¡Feliz Navidad! Cuentos
de ayer y de hoy
Un pastorcillo
en Belén
-¡Hola, pequeño! ¿Te has
perdido?
-No, que va.
-¿Y a dónde vas tan solito a estas horas y por este descampado?
-Estoy buscando un pesebre.
-¿Un pesebre...? Vaya. Pues hay uno cerca de aquí... Pero, ¿qué se te
ha perdido a ti en ese pesebre?
-A mí nada. Es que hace un rato yo estaba durmiendo donde está el rebaño
de mi padre y donde está mi padre y otros pastores. Y de repente, primero
llegó un ángel. Y luego todo se llenó de luz como si fuese de día. Y
luego nos dijo el ángel que acababa de nacer un niño. Y que era muy
importante, y más cosas. Todos estaban muertos de miedo, menos yo. A mí
no me dan miedo los ángeles y esas cosas, ¿sabes? Entonces lo que yo
hice es salir corriendo sin que nadie me viera, porque mis padres no me
iban a dejar venir y porque quería ser el primero en ver al niño recién
nacido. A mí me gusta mucho ir a ver a los recién nacidos. Cuando nace
un corderito, yo siempre quiero ser el primero en verlo y cogerlo. A veces
me gana mi hermano Rob y entonces me enfado un poco, pero no mucho.
-
¿Cómo has dicho que se llama tu hermano?
-Rob. Bueno, se llama Roboam. Pero todos le decimos Rob.
-Y, tú, ¿cómo te llamas?
-Yo soy Zor. Bueno, me llamo Zorobabel. Pero todos me dicen Zor. Y tengo 8
años y soy pastor, como mi padre. Bueno, y tú ¿me vas a decir por dónde
está el pesebre con el niño o no?
-Sí, está aquí cerca. Acompáñame. También yo voy para allá.
Era media noche. Una luna llena espléndida derramaba su luz plateada
sobre el sendero que serpenteaba humilde entre prados y matorrales. La
sombra de algún que otro árbol se estiraba aquí y allá de vez en
cuando manchando el paisaje. Mientras caminaban, les envolvió de pronto
el eco de un canto lejano como de un gran coro a muchas voces.
-¿Qué será esa música que se oye? -Preguntó curioso el pastorcito.
-Son algunos de mis compañeros. Estaba previsto un canto de gloria como
final solemne del anuncio a los pastores. Y tú te lo estás perdiendo,
Zor.
-¿Compañeros tuyos?
-Sí, sí. Y ¿sabes lo que te digo? que a juzgar por el jaleo que están
armando, deben ser un montón. Y habrá un poco de todo: ángeles, arcángeles,
querubines, serafines y otros. Los que mejor cantan son los serafines...
-¿Tú eres un ángel? -le interrumpió entusiasmado el pequeño.
-No. Soy un arcángel. Y me llamo Gabriel.
-¡Un arcángel...! -exclamó asombrado el pequeño. -Yo tengo un primo
que se llama como tú. Pero no es un ángel, porque mi tía le dice
siempre que es un demonio... Oye, Gabriel, ¿y tú conoces al niño recién
nacido?
-Sí, Zor. Claro que lo conozco.
-Y ¿por qué ha nacido en un pesebre? ¿Sus padres no tienen casa o qué?
Es que el compañero tuyo que se nos apareció dijo que era un niño muy
importante. Y me ha dicho mi padre que la gente importante vive en casas
muy grandes.
-Mira, Zor, veo que te mueres de ganas por saber acerca de ese pequeñín.
Y me da mucho gusto que sea así, porque a muchos les trae y les traerá
sin cuidado; y eso es muy triste. Así que, mientras llegamos al sitio
donde se encuentra, voy a ir contándote algunas de las cosas que sé
sobre él. -Tras decir eso, dejó escapar un ligerísimo suspiro y
prosiguió.
-Efectivamente, ese recién nacido es alguien muy importante. Tanto tanto
que no hay nadie ni habrá nadie tan importante como él. -Zor lo
escuchaba con la boca tan abierta como sus vivos ojos. -Sin duda -continuó
el arcángel -habrás oído hablar del Mesías anunciado en las
escrituras, ¿verdad?
-¡Claro! -respondió Zor con ese aire del niño que se sabe la lección.
-Aunque mis padres dicen que esas cosas no hace falta saberlas; pero mi
abuelo Ismael dice que sí y me ha hablado mucho del Mesías que ha de
venir. Y me ha hecho aprenderme de memoria muchos textos que hablan de él.
-Los ojos del arcángel le acariciaron complacido antes de continuar.
-Bueno, pues ese niño recién nacido es el Mesías; del que hablaron las
escrituras y al que anunciaron los profetas.
-¡El Mesías! -gritó Zor mientras sus claros ojos se encendían llenándose
de ilusión. -Y ¿por qué nace en un pesebre que es un lugar para los
animales? -preguntó entre sorprendido y confuso.
-Porque seguramente sus padres no viven aquí y porque también
seguramente no encontraron lugar para ellos en la posada. Aunque, a decir
verdad, el motivo principal es otro. Verás, Zor, -Gabriel posó
suavemente su mano derecha sobre el hombro del pequeño y continuó.
...Yavé ha querido que su Mesías se manifieste en la humildad y
sencillez; contrariamente a como la mayoría de la gente se lo espera.
