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Santa Virgen María
en la Visión Protestante
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Autor:
Textos del reformador Martín Lutero |
Introducción:
¿Qué lugar ocupa la Santa Virgen María en la piedad y en el pensar de
las iglesias protestantes arraigadas en la Reforma del siglo XVI?
Mucha confusión ha existido con respecto a esto. No sólo en la relación
entre distintas confesiones eclesiásticas, sino aún dentro de las
iglesias surgidas de la reforma, aún entre fieles y pastores luteranos.
Preocupados por afirmar nuestras respectivas identidades particulares
hemos enfatizado las distancias que nos separan unos de otros, evitando un
diálogo mutuamente enriquecedor.
El mismo diálogo ecuménico de este siglo ha llevado a notables avances
en la mutua comprensión de la teología de las distintas iglesias y lo
que tienen de común y de diverso.
A manera de información que nos ubique en el tema, recordemos que en el
culto de las iglesias de confesión luterana, en lo que se acostumbra
llamar liturgias de las horas, la celebraciones de oración sin celebración
de la eucaristía: el Canto de María, el Magnificat, aparece en la Hora
de la Tarde. También que en el calendario eclesiástico en uso por
nuestras iglesias aparecen la Festividad de María, madre de nuestro Señor
(15 de agosto), la fiesta de la Anunciación (25 de marzo), y la Fiesta de
la Visitación (31 de mayo).
Nuestra reflexión de hoy contemplará muy brevemente los aportes de los
textos de Martín Lutero a la comprensión dogmática, doctrinal, del
papel de la Virgen María en el plan divino de salvación, y la piedad o
espiritualidad relacionada con la Virgen.
1 – Comprensión dogmática
a – El lugar de Cristo
Aquí hemos de entender que Lutero, particularmente relacionado con las
cuestiones de fe discutidas en su época, centra su reflexión y su acción
renovadora contestar a la pregunta: ¿Cómo puedo ser salvo, cómo recibo
la salvación?, o dicho en términos quizás más contemporáneos: ¿Cómo
adquiere sentido de presente y de futuro mi propia vida? Y también, de
quién es la iniciativa, de Dios o mía, o de quién? ¿Dónde está el
testimonio fundamental de esta esperanza?
En pocas palabras la respuestas del reformador a estas cuestiones se
resume en una sucinta afirmación: Sólo Cristo, sola gracia, sola fe. La
salvación es un regalo de Dios, por gracia, manifiesta en la obra
salvadora de Cristo, su vida, pasión, muerte y resurrección. La
recibimos por fe, por la agradecida y comprometida aceptación por parte
nuestra, por la confianza en Dios y su obra. El testimonio fundamental es
la Biblia, desde la cual y partir de la cual, en la historia de la
Iglesia, Dios se hace presente en la Palabra, Cristo, proclamando la
salvación.
Y a partir de ello y haciendo suya la formulación del Credo que usamos en
nuestras celebraciones eucarísticas, Lutero dice:
«Creo y sé que la Escritura nos enseña que sólo la segunda persona en
la deidad, es decir, el Hijo, se hizo verdadero hombre, concebido por obra
del Espíritu Santo sin intervención de hombre, nacido de la pura y santa
Virgen María, como de una real y natural madre, tal como lo narra San
Lucas (Lc 1,26 y ss) claramente y los profetas lo habían predicho (Is 7,
14)»
(Confesión acerca de la Santa Cena de Cristo, Martín Lutero,Obras de
Martín Lutero, t.5, Ed. Paidós, 1971, pág. 529)
«En Él creo; y creo, por consiguiente, en el Hijo de Dios sin dividirlo
del Hijo de nacido de María. Mi fe se adhiere no sólo al Hijo de Dios o
a su divinidad sino también a Él que es llamado hijo de María, porque
son idénticos. Estoy decidido a no saber nada del Hijo de Dios que no es
también el Hijo de María que sufrió, el Dios envuelto en la humanidad y
quien es una Persona. No me atrevo a separar el uno del otro y decir que
la humanidad no sirve, sino sólo la divinidad»
(Sermones sobre el Evangelio de San Juan, Chapters 6-8, Martín Lutero,
Luther’s Works , Vol. 23, St. Louis, Concordia Publishing House, pág.
