|
María Catequista

María fue catequista desde la infancia de Jesús. Luego fue catequista de
la fe de los discípulos, y hoy sigue siéndolo de la comunidad cristiana.
María cuidó los primeros pasos de su hijo, lo hizo crecer. Estuvo
presente entre los discípulos para hacer nacer la fe en el corazón de
ellos. Y hoy, quienes seguimos a Jesús, percibimos la presencia, compañía
y enseñanza de la Madre.
Cuando todavía no se hablaba
Luego de la muerte de Jesús, María se quedó junto a los apóstoles.
En este
período de su vida Ella desempeñó el papel claro y preciso de anunciante
o
propagadora del evangelio, aunque esta labor apostólica María ya la venía
realizando desde los comienzos de la vida de su Hijo.
A lo largo del relato evangélico María pareciera no existir. Sólo
en cuatro
momentos aparece en primer plano; son los momentos de cambio, donde la Madre
da su consentimiento explícito, donde se manifiesta esa presencia que
reafirma el designio divino de la Redención: la anunciación, el hallazgo
de
Jesús en el templo, Caná y el Calvario. En estos momentos se perciben las
señales de una presencia callada pero permanente. Estos sucesos indican,
tal
vez en forma velada, que la Virgen vivió toda su vida recibiendo la
Revelación y manifestándola a la comunidad.
A pesar de su expresión reservada y hasta marginal, María permanece
presente
entre los hombres proclamando el mensaje de su Hijo.
A la vuelta
Ya en la ausencia de Jesús, al volver del monte donde el Señor los
dejó,
los discípulos se reagruparon en torno a María, su maestra. La vida de los
"huérfanos" de Jesús se llenó con María. Su presencia fue la
de una experta
en el Espíritu, de una creyente que tenía la misión de ayudar, de una
compañera que nunca abandona.
María permaneció junto a los creyentes. No sabemos qué rezaban, pero sí
sabemos cuándo lo hicieron. Esta es la última vez que se nombra a María
en
el evangelio, es breve pero maravillosa. Es la entrega de una Madre que fue
capaz de anunciar a un hombre controvertido y que siguió entregándose,
compartiendo la vida y dando su tesoro.
La imagen que de María presenta el evangelio es la de una mujer que con una
coherencia extraordinaria siguió siempre a su Hijo, consciente de que Él
traía la Palabra de Dios y de que su misión en la tierra era anunciarla.
Fue
la primera creyente y la primera propagadora de esa Palabra. Fue la perfecta
catequista.
Entre
nosotros
Ella es nuestro modelo perfecto de fe en Jesús. En Ella encontramos
la
donación total de la persona a Él y a su obra. Ella indica cómo vivir
íntegramente la fe, creyendo en la llamada de Cristo y poniendo toda su
confianza en su mensaje.
María mira a cada persona humana como si fuera su único hijo. La
fuerza de
su mensaje mira a cada uno de aquellos a los que le han sido dados como
hijos. Ella, que ha cooperado al nacimiento de la Iglesia, coopera también
al nacimiento de cada comunidad en la Iglesia y luego sigue promoviendo su
crecimiento. Merece que se la reconozca en esta función discreta pero
importante de dar a conocer la Verdad.
La Madre desea para los cristianos una vida que pertenezca realmente a
Cristo, en el amor y la apertura completa a su palabra. Abre el camino de
una fe profunda basada en las enseñanzas de Cristo, muestra una confianza
sin límites hacia Aquel que vino a instaurar la paz entre los hombres.
Ayuda
a reducir las distancias entre el ideal y la realidad, ella llevó a la
perfección el ideal de una vida totalmente consagrada. María nos invita,
todos los días, a afrontar las dificultades con una fe firme y audaz cuando
más a prueba nos encontramos. Nos invita a seguir a Cristo, a vivir con él,
en una intimidad que anuncia la del Más Allá. La adhesión más completa a
Cristo implica la esperanza más fuerte que empieza a realizarse en este
mundo y se completará en el otro, en la eternidad.
|