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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Misterios
de gloria
23.
«La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de
crucificado. ¡Él es el Resucitado!».29 El Rosario ha expresado
siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad
de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en
su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo
las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría
no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles,
la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María,
que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta
gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería
elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo
privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de
la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio
glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos,
anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.
En el
centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario
considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el
rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la
efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora.
La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de
llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva
vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la
escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en
los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se
encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto
les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso
anuncio» que da sentido a toda su vida.
29 Carta
ap. Novo
millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284.
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