101-102)
Lo anterior subraya el carácter central de Cristo, su condición de
hombre verdadero y Dios verdadero, en una unidad personal: fundamental
afirmación de todas las iglesias cristianas, junto a la afirmación de la
Trinidad. También incluye el ser autor suficiente de la salvación de
todos los seres humanos.
b- El lugar de María Virgen
Lutero afirma el
lugar particular que María ocupa en el plan de salvación:
«¡Cómo se habrá sentido la amada Virgen María cuando llegó el ángel
y le comunicó el mensaje de que sería la madre del Altísimo (Lc 1,26 y
ss)! ¿Quién se encontraba a su lado y creyó a este mensaje acompañándola?
¿Habrá tomado en cuenta el hecho de que estaban a disposición las hijas
de tantos señores y príncipes ricos y poderosos? ¿No podría Dios haber
hallado alguna otra para esta tarea tan importante? Sin embargo, sólo la
virgen fue llamada a esta obra, ella que era una doncella pobre,
desconocida y despreciada»
(El sermón de la montaña (sermones), Martín Lutero,
Luther’s Works, Vol. 21, St. Louis, Concordia Publishing House, pág.
243)
«Esto no es su obra; no puede realizarla ni llevarla a cabo. Es
exclusivamente la obra de Dios y surge sin cooperación alguna de nuestra
parte. Cristo fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la Virgen
María. María, sin embargo, no le dio la vida, sino el Espíritu Santo
por quien fue concebido. Ella sólo prestó su cuerpo y sus miembros para
que pudiera nacer de ella en el mundo. Entonces cómo puedo ser tan tonto
para presumir cumplir esto por medio de mis buenas obras?»
(Sermones sobre el Evangelio de San Juan, Chapters 6-8, Martín Lutero,
Luther’s Works , Vol. 23, St. Louis, Concordia Publishing House, pág.
16)
«En el capítulo segundo del evangelio según Lucas leemos (Lc 2, 22 y ss)
que la Virgen María se presentó en el templo después de las seis
semanas prescritas para ser declarada limpia, como ordenaba la ley a todas
las mujeres, si bien la Virgen María no era impura como ellas, ni deudora
de la misma limpieza, ni siquiera la necesitaba. Mas la Virgen María obró
así por amor, no queriendo hacer de menos a las demás mujeres, ni
pretendiendo apartarse de entre ellas»
(La libertad cristiana, Martín Lutero,
Obras de Martín Lutero, t. 1, Bs. As., Ed. Paidós, 1967, pág.165)
Incluso afirma su perpetua virginidad:
«De acuerdo a su humanidad, él, Cristo, nuestro salvador, era el auténtico
y natural fruto del vientre virginal de María (de quien Isabel llena con
el Espíritu Santo, dijo en Lc 1,42: “¡Bendito es el fruto de tu
vientre!”) Esto fue sin cooperación de un hombre, y permaneció virgen
después de esto»
(Sermones sobre el Evangelio de San Juan, caps.1-4, Martín Lutero,
Luther’s Works , Vol. 22, St. Louis, Concordia Publishing House, pág.
23)
Y, luego, en la introducción al Magnificat, subraya el carácter de fe,
de entrega al Padre, en cumplimiento de su voluntad salvadora:
«Para comprender este cántico sagrado es preciso advertir que la bendita
virgen María habla por propia experiencia, mediante la cual ha sido
iluminada y aleccionada por el Espíritu Santo....Así, pues, al
experimentar la santa virgen en su propia persona que Dios obra en ella
semejante portento, a pesar de su humildad, insignificancia, pobreza e
inferioridad, el Espíritu Santo le enseña este profundo conocimiento y
sapiencia de que Dios es un señor cuyas acciones no son otra cosa que
ensalzar lo humilde y abatir lo alto, es decir, en pocas palabras, romper
lo que está hecho y rehacer lo que está roto.
