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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
El
«Padrenuestro»
32.
Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el
misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús,
en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se
dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él
nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él:
«¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con
el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu,
que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como
fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla
mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del
misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.
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