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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
El
Rosario, un tesoro que recuperar
43.
Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan
rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo
sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de
la línea trazada en la Carta apostólica Novo
millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales
de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo
futuro.
Me
dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado,
sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos
ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del
Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.
Confío
también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la
vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia
del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las
riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.
Cuento
con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a
contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.
Pienso
en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras,
familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes:
tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de
nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto
de la vida cotidiana.
¡Qué
este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año
de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María,
postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario
edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías
con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica
a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce
cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles,
torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común
naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de
la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último
susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de
Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana
consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en
la tierra y en el cielo».
Vaticano,
16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi Pontificado.
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