quedé, pues
después de tu abrazo quería también el abrazo de Jesús al recibir la
Eucaristía....
Volví a casa... mi mirada estaba... iluminada, eso, iluminada, mi
rostro ya no reflejaba el cansancio.... Hoy te digo Gracias por escuchar
mi oración de aquella tarde, gracias por enseñarme a ir a Nazareth a
conversar contigo, de mujer a mujer... Hoy quiero contarle esta historia a
una amiga mía que está un poco triste....
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Amiga
que lees estas líneas... la casa de María está abierta también para
ti, no dudes en ir a ella cuando estés agobiada, cuando la rutina, el
dolor o la desilusión te nublen el alma, pero ¡por favor!, tampoco
olvides ir a contarle cuando tu alma esté llena de risas, de pájaros de
flores... ella se alegrará mucho,
le hará bien hablar contigo...
Lleva
crema de manos...y, con la excusa de una coquetería, acariciarás las
manos de la mujer que mas te ha amado en toda la historia.....
...
Por cierto, llévale mis saludos....
María
Susana Ratero, susanaratero@arnet.com.ar
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