Reflexión
al Mensaje del 25 de febrero de 2004
EL LLANTO DE JESUS, EL DE LA VIRGEN Y EL MIO
Jesús es Dios y hombre. El, como verdadero Dios enviado por el Padre,
asumió nuestro destino humano y se convirtió en todo similar a nosotros
excepto en el pecado.
Jesús, como también su Madre María, sintió toda la amargura de este
mundo. La espada del dolor penetró también sus corazones. También ellos
estuvieron tristes, llorosos, fueron incomprendidos, perseguidos, se
burlaron de ellos. No se los trató con alguna consideración, no tuvieron
privilegios. En verdad ellos están aquí para dar ventajas y privilegios
a otros. Jesús lloró varias veces. El no escondió sus lágrimas. Lloró
por las tragedias de otros, lloró enfrentado a la dureza de los corazones
humanos, lloró en soledad meditando acerca de la voluntad del Padre en su
vida. Con Jesús derramó también lágrimas la Virgen, y más aún bajo
la cruz cuando en sus manos sostuvo a su Hijo muerto.
¿Cuánto y cómo nosotros lloramos? ¿Es nuestro llanto en verdad un
clamor por una vida mejor y más santa o lloramos por deseos, planes,
carreras personales no realizadas.? En el tiempo de penitencia,
especialmente en Cuaresma, hay que constatar las causas de nuestras lágrimas
y tristezas. Jesús no lloró por sí mismo, sino por mí y por ti. La
Virgen no lloró ni se entristeció para llamar la atención sobre su
familia, sino a fin de que sus lágrimas estimularan a otros a llegar a
Jesús. Jesús y la Virgen se apenan y lloran cuando los hijos no
encuentran el camino de gracia que el Cielo ofrece.
El peregrino de la Virgen en Medjugorje llora y expía sus pecados, llora
por no ser aceptado en el matrimonio o en la familia. Muchos en los
confesionarios, lloran porque sienten que están lejos de aquello que
puede ser y es su consuelo y esperanza. Eso es bueno. Es bueno que el
hombre rasgue su corazón y no sus vestiduras. Es bueno que la conciencia
arranque lágrimas y desahoguemos todo lo que nos asfixia y hunde. Ese
llanto no es desesperación - lejos de eso - es un llanto que abre la
puerta a Jesús. Ese llanto es una alegre canción regada con las lágrimas
de la gracia de Dios.
Que nuestro llanto en este tiempo surja por las almas que no saben llorar.
En nuestro rostro, con lágrimas llenas de la oración, borramos también
las culpas ajenas. El cristiano es responsable del mundo. Cada uno de
nosotros ha sido llamado a clamar por aquellos que no lo hacen o por
aquellos que no han recibido ese don. La Virgen se siente alegre cuando
nos encontramos en el camino que Jesús hizo transitable. Convirtámonos
totalmente en hijos de la Virgen e íntimos de Jesús porque Ella nos
llama a eso a través de sus apariciones.
Fr. Mario Knezovic
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