De la misma manera como al principio de todas las cosas creó el mundo de
la nada, por lo cual se llama Creador y Todopoderoso, éste sigue siendo
invariablemente su modo de actuar. Y aun hasta el fin del mundo sus obras
se realizan de tal modo que hace de lo que es nada, de lo insignificante,
de lo despreciado, de lo desgraciado y de lo muerto, algo que es
apreciado, honorable, afortunado y viviente»
(Obras de Martín Lutero, Bs. Aires, Ediciones La Aurora, 1979,
t. 6, pág. 380, prefacio e introducción. Comp. Sal. 13 y 78,6; Sal.
113,5-6)
Y concluye el prefacio al Magnificat con una preciosa oración donde
solicita su intercesión y la llama madre de Dios, subrayando así que
Cristo es verdaderamente Dios y hombre, una persona dos naturalezas (communicatio
idiomatum) para nuestra salvación:
«Quiera esta misma dulce madre de Dios procurarme el espíritu capaz de
hacer un comentario útil y profundo de su cántico, a fin de que vuestra
alteza y todos nosotros saquemos provecho de él para nuestro
entendimiento y para llevar una vida meritoria, y así alabar y cantar
este Magnificat eterno en la vida perdurable. ¡Que Dios nos ayude! Amén»
(El Magnificat, 1521, Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág379, nota introductoria del 10 de marzo de
1521)
Comentario al Magnificat (1521)
Para esta exposición, se utiliza el Comentario al Magnificat (1521),en:
Obras de Martín Lutero, Bs. Aires, Ediciones La Aurora, 1979, t. 6, pág.
383 y siguientes.
Mi alma canta la grandeza del Señor:
«Estas palabras provienen de un amor ardiente y de un gozo desbordante...»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág383. Comp. Sal. 34,8)
«No habrá paz a no ser que se enseñe que ninguna obra, ningún método
externo, sino sólo la fe, es decir, la buena confianza en la gracia
invisible de Dios, prometida por él, nos hace rectos, nos justifica y nos
salva»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 386)
La palabra “Magnificat” indica, como el título de un libro, lo que en
él está escrito.
«Pero aquí hay dos clases de espíritus falsos que son incapaces de
cantar el Magnificat debidamente. Los primeros no alaban a Dios antes de
que les haga beneficios...Los otros son aún más peligrosos. Se desvían
por el lado opuesto, enorgulleciéndose de los bienes de Dios, sin atribuírselos
a la bondad divina; pero quieren aprovecharse de ellos, y por causa de
ellos quieren ser honrados y respetados por otros hombres»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 388)
«¿No es de maravillar el corazón de María? Se sabe madre de Dios,
elevada por encima de todos los hombres y, sin embargo, queda tan sencilla
y serena que este hecho no la habría inducido a considerar a una
sirvienta inferior a ella... En cambio, este corazón de María permanece
firme e inconmovible en todo tiempo; deja que Dios obre en ella según su
voluntad. No saca de esto más que un buen consuelo, alegría y confianza
en Dios. Lo mismo debemos hacer también nosotros. Esto sería cantar un
verdadero Magnificat....»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 389)
«Con ello nos enseña que, en completo desprendimiento de nosotros
mismos, debemos amar y alabar debidamente a Dios y no buscar en él de
ningún modo lo nuestro. Pues bien; lo ama y alaba debidamente quien lo
ensalza sólo porque es bueno, y que no considera más que su pura bondad,
teniendo en ella su gozo y regocijo, lo cual es una manera sublime, pura y
tierna de amar y alabar, como es propio del tierno y excelso espíritu de
esta virgen»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág389, 390)
Porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
(Pequeñez, en traducciones tradicionales, a partir del latín humilitas:
se la traduce por humildad):
«Algunos han interpretado la palabra “humilitas” en el sentido de
humildad, como si la virgen María hiciera referencia a su humildad,
vanagloriándose de ella.... El hombre que es realmente humilde es el que
menos está consciente de su humildad»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 393)
«Los hombres verdaderamente humildes no miran la secuela de la humildad,
sino que con sencillez de corazón se fijan en las cosas insignificantes,
se ocupan gustosamente en ellas, sin advertir nunca ellos mismos que son
humildes»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 395. Comp. Sal. 131,1)
«Ahora vemos claramente, merced a la palabra “humilitas”, que la
virgen María era una muchacha despreciada, humilde e insignificante, y
que en esa condición servía a Dios, no sabiendo que su insignificancia
era tan estimada por Dios»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 397)
«He aquí la segunda enseñanza de María: cada cual debe aspirar a ser
el primero en alabar a Dios y exaltar las obras de Dios realizadas en él,
y después alabarlo también en las obras realizadas en otros...»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 3990000)
Compárese con el Evangelio de San Mateo (Mt 20,10-12), donde murmuran no
por la injusticia, sino porque el padre hizo a todos iguales.
