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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
La
paz
40.
Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo
Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz
de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de
quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un
futuro menos oscuro.
El
Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por
el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra
paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el
Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de
ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la
serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una
acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la
profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un
don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).
Es
además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien,
como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro
con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los
hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría
considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén
sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose
cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo
podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la
luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada
día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin
sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por
el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin,
contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina,
sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más
cercano al proyecto de Dios?
En
definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también
constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición
insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar
siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se
pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este
modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos
impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la
fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito
de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la
perfección» (Col 3, 14).
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