Reflexión
al Mensaje del 25 de setiembre de 2002
A
TRAVÉS DE VOSOTROS LA PAZ SE DERRAMARA TAMBIÉN EN EL MUNDO
Y en este último mensaje la Bienaventurada Virgen María nos habla de que
camina con nosotros, sin cesar de invitar y llamar los corazones humanos y
las almas a volver a Dios, la fuente de la vida. Casi todos los mensajes
de la Virgen comienzan con un llamado a la oración, a una conversación
con Dios. La oración no es una fórmula mágica para solucionar problemas
personales, familiares o mundiales. Es un llamado a una relación en amor
con Dios. La oración nos acerca a Dios. La oración tiene el propósito
de que nuestros corazones se hagan humildes y dependientes de Dios. El
hombre por naturaleza tiende a la autonomía y a la independencia, y Jesús
nos dice: "..., porque separados de mí, nada podéis hacer." (Jn
15,5b). Sólo cuando a través de la oración nos hemos convertido en
amigos de Dios, cuando nos hemos acercado a El, entonces El nos puede dar
todo. El fruto de esa cercanía es la paz de la cual la Virgen habla en
este mensaje. Dios no quiere darnos migajas o una parte de El sino que se
nos da completamente. También nosotros debemos primeramente buscar el
encuentro con El, antes de pedir algo de El. Sólo cuando hemos encontrado
a Dios, entonces tenemos todo: la alegría, la paz, la salud, la vida. Es
cuando todas las tragedias, padecimientos, cruces y enfermedades no son ya
tan horribles ni terribles, sino que con Dios todo se llena de sentido.
La Virgen habla de un tiempo de inquietud. El tiempo de inquietud nace en
los corazones humanos inquietos en los cuales Dios no está presente.
Estamos conscientes de que reina demasiada inquietud en nosotros y en
torno de nosotros para estar en condiciones de creer fácilmente en las
palabras de Jesús: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy
como el mundo la da" (Jn 14,27).
"Sólo cuando el alma encuentra paz en Dios, se siente satisfecha, y
el amor comenzará a derramarse en el mundo" - nos dice la Madre María.
La Madre Teresa acostumbraba decir: "Las obras de amor son obras de
paz". El amor crea la paz. Hay mucha inquietud porque no hay amor. Y
Dios es amor. Dios es necesario para el corazón humano, para la familia y
para este mundo como la tierra seca necesita de la lluvia.
Nadie como la Madre de Dios amó a Jesús. Por eso, Ella es la única que
conoce la mejor manera de amarlo. Ella no lo conservó de manera egoísta
para sí, sino que lo llevó a su prima Isabel. Y cada uno de nosotros,
cuando recibimos a Jesús en la Santa Comunión, es llamado a llevarlo a
sus seres queridos, a aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino.
Conservar a Jesús para sí, significa perderlo. En este caso no son
necesarias grandes cosas y obras, ni milagros y curaciones sensacionales.
La Madre de Dios no fue grande por algunas obras humanas y milagros, sino
que llegó a ser grande porque permitió a Dios, que El en Ella y por
medio de Ella, realizara Su voluntad. Ella se vació completamente a fin
de que Dios pudiera morar completamente en Ella. Ella renunció a su
voluntad y deseos para que la voluntad y los deseos de Dios pudieran
realizarse en Ella, y a través de Ella, se realizaran en nosotros y en
este mundo. Si deseamos amor, si deseamos a Dios, entonces nos encontramos
ante un camino de sacrificio, un camino estrecho y empinado que conduce a
la vida. Tal como Dios en Su Hijo Jesús nos ha dado todo, así también
de nosotros no nos pide solamente un poco: un poco de oración, de ayuno,
de tiempo, de sacrificio, sino que nos pide a nosotros mismos. Nuestro
Dios es un Dios exigente como la Madre María es aquí exigente. Ella es
exigente con nosotros porque nos ama, porque somos importantes para Ella.
Es mucho más fácil no aceptar sus mensajes, pero no es mejor. La Madre
María viene a visitarnos hoy, a ti y a mí, para decirnos que este mundo
no está hambriento de riquezas ni de dinero, sino de amor, es decir, de
Dios. Hay tantos ricos que son verdaderamente pobres de corazón.
La Virgen ha venido a este lugar trayendo la riqueza abundante de Su Corazón,
para darnos esa riqueza. Seamos los primeros en comenzar a seguir su voz
maternal, no esperando que otros empiecen a hacerlo, porque sucederá
entonces que nunca comenzaremos.
Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.09.2002
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