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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Misterios
de luz
21.
Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús,
la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera
especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es
luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión
se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando
anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana
cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de
la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán;
2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de
Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de
la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.
Cada
uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de
Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él,
mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2
Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del
Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu
desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de
luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando
Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a
la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de
luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de
Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados
de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2. 3-13; Lc
47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará
ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de
la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es
la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor.
La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el
Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen »
(cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento
doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la
Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de
luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se
hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del
vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13,
1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto
en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el
trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún
que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn
2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de
la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que
desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que
en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado
en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte
en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos:
«Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que
introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública,
siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».
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