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TIEMPO Y ETERNIDAD INDICE Introducción
Contra
el pensamiento retrógrado Contra
las preocupaciones y la depresión La
maldad o bondad de las personas
SEGUNDA
PARTE: EN LUCHA CONTRA LA LOCURA
Introducción
«Dichoso
es aquel que medita la sabiduría y
discurre con inteligencia, quien
estudia sus caminos en su corazón, y
se aplica a sus secretos. Sale
en pos de ella como el cazador, y
la acecha en su ruta; Dichoso
el que se asoma por su ventana, y
está a la escucha en su puerta. El
que se hospeda junto a su casa, que
clava su arnés en su pared, y
despliega su tienda a su lado, y
habita en su dulce morada. Pone
sus hijos bajo su amparo y
bajo sus ramas descansa. Así
hará el que teme al Señor, y
quien abraza la ley alcanza la sabiduría. La
sabiduría le esperará como una madre, y
le recibirá como una esposa. Ella
le dará a comer el pan del entendimiento, y
beberá el cáliz de la sabiduría. Se
apoyará en ella y no vacilará. Se
confiará en ella y no será confundido. Hallará
en ella gozo y corona de alegría, y
heredará nombre eterno». (Eclo.
14, 20-27. 15, 1-6) La
sabiduría es lo que tenemos cuando elegimos lo mejor entre varias opciones.
Lo contrario es la ignorancia, o aquello que tenemos cuando entre varias
opciones no escogemos lo más adecuado. Pero el que no es ignorante, y aún
así escoge lo peor, entonces es que está loco... Las
guerras de religión
Un
amigo mío me comentaba recientemente al hablar de guerras como las de los
Balcanes o Afganistán, que la causa de todas los conflictos estriba en la
religión. La religión es, me decía, la fuente raíz de todas las guerras.
Es
fácil constatar que este pensamiento le tiene mucha gente. Lamento
no haberle dado una contestación adecuada en ese momento. En cualquier
caso, propongo hacerlo ahora. La
afirmación de que la causa de todas las guerras es la religión, es una
afirmación gratuita. Pues si bien, muchos conflictos tienen un componente
religioso-xenófobo, no hemos de generalizar de esa manera, pues hay y ha
habido muchas guerras cuyo principal componente era y es de índole económico,
como la guerra del Golfo Pérsico entre Estados Unidos e Irak, o las guerras
expansionistas de las potencias de turno. Pero
restringiéndonos a aquellas contiendas en las que la religión es uno (o el
único) componente de la causa raíz, no podemos tampoco decir como yo creo
que pretendía decir mi amigo, que si las religiones se extirparan de la faz
de la tierra no habría conflictos. Como
digo, es una afirmación gratuita e ingenua, que no se la creería ni un niño. Pero
es que es precisamente la falta de religión lo que hace a las personas
entrar en guerra. ¿Quién duda de que si toda la humanidad fuera creyente,
creyente de verdad, donde todos los hombres se considerasen hermanos, donde
cada persona viera en el otro a su prójimo, quien duda digo, de que en esa
utópica sociedad no habría guerras? Lamentablemente
la religiosidad no está esparcida uniformemente por el corazón de los
hombres. Pero
ese no es motivo para eliminarla. Si nos encontrásemos una joya inacabada
por el joyero, ¿la tiraríamos sólo por que no está completa? Es como si
estamos en una ciudad donde el sistema de suministro de agua y cañerías
está en mal estado y se producen frecuentes inundaciones. A nadie se le
ocurriría, para evitar las anegaciones el cortar el suministro de agua en
la ciudad, de forma que cada vecino se fuera a coger el agua al río. Por el
contrario, se intentaría reparar o sustituir el entramado de tuberías y
conducciones, de forma que ya no hubiera más problemas. La
religión es necesaria para saciar la inquietud del hombre por lo
sobrenatural. Es algo intrínseco a la naturaleza humana, y no puede ni debe
ser eliminado. Pero
en lo que todos estamos de acuerdo es en que no es lícito utilizar la
religión como pretexto de la violencia. Se equivocan aquellos que invocando
un determinado precepto religioso infringen daño a otras personas. Si hay
algo común en todas las religiones de la tierra es la idea del bien, como
finalidad. Y nunca el bien se puede conseguir a través del mal. Pues como
bien se sabe, la violencia sólo engendra violencia. Todas
las creencias que en su seno albergan focos de fundamentalismo agresivo han
de trabajar intensamente para erradicarlo, y concentrarse en lo que
realmente es su verdadero fin: la búsqueda de lo trascendental a través de
la oración, de la meditación y de la PAZ. Esta
es la actitud más razonable para afrontar el problema de las guerras de
religión. Fe
y razón
No
es mi intención entrar aquí en el antiguo debate escolástico sobre la
preeminencia de la fe o de la razón. Sólo
añadiré algunos apuntes, como lo que alguien respondió cuando le
preguntaron ¿Qué es la fe? Pues la fe es la actitud más razonable para
aquello que está más allá de la razón. Sin
embargo, no hemos de separar la razón de la fe, sino descubrir más bien,
que son complementarias. En
efecto, la razón nos sirve para demostrar con el peso de la lógica y de la
certeza, lo que la fe nos enseña. Por
ejemplo, si la razón me dice, a través de argumentos convincentes que la
suma felicidad consiste en amar a Dios y al prójimo, debo estar loco (haber
perdido la razón) si no me dedico a ello en cuerpo y alma. Uno
de los campos en que la razón auxilia de forma contundente a la fe, es en
el tema de las supersticiones. El
verdadero cristiano ha de permanecer al margen de toda superchería, y ahí
es donde debe echar mano de la razón. Mucha
gente cree que pasar bajo una escalera trae mala suerte; o romper un espejo,
o derramar no sé si el aceite o la sal, o pasar delante de un gato negro, o
todo eso del número trece, etc. Quizá no lo crean del todo, pero no lo
hacen «por si acaso». Creen que existe una fuerza maligna e invisible que
se desencadena tras ejecutar el acto que se supone trae mala suerte y que
traerá consecuencias negativas sobre ellos. Sin
embargo, aunque esta fuerza existiese, ¿Sería acaso más poderosa que
Dios? ¿Sería acaso más poderosa que Jesucristo nuestro Señor, Hijo Unigénito
de Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo
visible y lo invisible? Y
puesto que tú eres hijo de Dios y hermano de Jesucristo que te compró con
su sangre, ¿Qué puedes temer, teniendo semejantes protectores? ¿Quién se
atreverá contra ti? ¿Tiene sentido temer la picadura del escorpión cuando
