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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
CAPÍTULO
I: CONTEMPLAR A CRISTO
CON MARÍA
Un
rostro brillante como el sol
9. «Y
se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol»
(Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo,
en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como
extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono
de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo,
descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad,
hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado
glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de
Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos
disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de
nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se
realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como
en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma
imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2
Co 3, 18).
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