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María ¿Obstáculo
o signo de unidad entre protestantes y católicos?
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Autor:
R.P. Lic. Luis Jorge Montagna, IVE |
Entre las distintas concepciones teológicas que han mantenido separados a
católicos y protestantes se destaca de manera especial el lugar que ocupa
la Virgen María en la obra de la redención humana.
Bien sabemos que la teología protestante, en líneas generales, no acepta
la posibilidad de ninguna mediación en la obra de la salvación, excepto
el mismo Jesucristo. En este sentido, para ellos María no ocupa ningún
lugar como cooperadora en la redención del género humano, generando de
este modo lógicas discrepancias con los católicos.
A pesar de esto en el siglo pasado, teólogos tanto protestantes1
como católicos 2 estaban
convencidos que María no podía ser en absoluto un punto de división
sino más bien el camino seguro para restablecer la verdadera unidad entre
los cristianos separados.
En la actualidad, distintos grupos interconfesionales en un clima de total
sinceridad y sensibilidad por el diálogo ecuménico, vienen trabajando
con gran esfuerzo por descubrir en las fuentes escriturísticas y patrísticas,
como así también en el análisis teológico de las distintas cuestiones
de fe, raíces comunes que puedan servir como base de diálogo para las
distintas denominaciones cristianas. Estos grupos escriben documentos que
luego son entregados a las distintas Iglesias para que una vez tomados en
consideración elaboren una respuesta en vistas siempre a lograr una
actitud de mayor apertura en el diálogo ecuménico.
El Grupo de Dombes, uno de los grupos de teólogos interconfesionales más
avanzados en el diálogo ecuménico, emitió en 1997 un documento titulado
María en el designio de Dios y en la comunión de los santos3.
Este documento reconoce que María ha sido motivo de conflicto entre católicos
y protestantes, un conflicto que, según el documento, la misma María ha
sido víctima. Por eso el grupo es conciente que ha llegado el momento de
decir basta al nombrar en vano el nombre de María y de humillarla por
causa del pecado de los hombres. Se anhela el hecho de revertir esta
situación, de modo que María no sea más una piedra de escándalo sino
por el contrario un vínculo de unión.
En primer lugar el documento expresa cómo en el primer milenio la teología
reconocía unánimemente en María un rol importante y perfectamente
determinado en el designio del Padre, en el misterio de Cristo y en el
misterio de la Iglesia o comunión de los santos. Esta situación alejaba
completamente entre los cristianos motivos de discordia en lo que respecta
a la fe sobre la Virgen María. Atestiguan esta realidad los Símbolos de
la fe, el apostólico y el niceno-constantinopolitano, en donde
encontramos las sentencias “nació de Santa María Virgen” y “se
encarnó de María la Virgen”; también los santos Padres y finalmente
los primeros Concilios ecuménicos, en particular el de Éfeso en el cual
se declara el dogma mariano de Theotokos, es decir, madre de Dios. Por lo
tanto “Virgen y Madre de Dios” pertenecen al patrimonio común de
todas la Iglesias.
Por otro lado, en lo que respecta al rol que desempeña María en la obra
de la salvación, que como ya dijimos, ha sido un motivo importante de
separación entre protestantes y católicos, el Grupo de Dombes declara
que se estaría llegando a un acuerdo en este aspecto.
El documento señala que si bien solo Dios otorga la gracia para obtener
la salvación, es necesario contar con la respuesta libre del hombre para
que éste se beneficie y sea justificado. La solución propuesta es
inequivocable sobre el carácter absoluto de la gracia electiva de Dios,
sin embargo se insiste también sobre la importancia de la respuesta
humana que es parte integrante. En este sentido y en un hecho particularísimo,
el misterio de la Encarnación atestigua claramente que María ha
cooperado con la respuesta de la propia fe, como cada ser justificado, a
través de la propia obediencia, la propia maternidad, y todas la obras de
“sierva” entre ellas su intervención en Caná2.
Históricamente el autor de la gracia, Jesucristo, se encarna plenamente
en nuestra humanidad a través de María, quien coopera de este modo
efectivamente en la obra de redención de los hombres. Se comprende
entonces que una devoción sobria y veraz hacia la Virgen María, Madre de
Dios, sea un potente salvoconducto para el camino de fe referido a
Jesucristo5.
Podemos decir entonces que, reconociendo que en el primer milenio toda la
Iglesia aceptó a María como la “Madre de Dios” y la importancia
clave que tiene la cooperación humana en la obra de la redención,
manifestada en la disposición efectiva en cada hombre de recibir la
gracia, y manifestada singularmente en María, de manera particular y
espacialísima en el sí de la Encarnación, ella, en el orden del diálogo
ecuménico, no puede ser motivo de división, por el contrario se
convierte en “Madre de unidad” para todos los creyentes en Cristo.
[1] Cfr. Heinrich-M. Koster, Mariologia nel XX secolo, In
Bilancio della Teologia del XX secolo, Città Nuova, Roma 1972, p. 143.
“También en el ambiente protestante pastores como M. Thurian asumían
una posición positiva respecto a María en la obra de la salvación”.
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[2] Y. Congar, Sur la conjoncture présente de la publication
del’exortation Marialis Cultus, In La Maison Dieu, n. 121, Paris 1975,
p. 114-121. “El Santo Padre expresa la esperanza ecuménica de que María,
Humilde Sierva del Señor se convertirá en un punto de encuentro para la
unión de todos los creyentes en Cristo”.
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[3] Grupo de Dombes, Título original en francés: Marie dans
le dessein de Dieu et la communion des saints, Bayard éd., Paris
1997.1998.
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[4] Cfr. G. Bruni, Maria nel disegno di Dio e nella comunione
dei santi, Introduzione al Documento del Gruppo di Dombes, In Theotokos
VI, 1998, pp.244-245. regresar
[5] Cfr. Y. Congar, Sur la conjoncture présente de la
publication del’exortation Marialis Cultus, In La Maison Dieu, n. 121,
Paris 1975, p. 114-121. regresar
Cortesía
de Catholic.Net
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