se camina con botas de acero? Ni
el demonio mismo con todo su poder te podrá tocar siquiera un pelo de la
cabeza si Dios no lo quiere. Quedan
pues, abolidas las supersticiones. El
pecado
La
palabra pecado produce risa en el indiferente. Para el cristiano de
supermercado, este término no está en su diccionario particular. No es un
producto que hayan echado en su cesta de la compra. Su orgullo en muchos
casos o su autosuficiencia en otros puede más que todo eso. Ahora se habla
de conveniencia. «No hago esto porque no es conveniente, no hago aquello
porque no es adecuado...» Pero la palabra pecado no se usa. Ni siquiera los
cristianos medianamente serios se atreven a decir ante un grupo de
indiferentes que se comete pecado haciendo esto ó aquello. Temen la mofa,
la burla, el escarnio, que se les considere ignorantes, infantiles,
inferiores... o locos. Según
Jesucristo, las ordenanzas de Dios se resumen en dos: amarás a Dios sobre
todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo (Lc 10, 27). Todo pecado es
una ofensa a este principio. Es primar el egoísmo sobre el amor; es
anteponer el yo al tú, y por tanto causa de infelicidad, como se demostró
al principio. El
pecador es pues un egoísta que busca sólo su satisfacción personal en
lugar de buscar la de Dios o la del prójimo. No
quiero enumerar aquí de qué forma se ofende a Dios o al prójimo con cada
acción u omisión que hacemos. Hay mucha gente que piensa que todo lo que
no compromete el bienestar ajeno no es un pecado; se olvidan de los actos de
omisión y de los pecados contra uno mismo. La gula, la lujuria o los
excesos, además de formar parte de la cotidianidad, son muchas veces el
sustituto de Dios a la hora de buscar consuelo. Pero
no olvidemos que el hombre no es feliz si no le da sentido a la vida, un
sentido religioso que supone una total entrega a Dios (en la medida de
nuestras capacidades y debilidades), mediante el desprendimiento del lastre
que nos impide ir a su paso y que nos esclaviza. Pues
no hay mayor esclavitud que la del pecado. La
gente piensa al contrario, creen que la sujeción a los mandamientos nos
hace esclavos de ellos. Pero en realidad son la fuerza liberadora que nos
desata del pecado. En
efecto, el pecador sin ley no tiene ideas propias, está mediatizado y
alienado. El individuo es esclavo de sus propios vicios, que mandan sobre él
y a quienes honra y se postra. La
ley de Dios le llega como liberación, como el instrumento mediante el cual
recobra su libertad, y cuyos mandamientos se definen como garantes del éxito,
como afianzadores de la voluntad, que la fortalecen y le impiden volver a
sujetarse al yugo de la esclavitud. Un
pecado cometido por debilidad, por pura debilidad humana, es fácilmente
perdonable. Un pecado o una forma de vida o de pensar pecaminosa que
proviene de la autosuficiencia y del rechazo al primer mandamiento, no lo es
tanto, pues se necesita no ya un arrepentimiento, sino más bien toda una
conversión de la persona, un «cambio de chip». Dios
es infinitamente bueno y misericordioso. Jesús padeció un infierno de
calamidades, de desdichas y de humillaciones por amor a nosotros. Se dejó
matar «sólo» para librarnos del pecado. Este
comportamiento de Jesús, dejándose crucificar por nosotros demuestra dos
cosas. La primera es la suma gravedad del pecado. Algo que necesita que todo
un Dios realice semejante acto, ha de ser lógicamente algo muy serio. Pues
si Dios se deja matar por algo como el pecado, ¿no será entonces esto,
algo abominable? La
segunda demostración, es una vez más el amor infinito que nos tiene. Pues
de la misma forma que una madre no duda en irse al fin del mundo y de
jugarse la vida para encontrar un remedio para la enfermedad de su hijo,
tampoco Dios escatimó esfuerzos para librarnos a nosotros, a sus hijos, del
pecado. Por
el bautismo nacemos blancos e inmaculados, sin pecado para afrontar la vida.
Y pecando estamos volviendo a crucificar al Señor. Pero
la grandeza de nuestra religión es que Él siempre está ahí, dispuesto a
perdonarte. Aunque le hayas escupido a la cara y pisoteado su cuerpo, Él
llorará de alegría cuando tu corazón contrito y humillado implore su perdón.
Pero es necesario dar ese paso. ¡Y qué lejos de darlo está mucha gente! Sobre
la confesión
«¿Pero
por qué tiene que servirse Dios de un hombre para perdonarme? ¿Por qué no
me puedo yo comunicar con Él directamente y pedirle perdón?». El
sacramento de la reconciliación es el menos frecuentado de todos, aún por
los cristianos medianamente serios. El
sentimiento de pudor y de vergüenza, la sensación de desnudez en nuestra más
profunda intimidad, el rebajarse de manera tan servil ante quien muchas
veces no goza de nuestro aprecio o de nuestra confianza, hace, en suma, que
el hombre actual huya de los confesionarios como el medieval huía de la
peste. «Yo
me confieso con Dios» se suele decir. Y efectivamente, con Dios te
confiesas, pues quien está dentro del confesionario no es otro que
Jesucristo nuestro Señor que aplica los méritos de su redención para
perdonarte a ti los pecados. Sí,
es Jesús quien está en el confesionario, así lo debes creer, y confesarte
como si estuvieras a punto de exhalar tu último suspiro. Porque
verdaderamente, Cristo instituyó este sacramento y se lo encomendó a los
apóstoles por pura iniciativa suya. «A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan
20,23). Los
obispos, como sucesores de los apóstoles, y los sacerdotes en delegación
suya tienen la misión de ejercer este ministerio. Y para perdonar o retener
los pecados, es necesario conocerlos primero. No vale por tanto la absolución
general, como muchos quisieran, y el motivo es el siguiente: El
pecado es la enfermedad del alma, y el sacerdote es el médico. Igual que a
los pacientes de una sala de espera no les gustaría que saliera el médico
y les diera a todos la misma medicina, sino que les atendiera en privado,
personalizadamente, administrándole a cada uno lo que precisara, pues
igualmente digo ha de ocurrir en el sacramento de la reconciliación. Por
otra parte, la inconveniencia extrema que supone la confesión, como ya se
escenificó anteriormente, ejerce muchas veces de disuasivo para el pecado,
so pena de manchar la conciencia. En
cualquier caso, no es tan fiero el león como lo pintan y ni los sacerdotes
son unos curiosos ni unos chismosos, ni están ávidos de conocer asuntos íntimos.
