10 de diciembre
TRASLACIÓN DE LA
SANTA CASA DE LORETO
A
partir del siglo XVI, la "Santa Casa de Loreto" que se encuentra
en la región italiana de la Marca de Ancona, ha sido un concurrido centro
de peregrinación y una instancia de oración de famosos santos como San
Franciso Javier, San Francisco de Borja, San Carlos Borromeo, San Luis
Gonzaga, y muchos otros más, que dieron devoción de un santuario mariano
muy amado en el occidente.
Pese a que la milagrosa
traslación de la casa de Nazareth a Loreto no tiene ninguna prueba histórica,
existen sólidas bases de esta devoción mariana. En 1470, una bula
emitida por el Papa Pablo II, autorizaba la conmemoración de una imagen
de la Santísima Virgen transportada por los ángeles a Loreto, dentro de
un edificio sin cimientos, "milagrosamente fundado".
Hacia 1472, uno de los
rectores del templo de Loreto relató sobre la forma en que la "Santa
Casa de Nazareth" llegó a las cercanías de Fiume y después, a
Loreto. De acuerdo con todos los relatos escritos, la bendita construcción
debe haber llegado a las cercanías de Fiume en 1291 y a Loreto en 1294.
Causa extrañeza a los investigadores el absoluto silencio sobre el suceso
a lo largo de los siglos XIV y XV, pero sobre todo, que en una bula con
fecha de 1320, relacionada con Loreto, no se hable para nada de la
traslación. Tampoco en oriente aparece mención alguna sobre la
"Santa Casa de Narazeth" antes del siglo VI.
Sin embargo, hay
testimonios auténticos, que datan de los años 1193, 1194 y 1285, de que
existía en Loreto una iglesia dedicada a Nuestra Señora. Es posible que
los católicos servios que huían de la persecución a fines del siglo
XIII, transportasen hasta Loreto, donde se refugiaron, una estatua de la
Virgen María, y no se puede descartar la probabilidad de que ellos mismos
construyesen para proteger a su imagen, una casa a la que pusieron el
nombre de Nazareth, de la misma manera que, en nuestros días, se han
construido en todas partes grutas de Lourdes. ( Publicado por ACI
Prensa )
La casa donde María vivó sus últimos años en Efeso
por A.
K. EMMERICK
« ... María no moraba en Efeso, sino en las cercanías, donde se habían
establecido ya varias mujeres. Su casa estaba situada a tres leguas y
media de ahí, en la montaña que se veía a la izquierda viniendo de
Jerusalén, y que descendía en pendiente hacia la ciudad. Cuando se viene
del Sur-Este, Efeso parece reunida al pié de la montaña; pero a medida
que se avanza, se la ve desplegarse todo alrededor. Ante Efeso se ven
hileras de arboles bajo los cuales frutos amarillos se encuentran por el
suelo. Un poco hacia el mediodía estrechos senderos conducen sobre la
montaña, cubierta de un verdor agreste. La cumbre presenta una planicie
ondulada y fértil de un media legua de contorno: es ahí donde se
estableció la Santa Virgen. Es un lugar muy solitario, con muchas colinas
agradables y fértiles, y algunas grutas excavadas en la roca, en medio de
pequeños lugares arenosos. El país es agreste, sin ser estéril; hay por
aquí y por allí muchos árboles en forma piramidal, cuyo tronco es liso
y cuyas ramas dan una amplia sombra.
Antes de conducir a
la santa Virgen a Efeso, Juan había hecho construir para ella una casa en
ese lugar, donde ya muchas santas mujeres y varias familias cristianas se
habían establecido, antes incluso de que la gran persecución estallara.
Permanecían en tiendas o en grutas, hechas habitables con la ayuda de
algunos entablados. Como se habían utilizado las grutas y otros
emplazamientos tal y como la naturaleza los ofrecía, sus habitáculos
estaban aislados, y a menudo alejadas un cuarto de legua unas de otras;
esta especie de colonia presentaba el aspecto de una villa cuyas casas
estuvieran dispersas a grandes intervalos. Tras la casa de María, la única
que era de piedra, la montaña no ofrecía hasta la cumbre, más que una
masa de rocas desde donde se veía, más allá de las copas de los arboles,
la villa de Efeso y el mar con sus numerosas islas (...). El lugar estaba
más cercano al mar que Efeso mismo, que estaba a una cierta distancia. El
entorno era solitario y poco frecuentado. Había en las cercanías un
castillo donde residía un personaje que era, si no me equivoco, un rey
desposeído. San Juan lo visitaba a menudo, y él le convirtió. Este
lugar fue mas tarde un obispado. Entre esta residencia de la Virgen y
Efeso, serpenteaba un río que hacía innumerables meandros.
