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La verdadera devoción
a María
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Autor:
Norberto Rivera Carrera, Cardenal |
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Podemos decir que el Avemaría y el Rosario son las dos grandes
expresiones de la devoción cristiana a la Santísima Virgen. Pero la
devoción no se queda sólo ahí.
La verdadera devoción nos lleva, sobre todo, a entablar una profunda
relación de amistad con María Santísima.
El amor hacia María enriquece nuestra fe, la hace más profundamente
humana, nos acerca a Dios por un camino de dulzura.
Es un amor filial que, como el niño, sabe confiar en su Madre y
complacerla con lo que a Ella le gusta. Cuántos frutos apostólicos de
conversión ha dado a la Iglesia esta auténtica piedad mariana, desde el
primer Pentecostés en que María rezaba junto a los apóstoles (Cf Hechos
de los Apóstoles 1,14) hasta San Maximiliano Kolbe o las últimas
apariciones marianas que tanto impulsaron la fe en todo el mundo (Lourdes,
Fátima, etc.).
La auténtica devoción busca imitar las virtudes que vivió la Santísima
Virgen siguiendo así su ejemplo de vida.
En esta imitación de María hay que tener presentes todos aquellos
aspectos que la discreción del Evangelio nos ofrece de Ella, y que Pablo
VI ha recogido, de forma admirable, en el número 57 de la exhortación
apostólica “Marialis cultus”:
la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios (Cf Lucas 1, 26-38; 1,
45; 11, 27-28; Juan 2, 5);
la obediencia generosa (Cf Lucas 1, 38);
la humildad sencilla (Cf Lucas 1, 48);
la caridad solícita (Cf Lucas 1, 39-56);
la sabiduría reflexiva (Cf Lucas 1, 29-34);
la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (Cf
Lucas 2, 21-41);
el agradecimiento por los bienes recibidos (Cf Lucas 1, 46-49);
la fortaleza en el destierro (Cf Mateo 2, 13-23); y en el dolor (Cf Lucas
2, 34-35 y Juan 19, 25);
la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (Cf Lucas 1, 48;
2, 24);
el vigilante cuidado hacia su Hijo desde la humildad de la cuna hasta la
ignominia de la cruz (Cf Lucas 2, 1-7; Juan 19, 25-27);
la delicadeza provisora (Cf Juan 2, 1-11);
la pureza virginal (Cf Mateo 1, 18- 25; Lucas 1, 26-28)
La verdadera devoción a la Santísima Virgen María implica también
veneración.
A María no le debemos un culto de latría porque no es Dios, pero tiene
una dignidad única: la de ser madre de Dios y cooperadora de Cristo en la
obra de la redención.
No podemos decir que adoramos a María, porque sólo se adora a Dios (en
griego, latría), pero a nuestra Madrecita del Cielo le debemos una
veneración especial (hiperdulía) por encima de los demás santos,
incluyendo los ángeles.
Junto a la veneración va la invocación: invocamos a la Santísima
Virgen porque es Madre de Dios y Madre nuestra. Por ello, Dios no le puede
negar nada; todo lo que ponemos en sus manos, Ella nos lo alcanza. La
Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II,
nos enseña que:
Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la
gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación,
y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación
perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no
dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple
intercesión los dones de la eterna salvación.
Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se
debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que
sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la
Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora.
Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la
dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. Porque ninguna criatura
puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así
como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por
los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de
Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también
la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus
criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo
experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para
que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al
Mediador y Salvador.
Publicada por
cortesía de es.catholic.net
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