Por el contrario, están ya acostumbrados a todo tipo de confesiones, pues
las han oído de todas las formas y colores. Y seguramente tu confesión no
tendrá comparación con otras que hayan oído, probablemente más «espeluznantes». Además
la sensación de sosiego y tranquilidad con que abandonamos el
confesionario, nos hace olvidar las reticencias con las que entramos en él. Pero
aún así, mucha gente sigue objetando y dice «¡Pero es que a ese señor
no le importa lo que yo haya hecho o dejado de hacer!» Pues bien, a él
quizá no, pero a Dios sí, y sólo te escuchará si se lo dices por medio
del sacerdote, que por otra parte te aconsejará y orientará sabia y
prudentemente. No
hay que olvidar que el pecado es la enfermedad del alma, y si el alma está
enferma con pecado mortal, y nos acaece la muerte sin confesarnos, corremos
el grave riesgo de nuestra perdición eterna. Y esto no es ninguna tontería.
Ya
dice Jesús en el Evangelio que estemos preparados y vigilantes, ya que no
sabemos cuando, pero lo cierto es que hemos de morir. Igual que uno no
duerme en toda la noche si sabe que un ladrón va a entrar en su casa, y no
sabe la hora, (Lc 12, 37-40 y 1Tes 5, 2), tampoco nosotros nos hemos de
confiar y pensar que la muerte está aún lejos. Cuando
una persona tiene una enfermedad mortal, ¿acaso no recorre el mundo entero
si hace falta en busca del remedio que le sane? ¿acaso no gasta toda su
fortuna si es necesario en librarse de su mal? ¿Le da acaso miedo o vergüenza
relatarle al médico todos los pormenores de su enfermedad y de sus síntomas,
si se está jugando la vida? ¿Pues entonces qué? ¿Acaso no es
infinitamente más importante para un cristiano el alma que el cuerpo? ¿No
son pues infinitamente peores las consecuencias de perder el alma que las de
perder el cuerpo? Además
se da la paradoja de que para obtener un bien tan enorme como es el perdón
de los pecados, no hace falta irse al fin del mundo. ¡En realidad está al
alcance de la mano, al lado de casa! A la vuelta de la esquina tenemos una
parroquia donde nos está esperando Jesús. Tan sólo con ir andando unas
calles, y en unos minutos, obtendremos la sanación completa, y sin efectos
colaterales, que nos garantiza un billete de entrada en el paraíso.
Solamente es preciso que le cuentes con sinceridad tus fallos y que no
desees volver a cometerlos ¡Es tan fácil! ¡Cómo no valorar un bien tan
inmenso! ¡Cómo menospreciar semejante regalo de la Providencia! Anda,
corre y ve sin demora al encuentro y la reconciliación con el Padre, pues
te está esperando desde hace tiempo con los brazos abiertos. La
clausura
Mucha
gente piensa que los monjes (y monjas) de clausura están locos. Que
recluirse de una manera tan absurda no es de estar bien de la cabeza. Los más
benévolos, afirman que es mejor estar ayudando a los necesitados «in situ»,
y no simplemente rezando por ellos. Creen que esto es mejor que permanecer
entre cuatro paredes, «donde no hacen bien a nadie». La
gente que afirma esto, olvida como siempre, que hay algo más allá de esta
dimensión. Se circunscriben, como siempre, al plano físico, donde no hay
nada más que lo que ven. No quieren admitir el ámbito trascendental, esa
dimensión sobrenatural que está por encima de nosotros, y a la que todos
tendemos, querámoslo o no. Y
es que realmente debiéramos pensar que los locos somos nosotros por no
estar con esos hombres y mujeres que han puesto su vida incondicionalmente
al servicio de Aquel que está por encima de nosotros, de aquello que es lo
más grande. Pues
efectivamente, si mi razón y los argumentos que uso para discernir lo
verdadero de lo falso, me dicen que existe Dios, y que existe en una forma y
condiciones específicas, y me dicen igualmente que los años de esta vida
son simplemente una gotita de agua en comparación con el mar de la
eternidad en el que me sumergiré en presencia del Altísimo, ¿qué hago
todavía que no estoy corriendo a abrazar una vida dedicada a Dios? ¿Y que
mejor forma de dedicársela que ofreciéndosela en exclusiva, sin apego a
nada ni a nadie sino sólo a Dios en plenitud? Donde
no hay nada material a lo que poder aferrarse, donde los placeres terrenales
no existen, donde las condiciones de vida son austeras (sin rayar en
aberraciones que hoy por hoy ya no existen), allí es en suma donde más
conecta el alma con ese Ser trascendente que está sobre nosotros, con esa
dimensión escatológica a la que todos desembocaremos más pronto que
tarde. Es
decir, olvidándome de lo visible, percibo lo invisible. La
soledad de los monjes más austeros como los cartujos, es sólo aparente,
pues ¿qué mejor compañía se puede tener que la de Dios? Y para conseguir
esa intimidad es preciso el alejamiento de los otros seres. Estando con Dios
no existe la soledad, y al igual que con un amigo, se pueden desplegar todas
las afinidades. Se está con la suma bondad, a quien se puede amar. Con la
suma omnipotencia, en quien se puede confiar. Con la soberana sabiduría,
con quien se puede conversar y discurrir; y con la infinita alegría, con
quien poder regocijarse infinitamente. Llegados
a este punto, muchos argumentarán que puede ser hasta cierto punto cómodo
para estos monjes recluirse en esta jaula de oro, donde das un portazo y te
olvidas del mundo sin querer saber nada de las miserias por las que pasa
gran parte de la humanidad. Dirán que más les valdría estar allí, en la
arena, sirviendo verdaderamente a Dios. Aquí
tenemos que echar mano del tema de los carismas. Y es que Dios no da a todos
los hombres las mismas facultades ni los mismos ánimos. Unas personas
tienen vocación y arte para unas cosas y otros para otras. Además, el que
diga que los monjes y monjas no hacen nada por el prójimo, se equivoca en
grado sumo, pues desestima el valor incalculable de la oración. Dios
no desoye las súplicas de esas personas consagradas a Él en cuerpo y alma,
sino que al contrario, las tiene en gran estima. No
en vano la Iglesia ha declarado co-patrona universal de las misiones
precisamente a una monja de clausura, Santa Teresita, al lado de la ingente
figura de San Francisco Javier, evangelizador de Asia. Incluso muchos han
llegado a escribir que Sta. Teresita hizo tanto o más en pos de la
evangelización del mundo, que San Francisco Javier en todos sus numerosos
viajes. La
oración
Así
pues, la oración nunca está de más, sino que por el contrario, es utilísima. Pero
mucha gente se queja amargamente de la inutilidad de la oración cuando ésta,
aparentemente, no es escuchada. Sin
embargo, la divina providencia de Dios nos asegura que nos concederá lo que
le pidamos y Él es todopoderoso para concedérnoslo. Entonces,
¿por qué a veces parece no escuchar nuestras súplicas? Para
hablar con Dios no es necesaria la retórica. Para rezar no hace falta
hablar bien, ni ser una persona cultivada. Basta con hacerse desde el corazón.
