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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
25.
En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración
predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces
que « el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ».31
A la
luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no
es difícil profundizar en esta consideración antropológica del
Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera
vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre
también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación
del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio,
a partir de la Carta Encíclica Redemptor
hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo Encarnado».32 El Rosario ayuda a abrirse a
esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino
del hombre,33 desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la
imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter
sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad
originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro
en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el
Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido
del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la
gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja
sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir
que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del
hombre.
Al
mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa
humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que
marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará»
(Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes
en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos
años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio
del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación
dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí,
verdaderamente el Rosario « marca el ritmo de la vida humana », para
armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima
Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia.
31
Angelus del 29 de octubre 1978: L'Osservatore Romano,ed.
semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.
32
Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 22.
33
S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7,
932.
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