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Recordar al
festejado
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Autor:
Javier González Bejarano |
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Siempre me ha gustado pasar
a saludar a los niños en sus salones de clases. Me parecen muy simpáticos
en el momento en que dan su opinión personal o cuando hablan de algún
tema en el que se sienten especializados.
Hace unos años fui a un colegio en el mes de diciembre. Para introducir
una plática quise hacer participar a los niños preguntándoles cómo
pasaban las fiestas navideñas en su familia. Varios levantaron la mano y
me decían en pocas palabras lo primero que se les venía a la mente. "Ponemos
el arbolito de Navidad". "Cenamos en casa de la abuela con mis tíos
y primos". Vamos a esquiar a la nieve". "Nos quedamos en
casa". "Abrimos los regalos que nos trae Santa Claus".
Recibí todo tipo de respuestas, pero, para mi asombro, no obtuve la que
deseaba. En la última fila de bancas vi una niñita rubia con la cabeza
agachada. Le pregunte: "y tú ¿qué haces durante las fiestas
navideñas con tu familia?". Levantó la cabeza y se me quedo
viendo con sus inmensos y luminosos ojos azules. Me respondió con una voz
apagada y tímida que apenas era impulsada por el aire de sus pequeños
pulmones: "festejamos el nacimiento del niño Jesús". ¡Esa era
la respuesta que esperaba!
Es excelente planear unas buenas vacaciones familiares. También ayuda al
ambiente festivo y de alegría una casa con adornos navideños. Pero no
podemos preocuparnos tanto de todo ello, y "Sagrada Familia fuera
de casa". En ocasiones descubrimos que la gente se ha olvidado de
lo fundamental.
Claro que no nos hemos ido hasta ese extremo. Nuestras tradiciones
religiosas en la celebración de la Navidad siguen vivas. Es hermoso ver a
las familias preparándose con entusiasmo en la presentación de
pastorelas. Las tradicionales posadas aún continúan. A veces hasta nos
llevamos al burro a la fiesta para subir a la muchacha que representará a
la Virgen María. Las piñatas, los aguinaldos, los tamales. Decoramos
nuestros "nacimientos" con figuritas, luces, musgo y heno. Todo
esto nos trae muchos y buenos recuerdos.
Refleja un corazón sensible a la fe. Una fe sencilla y llena de amor. El
niño Jesús todavía está en el nacimiento de nuestras casas y lo
acogemos en el "pesebre" de nuestros corazones.
Lo importante es no pasar estas celebraciones acostumbrados por ser un año
más. Es necesario que reflexionemos en el sentido de la venida de nuestro
Salvador a este mundo. Si Él vino por amor, con ese mismo amor hay que
recibirlo.
Dos mil años han pasado. Nadie lo recordaría en la historia, pero ese niño
hoy es todo un acontecimiento. Está en la mente y en los corazones de
millones de personas.
Nació en Belén, un pueblito de Judea; sigue naciendo en cada uno de
nosotros. Vivió en Nazareth; hoy habita en casi todos los rincones de
nuestro planeta. Ni siquiera fue reconocido como príncipe en sus tiempos;
ahora lo veneramos como el Rey de reyes.
Es el Niño Jesús quien nos recuerda su amor naciendo nuevamente esta
Navidad. Es Él quien viene. ¿Estamos preparándonos para recibirlo?
Esa noche recuerda el maravilloso misterio de amor y reza. Acoge a nuestro
Rey que ha nacido en medio de la humildad. No sólo hay que contemplar cómo
María, su madre, lo acuesta en el pesebre. Pídele con todo tu amor que
te permita cargarlo en tus brazos y acógelo en tu corazón.
Ese niño ha venido al mundo por ti y por mí. Nos trae el amor y la
salvación. ¿Cómo no lo vamos a acoger preparando nuestro pesebre? ¿Cómo
no vamos a prepararle un lugar en nuestro corazón?
Publicada por
cortesía de Catholic.net
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