Y eso lo puede hacer desde un mendigo a un potentado. Dios
siempre escucha, aunque a veces nos parezca que no lo hace. Muchas veces no
nos concede lo que le pedimos, quizá por que no nos conviene. Un niño diabético
puede tener (a su juicio) razones muy justificadas para pedirle a su padre
un dulce de confitería, y también para quejarse amargamente cuando este último
se lo niega. Pero lo cierto es que sólo el padre sabe lo que le conviene
aunque el hijo no lo entienda. De
todas formas Jesús nos dijo: «Pedid y se os dará; buscad y encontraréis;
llamad y se os abrirá. Porque el que pide recibe; el que busca halla y al
que llama se le abre. ¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le pide
pan, le dará una piedra? Y si le pide un pez, ¿le dará en lugar de un pez
una serpiente? O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Pues si
vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto
más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?»
(Lc11 9-13). Lo
cierto es que a veces hemos de hacerlo con insistencia: «Si uno de vosotros
tiene un amigo y va a él a media noche y le dice, amigo, préstame tres
panes, pues un amigo mío ha venido de camino a mi casa y no tengo que
darle. No me molestes, dice el otro, la puerta está cerrada y yo y mis
hijos acostados; no puedo levantarme a dártelos. Pero yo os aseguro que si
no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su importunidad se
levantará y le dará cuanto necesite» (Lc11 5-8). Pero,
¿por qué tiene que ser así? ¿Por qué hay que insistir tanto? ¿Por qué
no nos concede nuestros deseos cuando se los pedimos la primera vez? Pues
sencillamente para movernos más en la oración y en la piedad, para crear
en nosotros un espíritu mayor de oración y de ahondamiento en la persona
de Dios, para estar más cerca de Él, para que no todo quede en una mera
superficialidad, en una mera formulación vocal. Para que haya una íntima
conexión divina entre Él y nosotros, que no se consigue sino por la vía
de la reiteración, y la continuidad en la oración, que a la postre nos
beneficia y nos hace más felices. ¿Y
si Dios no nos hace caso? En
una ocasión un confesor me habló de que su asesor espiritual en los
tiempos del seminario le dijo ante esta misma pregunta: «Dios no ayuda a
holgazanes». Y efectivamente es así. Siempre hemos de hacer todo lo que
podamos por nuestra parte, y después, solo después dejar actuar a Dios. Es
como una barca que tuviera dos remos. Uno sería el «ora», y otro el «labora».
La barca con un sólo remo nunca podría llegar a ninguna parte, sino que
daría vueltas y vueltas sobre sí misma. Pero la oración «con dos remos»,
es infalible. A
veces puede que no lleguemos al puerto que deseamos, pero que llegaremos a
un buen puerto, es seguro. Es
la convicción de que lo que pedimos nos conviene en aras de nuestra
felicidad presente, futura y eterna. Y la convicción también de que Él me
lo dará. «Pide con la seguridad de que ya te lo han concedido». Ya
sé que es difícil experimentar esta seguridad, sobre todo si se han tenido
situaciones de desaliento en el pasado, pero al menos intentémoslo.
Recordemos que la voluntad y la intención le vale a Dios mucho más que
nuestras consecuciones y logros. Aún
así, habrá ocasiones en que no tendremos respuestas como quisiéramos.
Muchas veces su negativa nos sirve como prueba para perseverar y fortalecer
la fe, como sucede en la enfermedad. Otras veces es simplemente dilación,
pues como padre, sabe perfectamente el momento idóneo para concedernos las
peticiones. Igual que el padre terreno no le dejaría al hijo hacer ciertas
cosas cuando es pequeño, que sí le consentiría cuando es mayor, también
Dios se hace esperar y nos concede las cosas en el momento más idóneo. ¡Cuantos
de nosotros hemos experimentado esta realidad divina! Puede
que nosotros veamos nuestra petición justa y buena y digna de toda concesión,
y sin embargo Dios nos desoye... También el niño diabético es desoído
por su padre. Me
diréis: Claro, es que el niño no sabe lo que hace, no es consciente de lo
que pide, sólo ve su pequeño mundo, y el padre ve más allá. Pues
claro, ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que pedimos? Nos parecerá que sí, pero,
¿acaso no ve más allá nuestro padre celestial? ¿Acaso no es Él más
apto, más listo, más maduro, más aventajado, más sabio infinitamente que
nosotros? Y
no pensemos que si Él nos niega las cosas lo hace fríamente,
calculadamente, pensando simplemente la mera conveniencia. No olvidemos que
Dios es amor, más que ninguna otra cosa. Y también padre, un padre tal,
que a su lado no merecen los otros padres el nombre de padres. Conformémonos
con la Voluntad de Dios. Tampoco Dios pareció oír a Jesús en la cruz,
hasta el punto que Éste dijo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?» (Mc 15,34). Pues ¿entonces qué?, ¿Merecemos acaso nosotros
mejor suerte que el Hijo unigénito de Dios Padre? ¿Hemos hecho más méritos
que Él? ¿Somos nosotros más importantes que Él para que nos escuche y se
avengue a nuestros deseos? Vuelve
a surgir aquí la máxima de Santa Teresa: «Lo que Dios quiera, como Dios
quiera, cuando Dios quiera, pues sólo Dios basta, y quien a Dios tiene nada
le falta». La
humildad
El
egoísmo es la raíz de todos los males. Es el mal capital por excelencia.
Del egoísmo nacen todas las variantes del mal que hay en las personas y en
el mundo. Como
ya dije antes, el concepto contrario al egoísmo es el amor. Por que el amor
es en definitiva, desprendimiento. El
amor tiene su máximo exponente en Dios, que por tanto ocupa una posición
diametralmente opuesta al mal. De
entre todas las ramificaciones del egoísmo, ocupan un lugar destacado el
orgullo, el rencor y la envidia. El concepto opuesto a estas variantes es a
su vez una ramificación del amor: la humildad. En
la sociedad moderna, la humildad es un concepto desfasado. El orgullo es un
valor muchas veces apreciado, y la venganza un derecho. Del concepto
tradicional de humildad ha quedado en la actualidad lo que se llama
modestia, que viene a ser una humildad de palabra, de valoración de uno
mismo. Pero
la humildad de actos o el rebajarse más allá del nivel que legítimamente
nos corresponde es algo que ha quedado relegado casi al olvido, a tiempos de
austeridad monacal del pasado. Hoy
en día al humilde se le llama tonto. El no aprovecharse de situaciones que
incrementarían nuestra posición económica o nuestra valoración social es
de ser tonto. El no hacer frente a quien te avasalla ilegítimamente es de
ser tonto. Muchos insultos se toleran mejor que aquel de «tonto». El tonto
es un rechazado por la sociedad, un discriminado, no cuenta para nada ni
para nadie y se le margina dentro de su grupo social. Muchos son tontos por
naturaleza, otros, los menos, lo son por elección.