La casa de María era
cuadrada; la parte posterior se terminaba en redondo o en ángulo; las
ventanas
estaban hechas a una gran altura; el tejado era plano. Estaba separada en
dos partes por el hogar que se situaba en medio. Se encendía el fuego
frente a la puerta, en la excavación de un muro, terminado por los dos
lados por una especie de escalones que se elevaban hasta el tejado de la
casa. En el centro de este muro, corría, a partir del hogar hasta arriba,
una excavación semejante a un medio cañón de chimenea, donde el humo
subía y se escapaba después por una apertura practicada en el tejado.
Encima de esta apertura, vi y tubo de cobre oblicuo que sobrepasaba el
tejado.
Esta parte anterior
de la casa estaba separada de la parte que estaba tras el hogar por
cortinas ligeras en encañado. En esta parte, cuyos muros estaban bastante
groseramente construidos y un poco ennegrecidos por el humo, vi a los dos
lados pequeñas celdas formadas por tabiques hechos de ramas entrelazadas
(cuando se quería hacer una gran habitación, se deshacían estos
tabiques que eran poco elevados y se los ponía a un lado. Era en esas
celdas en cuestión donde dormían la sierva de María y otras mujeres que
le visitaban.
A derecha y a
izquierda del hogar, pequeñas puertas conducían a la parte posterior de
la casa, que estaba poco iluminada, terminada circularmente o en ángulo,
estaba muy limpia y agradablemente dispuesta. Todos los muros estaban
revestidos de madera, y el techo formaba una bóveda. Las vigas que la
sostenían, unidas entre ellas por otros solivos y recubiertas de follaje,
tenían una apariencia simple y decente.
La extremidad de esta
pieza, separada del resto por una cortina, formaba la habitación de
dormir de María. En el centro de la pared se encontraba, en un nicho, una
especie de tabernáculo que se hacía girar sobre si mismo por medio de un
cordón, según se quisiera abrir o cerrar. Había una cruz de la largura
aproximada de un brazo, con la forma de una Y, así he visto yo siempre la
cruz de Nuestro señor Jesucristo. No tenía ornamentos particulares, y a
penas estaba entallada, como las cruces que vienen hoy en día de Tierra
Santa. Creo que san Juan y María la habían dispuesto ellos mismos. Ella
estaba hecha de diferentes especies de madera. Se me dijo que el tronco,
de color blanquecino era ciprés; uno de los brazos, de color oscuro, en
cedro; el otro brazo tirando a amarillo, en palmera; finalmente, la
extremidad, con la tablilla, en madera de olivo amarilla y pulida. La cruz
estaba plantada en un soporte de tierra o en piedra, como la cruz de Jesús
en la roca del Calvario. A sus pies se encontraba un escrito en pergamino
donde estaba escrito algo: eran, creo yo, palabras de Nuestro Señor.
Sobre la cruz misma, estaba la imagen del Salvador, trazada simplemente
con líneas de color oscuro, con el fin de que se la pudiera distinguir
bien. Tuve también conocimiento de las meditaciones de María sobre las
diferentes especies de madera de la cual estaba hecha esta cruz.
Desgraciadamente, he olvidado estas bellas explicaciones. No se tampoco si
la cruz de Cristo estaba realmente hecha de estas diversas especies de
madera; o se esta cruz de María había sido hecha así para proveer un
alimento a la meditación. Estaba situada entre dos vasos llenos de flores
naturales.
Vi también un paño
posado cerca de la cruz, y tuve la sensación de que era aquel con el que
la Virgen, tras el descendimiento de la cruz, había limpiado la sangre
que cubría el sagrado cuerpo del Salvador. Tuve esta impresión, porque a
la vista de ese paño, este acto de santo amor maternal me fue presentado
ante mis ojos. Sentí, al mismo tiempo, que era como el paño con el que
los sacerdotes purifican el cáliz cuando han bebido la sangre del
Redentor en el santo sacrificio; María, limpiando las heridas de su Hijo,
me pareció que hacía algo semejante; y, por lo demás, en esta
circunstancia ella había tomado y plegado de la misma manera el paño con
el que se servía. Tuve la misma impresión viendo este paño cerca de la
cruz.
