1. Conocemos el pasaje de la
Primera Carta a los Corintios, donde Pablo, el primero cronológicamente, anota
la verdad sobre la resurrección de Cristo: 'Porque os transmití... lo que a
mis vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras:
que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se
apareció a Cefas y luego a los Doce... ' (1 Cor 15,3-5). Se trata, como se ve,
de una verdad transmitida, recibida, y nuevamente transmitida. Una verdad que
pertenece al 'depósito de la Revelación' que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles
y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.
2. Jesús reveló gradualmente
esta verdad en su enseñanza pre-pascual. Posteriormente ésta, encontró su
realización concreta en los acontecimientos de la pascua jerosolimitana de
Cristo, certificados históricamente, pero llenos de misterio.
Los
anuncios y los hechos tuvieron su confirmación sobre todo en los encuentros de
Cristo resucitado, que los Evangelios y Pablo relatan. Es necesario decir que el
texto paulino presenta estos encuentros (en los que se revela Cristo resucitado)
de manera global y sintética (añadiendo al final el propio encuentro con el
Resucitado a las puertas de Damasco: Cfr. Hech 9, 3-6). En los Evangelios se
encuentran, al respecto, anotaciones más bien fragmentarias.
No es difícil tomar y comparar
algunas líneas características de cada una de estas apariciones y de su
conjunto para acercarnos todavía más al descubrimiento del significado de esta
verdad revelada.
3. Podemos observar ante todo
que, después de la resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos
con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del alma:
pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran
sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se encuentra en las
circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus
adversarios, asumiendo a actitud de vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles
su 'superioridad', y todavía menos ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta
que se haya presentado a alguno de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos
lleva a excluir que se haya aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo había
entregado a los sumos sacerdotes para que fuese crucificado (Cfr. Jn 19, 16), o
a Caifás, que se había rasgado las vestiduras por a afirmación de su
divinidad (Cfr. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados de sus
apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física: aquel rostro,
aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que habían
traspasado; aquella voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo en el
encuentro con Pablo en las cercanías de Damasco, la luz que rodea al Resucitado
casi deja ciego al ardiente perseguidor de los cristianos y lo tira al suelo
(Cfr. Hech 9, 3-8); pero es una manifestación del poder de Aquél que, ya
subido al cielo, impresiona a un hombre al que quiere hacer un 'instrumento de
elección' (Hech 9, 15), un misionero del Evangelio.
4. Es de destacar también un
hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer lugar a las mujeres, sus
fieles seguidoras, y no a los discípulos, y ni siquiera a los mismos Apóstoles,
a pesar de que los había elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a
las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección,
haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su
delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado
hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar un delicado rasgo de su humanidad,
que consiste en a amabilidad y en la gentileza con que se acerca y beneficia a
las personas que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo. Es lo que parece
que se puede concluir de un texto de Mateo: 'En esto, Jesús les salió al
encuentro (a las mujeres que corrían para comunicar el mensaje a los discípulos)
y les dijo: !¡Dios os guarde!!. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y
le adoraron. Entonces les dice Jesús: !No temáis. Id y avisad a mis hermanos
que vayan a Galilea; allí me verán!' (28, 9-10).
También el episodio de a
aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea
por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al
seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita
delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las
mujeres en los acontecimientos pascuales tendrán que inspirarse la Iglesia, que
a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de
fe, de oración y de apostolado.
5. Algunas características de
estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido
a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del
hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o 'visitado' por El.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos
a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma
Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un
cierto sentimiento de temor ante El. Se le ama, se le busca, pero, en el momento
en que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación...
Pero Jesús les lleva
gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20,16),
como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos
(Cfr. Lc 24, 25)48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al
hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas
de su corazón y a la salvación.
6. Es interesante analizar el
proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos
experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la
resurrección, sino también la identidad de Aquél que está ante ellos, y
aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo 'transformado'.
No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí,
que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que El ya no se encuentra en la
condición anterior, y ante El están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta,
con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de El mismo transformado, aparece
repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia,
de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: '¿No estaba ardiendo nuestro
corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las
Escrituras?' (Lc 24, 32). 'Señor mío y Dios mío' (Jn 20, 28). 'He visto al Señor'
(Jn 20, 18). Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el
acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio del
dolor y de la muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será
uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles
han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las
gentes.
7. Hay que subrayar una última
característica de las apariciones de Cristo resucitado: en ellas, especialmente
en las últimas, Jesús realiza la definitiva entrega a los Apóstoles (y a la
Iglesia) de la misión de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su
Palabra y el don de su gracia.
Recuérdese a aparición a los
discípulos en el Cenáculo la tarde de Pascua: 'Como el Padre me envió, también
yo os envío...' (Jn 20, 21); ¡y les da el poder de perdonar los pecados!
Y en la aparición en el mar de
Tiberíades, seguida de la pesca milagrosa, que simboliza y anuncia la
fructuosidad de la misión, es evidente que Jesús quiere orientar sus espíritus
hacia la obra que les espera (Cfr. Jn 21,1-23). Lo confirma la definitiva
asignación de la misión particular a Pedro (Jn 21, 15)18): '¿Me amas?... Tú
sabes que te quiero... Apacienta mis corderos...Apacienta mis ovejas...'.
Juan indica que 'ésta fue ya
la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar
de entre los muertos' (Jn 21,14). Esta vez, ellos, no sólo se habían dado
cuenta de su identidad: 'Es el Señor' (Jn 21, 7), sino que habían comprendido
que, todo cuanto había sucedido y sucedía en aquellos días pascuales, les
comprometía a cada uno de ellos (y de modo muy particular a Pedro) en la
construcción de la nueva era de la historia, que había tenido su principio en
aquella mañana de pascua.
Juan
Pablo II