«María manifiesta que la primera obra que Dios realiza en ella es poner
los ojos en ella, lo cual es al mismo tiempo la obra más importante.
Todas las demás son consecuencias y emanan de ella. Y al decir: “En
adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso
ha hecho en mí grandes cosas”, demuestra que también ella misma lo
considera lo más importante. Repara tú en las palabras. No dice que
hablarán muy bien de ella, que ensalzarán su virtud, que destacarán su
virginidad o su humildad, o que entonarán una canción para alabar lo que
ha hecho. Por el contrario, hablarán sólo de que Dios ha puesto los ojos
en ella, por lo cual se dirá que es bienaventurada.... Con esto no es
enaltecida ella, sino la gracia de Dios para con ella»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 401)
«Por consiguiente, el que quiera honrarla debidamente, no debe
contemplarla sólo a ella, sino en su relación con Dios y muy debajo de
él, despojándola de todo, y poniendo sus ojos en su insignificancia,
como ella misma dice. Luego se maravillará de la rebosante gracia de Dios
quien pone sus ojos en semejante ser humano humilde e insignificante, colmándolo
de tan ricas bendiciones y tanta merced... ¿No te parece que no habrá
cosa más agradable para ella que tú te acerques por medio de ella a Dios
de la misma manera, y aprendas de ella a confiar y esperar en Dios, aun
cuando seas despreciado y reducido a la nada; como quiera que sea, en la
vida o en la muerte? Ella no quiere que acudas a ella, sino a Dios por
medio de ella»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 402)
Aquí aparece el papel de María Virgen, tanto como modelo de creyente
como en su función de intercesora.
«Oh, virgen bienaventurada y madre de Dios, qué consolación grande ha
manifestado Dios en ti, porque ha puesto sus ojos tan benignamente en tu
indignidad e insignificancia. Por ello, en adelante quedamos advertidos de
que, según tu ejemplo, no nos desdeñará tampoco a nosotros, hombres
pobres e insignificantes, sino que pondrá sus ojos benignamente en
nosotros... La virgen María sólo quiere decir que su alabanza perdurará
de una generación a otra, y que no habrá época en la cual no sea
ensalzada»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 403)
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es
santo!
«Lo de “grandes cosas” se refiere al hecho de haber llegado a ser
madre de Dios. Mediante esta obra ha recibido tantos y tan grandes bienes
que nadie los puede comprender. De ahí emana toda honra y
bienaventuranza, como también su posición singular en todo el género
humano, no habiendo persona alguna que se le asemeje, ya que tiene un niño,
¡qué niño! Del Padre Celestial. Este hecho es tan apabullante que ella
misma no encuentra palabras para definirlo. Debe limitarse a que desborde
de ella la fervorosa exclamación de que son “cosas grandes”, que no
se pueden enunciar ni definir. Por ello, todo su honor se ha resumido en
una sola expresión: Madre de Dios. Al hablar de ella y al dirigirse a
ella nadie puede decir cosa más sublime, aun cuando tuviese tantas
lenguas como hay hierbas y hojas, estrellas en el cielo y arena en el mar.
