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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
De
los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María
24.
Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente
exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo
para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del
manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal
como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo
conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en
el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col
2, 9). Por eso el Catecismo
de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo,
recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio».30
El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa
en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena
inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están
ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3).
La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que
Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y
cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a
todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de
Dios» (3, 17-19).
El
Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente
a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el
camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret,
mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una
devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con
su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto
sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está
implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él.
Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y
de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María,
entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf.
Lc 1, 42).
30 N.
515.
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