Pero con ningún ser de la creación está Dios tan próximo como con
el «tonto», con el excluido, con el rechazado. La
humildad es en muchos casos la principal virtud de estas personas; una
virtud ensalzada tradicionalmente en todos los manuales de ascética. En
esos manuales se establecían diferentes grados de humildad, algunos de los
cuales rayaban con el paroxismo. Sin
llegar a esos extremos, ¡cuantas luchas y disputas se evitarían hoy en día
con sólo un poco de humildad! Sin
embargo, nuestra autosuficiencia y nuestra sobrevaloración de uno mismo nos
impiden desnudarnos ante el otro. Nos impiden reconocer nuestra ignominia y
nuestra miseria como seres imperfectos, como «viles gusanillos que habitan
la tierra» como decían los místicos de siglos anteriores. Nadie
se acuerda ya de Jesús, que siendo quien era, el primogénito de Dios,
compartiendo con Él todos sus atributos, se rebajó haciéndose hombre y se
sometió a toda clase de insultos y vejaciones sin hacer frente a nadie, y para finalizar en la muerte más ignominiosa, la muerte de
cruz. ¿De
qué podemos nosotros enorgullecernos ante semejante ejemplo de humildad? ¿Qué
son nuestros presuntos logros materiales en comparación con esto? «Aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para
vuestras almas» (Mt 11, 29). ¡Todo un Dios Creador del universo nos dice
que es humilde! Y no sólo lo dice, sino que lo demuestra con los actos de
toda su vida. Pues
entonces, ¿como nosotros podemos arrogarnos ese orgullo, esa pretendida
superioridad ante todo y ante todos, esa vanidad, esas ínfulas de grandeza,
cuando nuestro Dios y Señor se nos está ofreciendo como esclavo y siervo
ante nosotros? Aprendamos
esta lección inmensa de Dios, e imitemos a Áquel que vino al mundo para dársenos
como modelo, para enseñarnos, para guiarnos, para reconducirnos. Aceptémosle
haciendo nuestras sus palabras, que están llenas de sabiduría. Contra
el pensamiento retrógrado
No
hace mucho, una persona muy allegada a mí, me dijo que no había ido a la
boda de una sobrina debido a que se casó «por lo civil». Entre
otras razones menos disculpables, me dijo que el ir a esa boda significaría
aceptar, aplaudir, estar en conformidad con ese acto pecaminoso. Lo
primero que se me vino a la cabeza fue ver a Jesús, relacionándose con los
pecadores, con los publicanos, con las prostitutas… «No tienen necesidad
de médico los sanos, sino los enfermos» (Lc 5, 31). Efectivamente,
si Él está siempre detrás de los pecadores, a los que sigue
incesantemente, esperando que se conviertan, ¿quién eres tú para alejarte
de ellos? Debes alejarte de seguir su actitud, pero no de su persona, pues
son tan hijos de Dios y tan hermanos como el más santo de entre los santos. Esto
vale igualmente para todas esas actitudes de rechazo, de desencuentro, que
muchos que se consideran muy católicos, practican sin cesar. No se dan
cuenta que van en contra del espíritu del Evangelio. Asistir
a esa boda no implica «comulgar» con ese razonamiento. Dejemos siempre muy
clara cual es nuestra posición y a partir de ahí, estemos siempre al lado
de ellos, esperando una señal, un resquicio en el que poder insertar una
semilla, que luego Dios haga madurar. Otra
situación que me encontré recientemente fue el caso de una señora,
defensora de una pretendida «moral católica», la cual vilipendiaba
abiertamente a una jovencita que practicaba el «piercing» y que, entre
otras cosas «indecentes» vestía de forma muy atrevida. De
nuevo me pregunté de qué lado se hubiera puesto Jesús ante esta situación. Y
la respuesta es obvia: yo creo que a Él le da igual la vestimenta o la
indumentaria, que lleves un pendiente o que lleves veinte, que lleves el
pelo largo o corto. Lo que a Él verdaderamente le importa y le interesa son
los sentimientos del corazón, las actitudes frente a los demás, el
desprendimiento del alma, el saber ver el rostro de Jesús en el rostro de
los necesitados. Él
verá eso, y sólo eso a la hora de juzgarnos. Y si no lo encuentra en la señora
recatada, de recias vestiduras, de nada le habrán servido todas sus ropas y
su apariencia decente. Contra
las preocupaciones y la depresión
¿Quién
está libre de cruz? Quien esté libre de preocupaciones que alce la primera
copa. «Sí,
pero ya quisiera yo tener las preocupaciones que tienen los ricos, o los que
tienen trabajo, o los que sólo trabajan ocho horas, o los que no están
enfermos, o las que tienen un marido normal o los que duermen de un tirón,
o los que no tienen a un vecino como éste, o los que no viven en este
barrio…» La lista es interminable. Ciertamente,
no hay nadie que no esté libre de cruz. La cruz es consubstancial a nuestra
naturaleza humana. No podemos estar sin ella. Cuando una se nos quita nos
viene otra. Todos llevamos siempre alguna cruz. Y el que no la tiene, se la
inventa, y la sufre como el que la tiene de verdad. Así somos. ¿Qué
podemos hacer ante este panorama? Lo
primero, hay que dar a cada cosa su importancia justa, y no hacer de una
mota una montaña. Muchas veces la inhibición es la mejor terapia contra
las preocupaciones. También
hay que tener en cuenta que la cruz es más pesada siempre al principio,
cuando nos la cargan, pues nuestros hombros no están acostumbrados al peso.
Después, nuestros músculos se fortalecen y ya no pesa tanto. Y
no nos olvidemos de echar la vista atrás. Ciertamente, nuestros
problemillas no son nada comparados con los de muchos otros millones de
seres humanos que pasan calamidades, hambre y miseria en el Tercer Mundo; o
sin ir tan lejos, con los de cualquier vecino o familiar que tiene un hijo
enfermo, por ejemplo. La vida es un valle de lágrimas, como dice la oración.
