Es sabido que la muerte no es
condición esencial para la Asunción. Y es sabido, también, que el Dogma de la
Asunción no dejó definido si murió realmente la Santísima Virgen. Había
para entonces discusión sobre esto entre los Mariólogos y Pío XII prefirió
dejar definido lo que realmente era importante: que María subió a los Cielos
gloriosa en cuerpo y alma, soslayando el problema de si fue asunta al Cielo
después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin
pasar por el trance de la muerte, como todos los demás mortales (inclusive como
su propio Hijo).
Juan
Pablo II, en una de sus Catequesis sobre el tema, nos recuerda que Pío XII y el
Concilio Vaticano II no se pronuncian sobre la cuestión de la muerte de María.
Pero aclara que “Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte;
solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los
creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios”. (JP II,
25-junio-97)
Sin embargo, algunos teólogos
han sostenido la teoría de la inmortalidad de María, pero Juan Pablo II nos
dice al respecto,“existe una tradición común que ve en la muerte de María
su introducción en la gloria celeste”. (JP II, 25-junio-97)
Se refiere posiblemente a
que, como afirma Antonio Royo Marín o.p., la Asunción gloriosa de María, después
de su muerte y resurrección, reúne un apoyo inmensamente mayoritario entre
los Mariólogos. (cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).
Los argumentos en favor de
la muerte de María los dividiremos: según la Tradición Cristiana (incluyendo
el Arte Cristiano), según la Liturgia, según la razón teológica y por la
utilidad de la muerte.
1. Según la Tradición
Cristiana:
Royo Marín afirma que el
testimonio de la Tradición -dice que sobretodo a partir del Siglo II- es
abrumador a favor de la muerte de María. Es su afirmación, aunque no da citas
al respecto. (cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).
Inclusive la misma Bula
Munificentissimus Deus de Pío XII (sobre el Dogma de la Asunción), aunque
no propone como dogma la muerte de María, nos presenta este dato interesantísimo
sobre la muerte de María en la Tradición de la Iglesia: “Los fieles,
siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores ... no encontraron dificultad
en admitir que María hubiese muerto como murió su Unigénito. Pero eso no les
impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a
la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el
augusto tabernáculo del Verbo Divino” (Pío XII, Bula Munificentissimus Deus
#7, cf. Doc. mar. #801).
El Padre Joaquín Cardoso,
s.j. edita en México en el Año de la declaración del Dogma un librito “La
Asunción de María Santísima”. Y nos refiere lo siguiete sobre la muerte
de María en la Tradición:
“Hasta el Siglo
IV no hay documento alguno escrito que hable de la creencia de la Iglesia, explícitamente,
acerca de la Asunción de María. Sin embargo, cuando se comienza a escribir
sobre ella, todos los autores siempre se refieren a una antigua tradición de
los fieles sobre el asunto. Se hablaba ya en el Siglo II de la
muerte de María, pero no se designaba con ese nombre de muerte, sino
con el de tránsito, sueño o dormición, lo cual indica
que la muerte de María no había sido como la de todos los demás hombres, sino
que había tenido algo de particular. Porque aunque de todos los difuntos se decía
que habían pasado a una vida mejor, no obstante para indicar ese paso se
empleaba siempre la palabra murió, o por lo menos `se durmió en el Señor',
pero nunca se le llamaba como a la de la Virgen así, especialmente, y como por
antonomasia, el Tránsito, el Sueño”.
Son muchísimos los Sumos
Pontífices que han enseñado expresamene sobre la muerte de María. Entre éstos,
nuestro Papa Juan Pablo II, quien en su Catequesis del 25 de junio de 1997,
titulada por el Osservatore Romano “La Dormición de la Madre de Dios”, nos
da más datos sobre la muerte de María en la Tradición:
Santiago de
Sarug (+521): “El coro de los doce
Apóstoles” cuando a María le llegó “el tiempo de caminar por la senda de
todas las generaciones”, es decir, la senda de la muerte, se reunió para
enterrar “el cuerpo virginal de la Bienaventurada”.
San Modesto de
Jerusalén (+634), despues de hablar
largamente de la “santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios”,
concluye su “encomio”, exaltando la intervención prodigiosa de Cristo que
“la resucitó de la tumba” para tomarla consigo en la gloria .
San Juan
Damasceno (+704), por su parte, se
pregunta: “¿Cómo es posible que aquélla que en el parto superó todos los límites
de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta
a la muerte?”. Y responde: “Ciertamente, era necesario que se despojara de
la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la
naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, El muere según
la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en
incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección”.
