|
CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN
PABLO II AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE EL SANTO ROSARIO
Comprender
a Cristo desde María
14.
Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se
trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de
'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María?
Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a
la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las
criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede
introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.
El
primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del
agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como
maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de
Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta
función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se
quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera
misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la
'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para
entender su mensaje.
Una
escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce
consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al
mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,17 en
la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos
invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes
que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «
He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc
1, 38).
17 Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 58.
Volver
a la página principal
|