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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Una
incorporación oportuna
19.
De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha
consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad
eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto
original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número
150, que es el mismo de los Salmos.
No
obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero
oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración
de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los
misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En
efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona
de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo
predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del
Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias.
Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de
manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy
luz del mundo» (Jn 9, 5).
Para
que pueda decirse que el Rosario es más plenamente 'compendio del
Evangelio', es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y
la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar
los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de
la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre
también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública
(misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin
prejuzgar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta
oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la
espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del
Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.
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