María
al pie de la cruz
Por Pbro. Dr. Enrique Cases
En
medio de la tiniebla hay un consuelo. Al pie de la cruz está su
Madre, alentando y consolando al Hijo como sólo ella puede
hacerlo. Es una luz en aquel momento terrible. No sabemos cómo
consigue que le dejen acercarse a su Hijo; posiblemente sea a
causa de la compasión del centurión. Al principio, llueven también
sobre ella los insultos dirigidos a su Hijo; pero no retrocede. La
acompaña Juan, el primer discípulo, el apóstol amado, el más
fiel, el que más ha sabido rezar y comprender al Maestro.
Tener a Juan es un consuelo para María. Juntos han seguido a la
triste comitiva por el camino del Gólgota. Juan guía a María,
aunque es él quien se apoya en la firmísima decisión de ella
para apoyar en lo que esté en su mano a Jesús en su Sacrificio.
En la oscura soledad de la Pasión, María ofrece a su Hijo un bálsamo
de ternura, de comprensión, de afecto y de fe.
María agradece a Juan su presencia en aquellos momentos y
permanecen unidos en ese trance de dolor y de oración. La
conversión de uno de los ladrones es un destello de consuelo, y
también para María y Juan.
Entonces el Señor dirige su tercera palabra a estos testigos
silenciosos, María y Juan, que le observan con dolorosa atención.
Jesús mira a la Madre, y dice entrecortadamente: "Mujer, he
aquí a tu hijo"(Jn). No la llama Madre, como si fuese el
grito de dolor de un hijo, sino que la llama: "Mujer".
Jesús piensa en la primera mujer a través de la cual entró el
pecado y la muerte en el mundo. María será la mujer nueva
portadora de la promesa divina de la victoria en la lucha terrible
contra el mal. Jesús le encomienda la nueva misión de extender
su maternidad a todos los hombres representados por Juan.
En el momento oportuno, cuando Jesús llega a su máxima entrega,
María está a la altura del Amor de su Hijo y se entrega
plenamente a la bondadosa voluntad de Dios sobre los hombres, y
por eso se le encarga la maternidad de todos los hombres: Esta
nueva maternidad de María, engendrada por la fe, es fruto del
nuevo amor que maduró en ella definitivamente al pie de la cruz,
por medio de su participación en el amor redentor de su Hijo.
Este es
el gran legado que Cristo concede desde la Cruz a la humanidad. Es
como una segunda Anunciación para María. Hace treinta y tres años
un ángel la invitó a entrar en los planes salvadores de Dios.
Ahora, no ya un ángel, sino su propio Hijo, le anuncia una tarea
nueva: recibir como hijos de su alma a los causantes del asesinato
de su primogénito.
Y Ella aceptó, desde el principio, todo lo que Dios quisiese; su
entrega era total desde el comienzo. La primera mujer fue infiel a
Dios, porque prefirió su juicio a la sabiduría de Dios. Ahora se
le va a pedir a María que venza una prueba enorme: se le pide que
no se rebele contra el Padre por llamar a la muerte y al
sacrificio al Hijo, que también es Hijo suyo. Se le pide que vaya
más allá del amor natural y sobrenatural del Hijo para querer
como el Padre y el Hijo están queriendo en aquellos momentos. Y,
para eso, hace falta mucha fe en Dios y un amor que esté
purificado plenamente. María vuelve a estar a la altura del
momento.
Entonces se escuchó la palabra dirigida por Jesús a Juan:
"He aquí a tu madre"(Jn). Jesús mira al único que ha
sabido ser fiel. Es un hijo y se lo entrega a su Madre. Bien sabe
el Señor los cuidados que necesita un recién nacido para
madurar, y Juan era un primer fruto de la Cruz redentora.
Juan la tomó como suya (Jn), la acogió como madre, se dejó
cuidar como hijo. La pena que Juan sentía se alivió algo
sabiendo que podía cumplir un deseo del Maestro.
Juan fue elegido porque estaba allí. Jesús no podía ni llamar a
nadie, ni señalar a nadie: sólo mirar a quién tenía delante y,
mirando, vio al que siempre estaba donde debía; le pidió un
favor, algo que tiene mucha más fuerza que un mandato cuando hay
amor por medio. Juan acepta el deseo que es un mandato.
María es la Mujer por excelencia, ya que -en ella- la naturaleza
humana no ha sido deformada por el pecado. Pero también es la
Madre por excelencia.
María Madre de Dios,"Madre de Cristo, Madre de los hombres.
Sólo Jesús sabe lo que hay en el corazón de su madre, por eso
la llama mujer, no María o mamá. Jesús sabe que comienza una
nueva época para la humanidad, pero sabe que el pecado entró por
una mujer en el mundo, la madre de los vivientes. Ahora María será
la nueva Mujer, la nueva Eva que traerá desde su maternidad la
nueva vida al mundo. Su nueva maternidad le agranda el corazón
hasta límites insospechados. Jesús entrega a su Madre como Madre
de todos los vivientes, especialmente de los que serán hijos de
Dios por la gracia.
Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales
universitarias
pedidos a eunsa@cin.es
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