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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Oración
por la paz y por la familia
6.
Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la
propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el
don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis
Predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de
un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11
de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos
episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la
contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los
dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef
2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un
compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la
tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón
cristiano.
Otro
ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y
oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada
vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica,
que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución
y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral
familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una
ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.
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