Es preciso ponderar en el corazón lo que significa ser Madre de Dios.
María lo atribuye espontáneamente a la gracia de Dios, no a su mérito.
Si bien estaba sin pecados, esta gracia es tan eximia que de ningún modo
era digna de ella. ¿Cómo podría ser una criatura digna de ser madre de
Dios?»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 406)
Este pasaje es por demás interesante: llama a la Virgen Madre de Dios,
afirma que estaba sin pecados y uno se puede preguntar si afirma el haber
nacido inmaculada o no, y a Lutero le importaba el tema cuando para él lo
central es la gracia de Dios en Cristo para salvación.
«Ella no hace nada, Dios lo hace todo. Debemos invocarla a fin de que por
amor de ella Dios conceda y haga lo que pedimos. De la misma manera
debemos invocar también a todos los demás santos, para que en todo
sentido la obra sea sólo de Dios»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 408)
Aparecen expresiones importantes: invocarla (a la Virgen María) e invocar
también a los santos para que intercedan por nosotros, para nuestra
salvación.
Su misericordia se extiende de generación en generación.
«En efecto, conocer a Dios es lo más grande en el cielo en la tierra, si
es que se le concede a alguien. La madre de Dios lo enseña muy bien a
todo aquel que quiera entenderla»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 411)
La primera obra de Dios: La misericordia
«María indica que a Dios le place mucho más hacer misericordia, que es
su obra más noble, que lo contrario, es decir, usar la fuerza»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 418)
La segunda obra de Dios: La destrucción de la soberbia espiritual (v.51)
La tercera obra de Dios: La humillación de los encumbrados (v.52)
«Mientras exista el mundo, han de subsistir la autoridad, el gobierno, el
poder y los tronos. Pero Dios no admite por mucho tiempo que se usen
indebidamente y contra él, para infligir injusticia y violencia contra
los buenos, gozándolo y jactándose, sin usarlos en el temor de Dios,
para su alabanza y la protección de la justicia»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 422)
La cuarta obra: La exaltación de los humillados (v.52)
Los humillados no significa aquí los humildes, sino todos los que a los
ojos del mundo son despreciados e insignificantes.
La quinta y sexta obra (v.53)
«Así también los “hambrientos” no se refiere a los que tienen poco
o ningún alimento. Al contrario, son los que gustosos aceptan sufrir
privaciones, especialmente cuando son forzados a ello por otro, con
violencia por causa de Dios o la verdad»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 424)
Conclusión
«Concluye el Magnificat con la más grande de todas las obras de Dios, la
encarnación del Hijo de Dios en un hombre. Declara abiertamente que ella
es una criada y sirvienta de todo el mundo, reconociendo que la obra
realizada en ella se ha efectuado, no solamente en su beneficio, sino a
favor de todo Israel»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 428)
«Mira, ésta es la simiente de Abraham, que nace de su única hija María
y no de alguno de sus hijos, como suponían y esperaban los judíos. Esto
es lo que quiere decir aquí la dulce Madre de esta simiente, al decir que
él acogió a Israel, conforme a su promesa hecha a Abraham, a él y toda
su descendencia. Reconoció que la promesa se había cumplido en ella»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 432)
«Lo dicho baste por ahora. Rogamos a Dios que nos dé el debido
entendimiento de este Magnificat, para que no sólo brille y hable, sino
que arda y vida en cuerpo y alma. Así nos lo conceda Cristo, por la
intercesión y por causa de su amada madre María. Amén»
(Obras de Martín Lutero, Ediciones La Aurora,
Bs. Aires, 1979, t. 6, pág. 433)
En la conclusión reafirma el carácter de intercesora de María.
Pastor David Calvo
Iglesia «La Cruz de Cristo»
Publicada por
cortesía de Catholic.net
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