Dios ha dispuesto que el Salvador de Israel viniese como el más humilde y
pobre de los hombres; para que puedan tratarle, conocerle y amarle todos
sin excepción. Esto, por desgracia, muchos no lo van a entender ni
aceptar nunca y a otros les va a costar bastante.
-Pues yo sí lo entiendo -afirmó resuelto el pequeño. -Porque si ese niño
hubiese nacido en un palacio, yo no podría ir ahora a verlo y a
saludarlo. ¿No crees, Gabriel?
-No. Ciertamente que no podrías, Zor. -Respondió el arcángel
disimulando su asombro ante la capacidad de comprensión de ese sencillo
zagal.
-Y ¿qué más me ibas a contar de ese niño?
-Pues, que su nombre es Jesús y que tiene una madre preciosa. Se llama
María. Ella es la obra maestra de Yavé. Él la soñó desde la eternidad
pues había de ser su Madre. Fíjate, anhelando sus caricias, Dios fue
diseñando en los antepasados de María como bosquejos de la ternura que
había de transpirar ella. Igual que un artista que sin descanso busca la
pincelada perfecta, Yavé trazó antes millones de sonrisas en otros
labios. Y ensayó en otras muchas pupilas el brillo purísimo y único que
lucirían los ojos de su Madre. Es por eso que para cada mujer Dios también
soñó algo de María. La pena es que algunas lo descuidan y lo pierden...
-Un relámpago de tristeza surcó la mirada de Gabriel al concluir esa
frase.
-Pues mi madre es buena, pero a mí me parece que quizá ya ha perdido
alguna de esas cosas que Yavé soñó para ella... -Zor se quedó
pensativo un instante y luego continuó.
-Oye, Gabriel, y ¿voy a poder ver también a María?
-Por supuesto. Claro que podrás verla. Y tú mismo comprobarás que es
hermosísima.
El pequeño Zor caminaba absorto. Estaba tratando de meter en su imaginación
algo que no le cabía: la sencillez de todo un Mesías yaciendo niño en
un pesebre y la hermosura y pureza sin par de María junto a unos animales
de establo. Tan embebido iba en sus sueños, que Gabriel tuvo que levantar
un poco la voz para avisarle que habían llegado al portal de Belén.
-¡Zor, que ya hemos llegado! Venga, pasa adentro.
El sencillo pastorcito cruzó el umbral del establo, del que salía una
luz suave y acogedora. Por el sendero, aún lejos, comenzaban a oírse las
voces y cantos de otros pastores que acudían alegres tras el anuncio
celeste.
Lo primero que el pequeño Zor vio al entrar fue el rostro de María. Su
hermosura le dejó prendado e inmóvil. Se dio cuenta de que Gabriel se
había quedado muy corto al hablarle de su belleza. No supo cuánto tiempo
permaneció extasiado. Pero de pronto, María, con un sencillo gesto, le
invitó a acercarse a su hijo. Caminó despacito hacia el pesebre como
temiendo hacer algún ruido que asustase al niño. Cuando estuvo ya muy
cerca, se arrodilló. El niño le miraba con interés. Zor, fijos sus ojos
en los de él y, sin pronunciar palabra, comenzó a hablarle.
-Hola, niño Jesús. Soy Zor, tengo 8 años y soy pastor como mi padre.
Por el camino un arcángel que se llama Gabriel me dijo que todos podíamos
venir a verte y hablar contigo, incluso sin decir palabras. También me
explicó porqué estás aquí siendo quien eres. Y a mí me pareció muy
bien. Porque yo estoy muy feliz de haberte visto a ti y a tu madre, que es
preciosa. ¿Sabes? antes estaba un poco preocupado, pero al entrar aquí
se me pasó. Mira, estaba preocupado porque es que como mis padres no me
iban a dejar venir, me fui sin que me vieran. Además, quería ser el
primero en verte. Mis padres no me han hablado nunca de ti, pero mi abuelo
Ismael sí. Creo que mis padres no van a venir. Ellos se lo pierden. Pero
me da un poco de pena.
En ese momento el grave mugido de un buey resonó con fuerza en todo el
establo. Zor ni se enteró...
-Oye, Jesús, Gabriel me dijo también que podía pedirte lo que yo
quisiera. Y la verdad es que ahora no necesito nada, pero quiero pedirte
una cosa que no es para mí. Quiero pedirte que mis padres vengan a verte
a ti y a María. A mí no me importa que al encontrarme aquí me regañen
y castiguen por haberme escapado. Lo que me importa y lo que quiero es que
mis padres, al entrar aquí, también dejen de estar preocupados por
tantas otras cosas y sean tan felices como yo lo soy ahora. Además, a lo
mejor mi madre, al ver a tu Madre, podría recuperar algo de lo que Dios
soñó para ella y ya lo ha perdido.
Zor se quedó pensativo unos instantes y luego prosiguió -Gabriel me dijo
que podía estar seguro de que me lo vas a conceder. Muchas gracias.
-Jesús, no sé como, pero acabo de conocerte y ya te quiero un montón.
María que lo miraba complacida, como si lo hubiese escuchado todo, se
enjugó discretamente una lágrima mientras el niño Jesús jugaba
alegremente con los dedos del pastorcillo.
José, un poco en la penumbra (como siempre), improvisaba con cuatro
palos, una especie de cuna.
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