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La Sagrada Familia
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Autor:
Pedro García, Misionero Claretiano |
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¡Cuántas
quejas, cuántas lamentaciones, y cuántas alabanzas y cuántos arrebatos
de admiración ―así, todo revuelto― se está llevando hoy LA
FAMILIA!
Todos están interesados en la familia: los buenos para amarla y
defenderla; los malos para destruirla sea como sea.
Los Ángeles del Cielo tiran de los moradores del hogar para arriba; los
demonios del infierno tiran para abajo a todos los que pueden.
El caso es que nadie hoy en la sociedad permanece indiferente frente a la
familia.
¿Y Dios? ¿Qué hace Dios?... ¿Y la Iglesia, veladora de los intereses
de Dios, qué hace la Iglesia?...
La respuesta la tenemos en la Sagrada Familia. Hemos visto cómo Dios se
ha hecho hombre y ha venido a nosotros el día de Navidad: no entre
esplendores de gloria y como Rey avasallador, sino como Niño pequeñito,
necesitado de todo, nacido de una Mujer, miembro de una familia.
Y la Iglesia, Madre y Maestra, nos pone hoy ante los ojos la imagen de
esta Familia del Hombre Dios, como diciéndonos a todos:
- ¿Os dais cuenta de lo bella que es la familia, cuando el mismo Dios ha
nacido, se ha desarrollado, se ha formado y ha vivido largos años en un
hogar?...
- ¿Os dais cuenta de lo feliz que es la vida de familia, cuando en la
familia reina la fe en Dios, el respeto a su Ley divina, el amor, el
trabajo, la austeridad, la pureza, la unión irrompible?
- ¿Os dais cuenta del mal que os trae el romper esa armonía de la fe y
de la piedad, del amor, del trabajo, de la pureza y de la unión, tal como
se viven en la familia bien constituida?...
- ¿Y os dais cuenta también de que la reconstrucción de la familia, hoy
tan en crisis, sólo la vais a resolver cuando hagáis de vuestros hogares
un reflejo y un trasunto del Hogar de Nazaret?...
Si miramos el Evangelio, pronto damos con los fundamentos de la felicidad
que reinaba en aquel Hogar bendito.
Jesús, con doce años, es ya ante la Ley en aquel tiempo un adolescente
con personalidad y, se supone, con sentido de responsabilidad. Ya puede
actuar por su cuenta como un mayor de edad.
Va en peregrinación a Jerusalén durante la Pascua. Entre la muchedumbre
de los cien mil o más peregrinos, se pierde, se queda en la ciudad, y,
como lo más natural en Él, se refugia en los pórticos del Templo, donde
al tercer día lo encontrarán sus padres.
María se presenta como protagonista y la principal responsable, aunque
pone delicadamente el nombre de José por delante:
- Hijo, ¿por qué has hecho esto? ¿No te dabas cuenta de que tu padre y
yo te buscábamos llenos de angustia?
Jesús comprende. No es ajeno al dolor de sus padres. Pero da una
respuesta misteriosa:
- ¿Y por qué me buscabais en un lugar fuera del Templo? ¿No sabíais
que yo debo estar en la casa y en las cosas de mi Padre?
El muchacho regresa a Nazaret. Y Lucas nos condensa los treinta años de
aquella vida de hogar en una pincelada magistral:
- Jesús les estaba sujeto. Y crecía en estatura, en conocimientos y en
gracia delante de Dios y de los hombres.
Completa el Evangelista los rasgos de Jesús con esta observación sobre
su Madre:
- Y María observaba todas estas cosas, les daba vueltas y vueltas en su
mente y las guardaba cuidadosamente en su corazón.
El hecho del Templo y los detalles sobre Nazaret nos abren todo un mundo
al querer mirar a la familia tal como la ha ideado Dios.
La base de todo está en el respeto a la Ley de Dios, manifestado con la
fidelidad a la peregrinación anual a Jerusalén. Si hoy el hogar se
resquebraja, hay que mirar ante todo a ver cómo se cumplen las exigencias
de la fe, de la religión, de la moral. Sin ellas, se hunde todo el
fundamento. Dentro de la Iglesia, tenemos un termómetro que no se
equivoca en su precisión, y es la Misa dominical. ¿Los miembros de la
familia guardan este precepto tan serio de la Iglesia? Esa familia es sana
moralmente y forma un hogar estable. Esa familia no falla...
También está el respeto al derecho de los demás. En la familia manda
quien debe mandar y obedece quien debe obedecer. Esto es elemental para
que haya paz, amor y felicidad en el hogar.
Y si queremos un hogar rematadamente feliz, hay que hacer que Cristo esté
presente en él.
Empezando por signos externos, como un cuadro o un Crucifijo que recuerdan
al Señor. Con la mirada y el corazón siempre en Jesucristo, como los
ojos y el alma de María, hacen que Cristo sea el ideal del amor, de la
formación, del progreso y de la generosidad. Por Cristo se hace todo, y
Cristo entonces trae todo lo que la familia anhela para su prosperidad y
su dicha en este mundo. ¿Después? Sólo quedará formar parte de la
Familia de Dios allá arriba, en una familia que no sufre ningún
quebranto...
¿Nos preocupa la familia? Sí; nos preocupa a todos. Y a Dios y a la
Iglesia antes que a nadie. Pero, mirando a la Familia de Nazaret se
adivinan las mejores soluciones..
LUCAS 2, 41-52.
Publicada por
cortesía de Catholic.net
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