Pero no hay que ahogarse en ellas; sobre todo los que nos llamamos
cristianos, ya que ¿cómo estar triste ante la recompensa que nos tiene
preparada Dios? Es un contrasentido. ¿Acaso el niño está triste la víspera
del día de los Reyes Magos? ¿Acaso no está, por el contrario, exultante
de alegría y de expectación, tanto que apenas puede dormir? ¿Y no es la
vida una simple víspera de la eternidad inconmensurablemente feliz y
bienaventurada, tanto más feliz cuanto mayor haya sido el sufrimiento? Hagámonos
partícipes de los sufrimientos de Cristo, imitándole no solamente en la
caridad, bondad, humildad, sino también en la cruz. Es inútil huir de
ella, pues ella nos perseguirá. Y más nos persigue a los que llevamos
grabada su señal en la frente. Hay que estar preparados para recibirla
cuando llegue. Así su impacto no será tan terrible. Los
trabajos duran un día, y el descanso es eterno. Hay que conformarse con la
voluntad de Dios, pues todo lo que me acontece, no me ocurre sin su
consentimiento. Dios mío, aquí estoy para lo que tú me mandes. Si tú lo
quieres, cuando tú lo quieras, como tú quieras, por que sólo Dios basta,
y quien a Dios tiene nada le falta. Ciertamente,
¿qué puede temer un caballero cristiano que pelea con Jesucristo a su
lado? Teniendo semejante escudo y adalid, ¿quién se atreverá a hacernos
frente? ¿Qué poder tienen las viles criaturillas contra todo un Dios? ¿Cómo
no estar seguros de la victoria? «El
Señor es mi luz y mi salvación. ¿A quién temeré? El
Señor es la defensa de mi vida. ¿Quién me hará temblar? El
Señor está a tu derecha. No temas. Ten fe, confía en el Señor. El día
del peligro Él te socorrerá. De
día el sol no te hará daño, ni la luna de noche, No
permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme. No
duerme ni descansa el guardián de Israel. El
Señor es mi roca, mi salvación, mi alcázar, baluarte donde me pongo a
salvo. Me
envolvían redes de muerte. Me alcanzaron los lazos del abismo. Caí en
tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor. Yo dije, Señor salva mi
vida. Líbrame de mis enemigos, que son más fuertes que yo. El
Señor está conmigo; no temo. ¿Qué podrá hacerme el hombre? El Señor
está conmigo y me auxilia; veré la derrota de mis adversarios». (Sal
27,1. 16,8. 121,3-8. 18,2-6. 54,7) «El
Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me
conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Una
cosa pido al Señor, eso buscaré, habitar en la casa del Señor todos los días
de mi vida. Habitar en su monte santo contemplando su rostro. Espero
gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Gozar de la dulzura del
señor contemplando su templo. El
Señor me conducirá a los eternos collados. En ellos moraré por días sin
término». (Sal 23,1-2. 27, 4.
23, 6) Lo
importante en la vida
¿Qué
es lo más importante de esta vida? Es una pregunta que se puede contestar
de muchas formas. Podemos
decir que lo más importante es pasar por la vida haciendo el bien, teniendo
fe en Dios, y así conseguir primero la felicidad en la tierra, y después
la gloria eterna como recompensa. Es
una definición breve, pero a la vez yo creo que completa. Sin embargo se
podría objetar que no es sino una mero objetivo egoísta e individualista
cuyo propósito es básicamente hacer aquellas cosas que nos garanticen la
salvación. Es decir, lo importante en la vida es, según esto, conseguir la
salvación. Si,
ciertamente, pero… ¿Hemos de plantearnos la salvación como una carrera
hacia el cielo, donde basamos nuestros avances en según como vamos quedando
conforme a las posiciones de los demás? Yo
creo que no debemos focalizarnos y obsesionarnos con este asunto de manera
consciente. Me explicaré. Las
actitudes en la vida han de ser siempre abiertas y no cerradas; no se puede
ser perfeccionista en el sentido de catalogar las cosas como prohibidas y
permitidas, por ejemplo. Si así lo hacemos, nuestra imperfección nos sumirá
en el desasosiego y en la incertidumbre constante, al no poder alcanzar
nunca el objetivo. Sin
embargo no por esto debemos renunciar a los límites y por tanto carecer de
ellos. Hemos de tener siempre unas balizas que si bien no nos impiden
traspasarlas, sí al menos nos marcan un camino. Es lo que llamamos pautas. Pautas,
y no límites es lo que un cristiano se ha de marcar a la hora de enfocar
los comportamientos y las actitudes ante la vida. Basta
querer salvarse para salvarse. Pero no en el sentido del estudiante que, lógicamente
quiere aprobar un examen, aunque luego a la hora de la verdad no estudia. El
querer al que me refiero es un querer consciente, centrado en actitudes, en
«pautas» y en obras. El que quiere salvarse de esta manera, ya está
salvado. Al menos así lo veo yo. Y lo está precisamente por que avanza por
un camino que le conduce a la salvación. Así que, siempre y cuando no
abandone ese camino y no deje de avanzar, llegará inexorablemente a su
destino. De
forma que con el objetivo conseguido, entonces ¿cuál es la misión de la
vida? Pues afanarse en ayudar a los demás, en dar ejemplo, en llevar la
cruz que cada uno tiene de forma cristiana, en conseguir que cada vez más
personas conozcan a Jesús… En definitiva EN SER FELIZ, pues estas
actitudes son las que generan la auténtica, genuina y perpetua felicidad. Hay
personas que viven en esta pauta, y que no lo saben. Que son potencialmente
salvas por ello, y sin embargo no son conscientes de semejante situación.
Van por el camino correcto, pero al no reconocer a Dios, corren el riesgo de
no reconocer la Puerta cuando lleguen a ella, y por tanto pasarán de largo
hacia la nada. Las
oraciones de miles de religiosos y religiosas, en la soledad de una vida
olvidada del mundo imploran a Dios que no se olvide de ellas. Le piden que
en última instancia les haga descubrir su infinita bondad y que le pongan
el nombre de Jesús a su pauta vital. Será entonces cuando en el lecho de
muerte la inefable bondad divina interceda por ellas y con corazón
compungido digan: «Señor, mi vida se acaba; he vivido de espaldas a tu
Persona, pero ahora me doy cuenta de que sólo Tú tienes sentido, pues eres
el que da sentido a las cosas. Admíteme pues a contemplar tu rostro y gozar
en tu presencia por toda la eternidad». Y
Jesús correrá en busca y rescate del pecador arrepentido. Correrá como un
chiquillo perdido que loco de alegría encuentra a su madre y sale a su
encuentro, para fundirse ambos en un abrazo eterno lleno de dulzura y
felicidad. La
cruz del sufrimiento
Yo
no quiero la cruz. Y le ruego todos los días a Dios que no me la dé. Jesús
tampoco la quiso y le pidió al Padre no beber de su cáliz. Pero Él ya la
llevó, y con creces, por todos nosotros ofreciéndose en sacrificio como víctima
propiciatoria. Es
precisamente por esto que la cruz nunca será pesada al verdadero cristiano.
Pues Cristo ya recorrió el camino primero, y es nuestro consejero y asesor
en nuestro particular camino del calvario. De suerte que es como si Él nos
dijese, afloja aquí, no pases por allí, descansa acá, etc. Sin
embargo, la cruz es el símbolo de nuestra religión y de nuestro Dios.