No
es posible, además, ignorar el Arte Cristiano, en el que encontramos
gran número de mosaicos y pinturas que han representado la Asunción de María,
tratando de hacernos ver gráficamente el paso inmediato de la “dormición”
al gozo pleno de la gloria celestial, e inclusive algunos, del paso del sepulcro
a la gloria, siendo asunta al Cielo.
2. Según la Liturgia:
De acuerdo a Royo Marín,
el argumento litúrgico tiene gran valor en teología, según el conocido
aforismo orandi statuat legem credendi, puesto que en la aprobación
oficial de los libros litúrgicos está empeñada la autoridad de la Iglesia, la
cual iluminada por el Espíritu Santo, no puede proponer a la oración de los
fieles fórmulas falsas o erróneas.
Y desde la más remota
antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte
de María. Royo Marín refiere dos oraciones “Veneranda nobis...” y
“Subveniat, Domine ...” , las cuales estuvieron en vigor hasta la declaración
del Dogma (1950) y recogen expresamente la muerte de María al celebrar al
fiesta de su gloriosa Asunción a los Cielos. Las oraciones posteriores a la
declaración del Dogma, por razones obvias, no aluden a la muerte.
Así decía la oración
“Veneranda nobis”: “Ayúdenos con su intercesión saludable, ¡oh, Señor!,
la venerable festividad de este día, en el cual, aunque la santa
Madre de Dios pagó su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser
humillada por su corrupción aquélla que en su seno encarnó a tu Hijo, Señor
nuestro”.
El Padre Joaquín Cardoso,
s.j. tiene esto que decirnos sobre la muerte de María en la Liturgia:
“La Iglesia,
pues, tanto la Griega, como la Latina, creyeron siempre, no solamente como
posible, sino como regla, en la muerte de María, y en las más antiguas
Liturgias de ambas Iglesias se encuentra siempre la celebración y el recuerdo
de la muerte de María, con el nombre de la Dormición,
Sueño o Tránsito de Nuestra Señora. Porque eso sí: si creían que
realmente la Virgen había muerto, indicaban con esa denominación, no usada comúnmente
para todas las muertes, que la de la Virgen había tenido algún carácter
especial y extraordinario, que es precisamente el de su resurrección inmediata
y Asunción a los Cielos”.
“Y como dicen
los críticos, aun protestantes ... ya en el Siglo VI era absolutamente general
la creencia en la Asunción de María, tal cual lo demuestran las antiquísimas
liturgias de todas las Iglesias que tienen, al menos desde el siglo IV,
establecida la Fiesta de la Dormición
de María”.
3. Según la razón
teológica:
Iniciamos este aparte con
Juan Pablo II: “¿Es posible que María de Nazaret haya
experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de
Maria y en su relación con su Hijo Divino, parece legítimo responder
afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario
por lo que se refiere a su Madre” (JP II, 25-junio-97).
Cristo, el Hijo de Dios e
Hijo de María, murió. Y ¿puede ser la Madre superior al Hijo de Dios en
cuanto a la muerte física? Es cierto que la Santísima Virgen María, habiendo
sido concebida sin pecado original (Inmaculada Concepción) tenía derecho a no
morir. Pero, nos dice Juan Pablo II: “El hecho de que la Iglesia proclame a
María liberada del pecado original por singular privilegio divino, no lleva a
concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior
al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en
instrumento de salvación. ” (JP II, 25-junio-97)
Y Royo Marín remata este
argumento de la siguiente manera: “Sin duda alguna, María hubiera
renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse en todo -hasta en la muerte
y resurrección- a su Divino Hijo Jesús.”
El Padre Joaquín Cardoso,
s.j. dice al respecto: “María Santísima nunca tuvo pecado, por el
privilegio de Dios de su Inmaculada Concepción; por consiguiente, no
estaba sujeta a la muerte, como no lo estaba Jesucristo;
pero también Ella tomó sobre sí nuestro castigo, nuestra muerte”.
Y Juan Pablo II: “María,
implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo
compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la
humanidad”. (JP II, 25-junio-97)
4. Por la utilidad
de la muerte:
Dice Royo Marín que la
muerte de María nos sirve de ejemplo y consuelo. María debió morir para enseñarnos
a bien morir y dulcificar con su ejemplo los supuestos terrores de la muerte.
Los recibió con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos que no
tiene nada de terrible la muerte para aquéllos que en la vida han cumplido la
Voluntad de Dios.
Y Juan Pablo
II también habla al respecto: “La experiencia de la muerte enriqueció a
la Virgen: habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz
de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes
llegan a la hora suprema de la vida”. (JP II, 25-junio-97)