A la derecha de este
oratorio, estaba la celda donde reposaba la santa Virgen y, frente a esta,
a la izquierda del oratorio, otro pequeño reducto donde estaban
dispuestos sus vestidos y sus enseres. De una a otra de las celdas, se había
extendido una cortina que ocultaba el oratorio situado entre ellas. Era
ante esta cortina donde María tenía la costumbre de sentarse cuando leía
o trabajaba.
La
celda de la santa Virgen se apoyaba por detrás en un muro recubierto de
un tapiz; los tabiques laterales eran de encañado ligero, que semejaba a
una obra de marquetería. En medio del tabique anterior, que estaba
cubierto de una tapicería, se encontraba una puerta liviana, con dos
batientes, que se abrían hacia el interior. El techo de esta celda era
también un encañado que formaba como una bóveda en el centro de la cual
se hallaba suspendida un lámpara con varios brazos. La cama de María era
una especie de cofre vacío, de un pie y medio de altura, de la largura y
anchura de una cama ordinaria de pequeñas dimensiones. Los lados estaban
cubiertos de telas que descendían hasta el suelo y que estaban bordadas
con franjas y borlas. Un cojín redondo servía de almohada, y un paño
marrón con cuadros de cubierta. La casita estaba al lado de un bosque y
rodeada de árboles con forma piramidal. Era un lugar solitario y
tranquilo. Los habitáculos de otras familias se encontraban a alguna
distancia. Estaban dispersados y formaban como un pueblo.
La santa Virgen vivía sola con un persona más joven, que la servía y
que iba a encontrar los pocos alimentos que les eran necesarios. Ellas dos
vivían en el silencio y en la paz profunda. No había hombres en la casa.
A menudo, un discípulo de viaje venía a visitarlas.
Vi frecuentemente
entrar y salir a un hombre que siempre he creído que se trataba de san
Juan; pero ni en Jerusalén ni aquí, él no estaba durante mucho tiempo
entre esas personas. El iba y venía. Se vestía de distinta manera que
cuando vivía Jesús. Llevaba una túnica con largos pliegues, de un
tejido ligero de un color blanco grisáceo. Era muy esbelto y muy ágil,
tenía una bella figura alta y delgada; su cabeza iba desnuda, y su largo
cabello rubio caía tras las orejas. Por comparación con los otros apóstoles,
tenía algo de femenino y de virginal.
Vi a María, en los
últimos tiempos de su vida, cada vez más silenciosa y más recogida; ya
casi no tomaba alimento. Parecía que solo su cuerpo estuviera sobre la
tierra, y que su espíritu estuviera habitualmente fuera. En las semanas
que precedieron a su fin, la vi débil y envejecida; su sirvienta la
sostenía y la conducía en la casa ...»
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Ana
Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 de familia muy pobre, se
hizo monja de la Orden Agustina en Dulmen; tuvo una vida de continuas
enfermedades agravadas al quedarse inválida por un accidente. Tenía el
uso de razón desde su nacimiento y podía entender latín litúrgico
desde la primera vez que fue a Misa. Durante los últimos 12 años de su
vida, no podría comer ningún tipo de comida excepto la sagrada comunión,
ni tomar cualquier bebida excepto agua, subsistiendo completamente por la
Santa Eucaristía. Desde 1802 hasta su muerte, tuvo las heridas de la
Corona de Espinas, y de 1812, todos los estigmas de Nuestro Señor,
incluso una cruz encima de su corazón y la herida de la lanza. En los últimos
años de su vida, hasta su muerte en 1824, recibió las visiones de la
vida de Cristo, de la Virgen María y de la vida después de la muerte, así
como otras videncias de sucesos que acontecerían tiempo después como el
Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, etc. Con sus visiones en la mano
descubrió Reynolds los restos de la ciudad de Ur de Caldea, y la recién
descubierta morada de la Virgen en Efeso resultó ser también tal como
ella la había descrito. Del mismo modo se descubrieron en 1981 los
pasadizos bajo el Templo de Jerusalén, que Ana vio al contemplar el
misterio de la lnmaculada Concepción de María, dogma que no sería
proclamado por la Iglesia hasta treinta años después de la muerte de
esta vidente. Ana Catalina Emmerich supo por Nuestro Señor que su regalo
de visión del pasado, presente, y el futuro en visión mística era mayor
que el poseído por nadie más en historia.
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