Ciertamente, cuando se representa simbólicamente al islamismo se hace con
una media luna, al judaísmo con una estrella, y al cristianismo se le
representa con una cruz. Si
Dios nos envía la cruz, hemos de llevarla con valentía, y aceptarla como
parte integrante de nuestra imitación de Cristo. Es esta imitación el
esfuerzo de perfección de todo cristiano, y nunca será completa si no
imitamos a Jesús, también en la cruz. Difícil
tarea es hablar de estas cosas a una persona atea, y enferma, quizá enferma
desde hace tiempo. Es muy difícil convencerle de la existencia de Dios. Es
un tema tabú. Enseguida reniegan de Él, pues no les cura, pues no les
alivia... «Al principio rezaba; rezaba de todo corazón; y nada sucedía.
Acabé harto, renegué de Dios...» Igual
dicen los pobres, los miserables, los deshauciados. No
se dan cuenta de que no están aún en el cielo, y de que en la tierra hay,
indefectiblemente, sufrimiento. Si
en el mundo no hubiera sufrimientos, la tierra ya no sería tierra, sino
cielo. Y Él quiso que hubiera ambas cosas. Precisamente
para recompensar en el cielo a todos los que han sufrido en la tierra. Por
que más se valora, se aprecia y disfruta lo bueno cuando se ha conocido lo
malo. Ciertamente
que es el sufrimiento la puerta de entrada en el paraíso, la llave que nos
abre las puertas de la eternidad feliz, donde gozaremos para siempre de los
consuelos y recompensas que sólo Dios sabe dar a los que junto a su Hijo
atravesaron la Puerta por el umbral del sufrimiento. En
cualquier caso, el sufrimiento de los hombres no tiene su raíz en Dios,
sino que es la libertad del hombre la que provoca los males del hombre. La
libertad mal usada, me refiero. Y Dios no puede oponerse a la libertad del
hombre, pues entonces lo despersonalizaría... Dios
«no hizo nada» para evitar que su Hijo, nuestro señor Jesucristo sufriera
toda clase de humillaciones e ignominias para, finalmente morir en una cruz,
castigo reservado a los más infames. Toda
la vida de Jesús fue un continuo sufrimiento ¡y era Dios mismo! Desde su
nacimiento, donde no le dieron siquiera sitio en una humilde posada, y tuvo
que nacer en una cuadra... ¡y era Dios mismo! Cuándo con sus padres tuvo
que huir a Egipto, pues le perseguían para matarle, ¡y era Dios mismo! Y
todo el sufrimiento derivado de su pasión y muerte... ¡y era Dios mismo! ¿Pues
entonces qué? ¿Con qué derecho pedimos la salud? ¡Si el propio Dios no
fue en su vida terrenal sino una continua llaga! Quiero
venir a decir con esto que el sufrimiento es consustancial a nuestra
naturaleza terrenal y que en vano podemos huir de él. Antes bien éste nos
asemeja más a Jesús, y nos lleva a identificarnos más con Él (¡Qué
cosa más hermosa, identificarse con Dios!). Pero
las palabras no siempre son suficientes ante el sufrimiento del enfermo. Éste
demanda desesperadamente consuelos materiales, no espirituales. El
duro, durísimo camino de la enfermedad. Y especialmente el de la enfermedad
crónica, sin expectativas, el de las personas inmovilizadas, el de las que
ni siquiera pueden hablar o hacer algo aparte de sufrir. Pero
cuando no hay remedio material que ofrecer, es el remedio espiritual el que
se erige como bálsamo que al menos alivie el sufrimiento, y le dé un
sentido. Hay
que hacer comprender al enfermo, que no está solo, que Dios está
ciertamente con él, más que con cualquier otro ser, por muy dificil que
sea entender esto. Y
él a su vez, ha de estar también con Él. Mejor hacer este camino con Jesús
que hacerlo sólo. Las penas acompañadas son menos penas, pues las
compartimos con el otro. Y qué alivio más grande, qué bálsamo más
suave, que lilimento más gratificante el de la compañía de nuestro Jesús,
adalid del sufrimiento, campeón de dolores. Pues
ciertamente que el enfermo está solo. Muy pocos son los agraciados que
tienen junto a ellos de forma continuada a alguien que les ame y les quiera.
Y aunque sea así, seguramente a ellos no les parece de esa manera. ¡Dales
Dios mío perseverancia y amor a todos esos cuidadores! y sobre todo, ¡Dales
fe a todos esos enfermos! Cuando
se habla de enfermedad, hemos de hablar de fe, y de esperanza. Un enfermo
ateo, ¡qué tristeza más grande!, ¡Qué masoquismo tan insoportable!
Ciertamente que son dignos de lástima, pues están solos ante la
enfermedad. No sólo no tienen la compañía inestimable de Jesús, sino que
además tampoco tienen ante sí la vida eterna. El sufrimiento se duplica,
la muerte es deseada en si misma. ¡Horror de horrores! Pues
ciertamente que los enfermos son los más pobres de entre los pobres, ya que
la salud es la mayor riqueza de todas las materiales. Muchos
archimillonarios enfermos preferirían verse en harapos pero con salud,
antes que continuar en su situación. Acerquémonos
pues a esos sufrientes, pues de ninguna otra forma podemos hacer mejor
servicio a nuestro Dios. Pues
Dios está más cerca de ellos que de cualquier otro, pues son los más
necesitados. Podemos ver su rostro en el rostro doliente del enfermo,
podemos ver su cuerpo y sus llagas en el cuerpo maltrecho del enfermo.
Podemos en definitiva servirle y acogerle de manera formidable en la acogida
y la atención al enfermo. Y no sólo en sus cuidados materiales, sino también
en la dicotomía de la fe. Pero
Dios no puede interponerse en la libertad de los hombres. Han de ser estos
los que inventen los remedios, descubran las vacunas, y se sirvan de la
enfermedad para santificarse, tanto los cuidadores como los enfermos. Para
el antiguo Israel, los pecados se pagaban en este mundo. Al estar poco
desarrollada la escatología, la satisfacción inherente a las malas obras
(al incumplimiento de la ley), tenía su reflejo inmediato en las
calamidades que le acontecían al sujeto, o a la nación (la ira de Yahvé). Las
enfermedades (epidemias al nivel nacional) eran uno de los «castigos» más
frecuentes. Desde
el advenimiento de la era mesiánica, el concepto de enfermo ya no se asocia
al de pecador. Aunque en muchos casos sirva la enfermedad para reconducirnos
y recapacitar sobre nuestra vida, lo cierto es que la mayoría de las veces
le acontece al cristiano como medio a través del cual se forja y templa la
voluntad de fe que la divinidad pone en cada hombre. Hemos
de aceptar la enfermedad tal y como viene y no dudar de Dios, ya que como
dice Job, si tan alegremente recibimos de Él los bienes ¿por qué no
recibir los males? (Job 10, 2). Ten en cuenta que los trabajos duran un
momento y el descanso es eterno. Mientras no se pierda a Dios, cualquier
otra pérdida, como la salud, es una minucia. Y a Dios le tienes en la pequeña
cruz de tu enfermedad. La verdadera salud es la del alma; la verdadera
enfermedad, el pecado. «Al
justo no le entristecerá cualquier cosa que le suceda, porque sabe que todo
viene trazado por la providencia de su Padre celestial» (Prov 12,21). Libres
de todo lo material, estaremos más cerca de lo espiritual. «Hijo mío, no
quiero que ninguna cosa se interponga entre tú y Yo. Líbrate de todo lo
material para que, desnudo, estés más cerca de Mi». Estas palabras se las
ha confiado Jesús a muchos santos y santas en la intimidad del éxtasis. No
nos asustemos, si incluso ese desprendimiento incluye también desprenderse
de la salud. Pero
no nos confundamos; Dios no quiere nuestra infelicidad. El enamorado sufre
por su amada, pero no es infeliz. Son conceptos diferentes. Dios sufre con
el sufrimiento de sus hijos, pero les espera a éstos para darles toda una
eternidad bienaventurada de placeres y consuelos en la morada perpetua de la
felicidad. Contra
la desesperanza.
Hay
muchas personas que no quieren ni oir hablar de Dios ni de religión, y que
tienen un odio casi visceral a todo lo que se relacione con ello. En
cuanto se menciona el tema, te cortan en seco y sólo su buena educación
les impide proferir reproches de más alto tono. En
el fondo, ese desprecio se debe al desengaño experimentado por todos los
que buscan en la tierra el paraíso. No se dan cuenta de que son realidades,
dimensiones diferentes. Quieren
comparar al hombre con Dios, y se estrellan en la desesperanza. Atribuyen a
Dios la responsabilidad directa de los males del mundo, por su inactividad
ante los mismos. No se dan cuenta de que es la libertad del hombre mal
utilizada la causa de esos males, y contra la que Él no puede hacer nada
pues sería negarle al hombre su propia esencia, la esencia que le hace «persona»
y no «cosa». El
mundo no puede ser perfecto, puesto que el hombre no es perfecto, y el mundo
está formado por hombres. Como ya dije antes, la tierra es tierra, y no
cielo. Se frustrará el que busque el cielo en la tierra. Sólo
Dios proporciona la perfección, pues sólo Él es Perfecto. Por tanto acercándonos
a Él conseguiremos obtener algo de esa perfección que emana de Él, y por
ende transmitirla al mundo. Es ésta la única via de perfección que puede
obtener el mundo, la que se consigue acercándonos a Dios. Precisamente
es la esperanza la virtud del cristiano, la virtud de la fe. La esperanza de
pasar a la segunda fase de nuestra vida, pues esta primera no es la misma,
es la antesala. Es
difícil hacer entender este mensaje a las personas que buscan en Dios
solamente la solución de sus males en la tierra, y que se olvidan de la
dimensión escatológica. Cuando Dios les «traiciona», reniegan de Él. «Mi
reino no es de este mundo» dijo Jesús a todos los que buscaban en el Mesías
a un libertador político-militar (Juan 18, 36). Por eso los judíos
renegaron de Él, por que no les salvó del aquí y ahora (¡aunque les
ofreció la salvación eterna!). Y el mismo error cometen hoy los que de
nuevo buscan en Dios una fuente de salvación terrenal. La
salvación que ofrece Dios no es terrenal, sino ETERNA. ¿Que es el tiempo
comparado con la eternidad? «Si,
pero yo estoy aquí y ahora, en el tiempo. No sé lo que me deparará el mañana». ¡Visión
miope que sólo ve de cerca y que carece de fe y esperanza! El miope sólo
ve nítido de cerca. De lejos sólo aprecia formas, sombras, ve borroso y no
se fía… Circunscribe su círculo vital al espacio donde se siente seguro. Se
necesita mucho coraje para decir SÍ, CREO, palabras duras, a veces
imposibles, pero también indispensables para llegar al que es la fuente de
todo, y también para llegar a la felicidad terrena en medio del
sufrimiento: Reproduzco
a continuación el poema «Te buscamos» de Rafael Lizcano Zarzeño, que
refleja de manera certera y ciertamente bella lo dicho anteriormente. «Te
buscamos señor, sólo un instante de
la extrema largueza de tu día. Y
mil veces rozamos la agonía de
no verte teniéndote delante. Mil
veces te nos ponen en menguante multitud
de reflejos de luz fría, que
un trágico conjuro nos envía, a
esta celda de carne itinerante. Pero
Tú estás aquí, sobre el olvido, bajo
lo más profundo de la duda, abrasando
de luz la única vía. Y
llevarás feliz hasta tu nido, a
todo el que guiado al fin acuda, a
abrazarte en tu santa Eucaristía». El
alma clavada a la roca
En
una ocasión, una vecina de mis padres me contó una historia de como había
dejado olvidado el monedero en un puesto ambulante, y de como una semana
después, al ir a reclamarlo, los dueños del puesto se lo reintegraron. «Es
que somos de una religión que nos prohibe mentir y quedarnos con lo que no
es nuestro» «¿Y que religión es esa?». Preguntó la vecina admirada. «Cualquier
otra persona se hubiera quedado con el monedero». «Pues mire señora,
somos Testigos de Jehová». ¡Qué
lección nos dan aquí los protestantes! Pero vamos a ver, ¿es que nuestra
religión, la católica nos permite acaso mentir y robar? ¿Es que allí el
castigo es mayor? Desde luego que no. Entonces, ¿Cual es el problema? El
problema no existe como tal. Simplemente es la mayor cohesión y fervor que
existe en las comunidades pequeñas. Pero
un católico comprometido ha de huir del pecado incluso del más leve, de la
misma forma que el alejado huye de no darse caprichos y placeres rápidos.
Pues si ciertamente Dios es para nosotros TODO, y cuando digo todo, quiero
decir aquello sin lo cual no se puede vivir y que más valdría morirse que
perderlo, entonces, ¿cómo podemos entonces repudiarlo mediante el pecado?
Pues el pecado, hasta el más leve es la ofensa a Dios más profunda, es la
ofensa a Aquello que es nuestro Todo, quien da sentido a nuestra vida. Pues
Dios es para nosotros como la gasolina sin la cual el coche no puede
funcionar, como el viento sin el cual el molino de nada sirve, como la
electricidad sin la cual la más moderna de las máquinas no es sino un
bulto que estorba. ¿A
qué entonces la locura, la irresponsabilidad, la suma idiotez de aserrar el
clavo que nos sostiene a la vida, y sin el cual nos precipitaríamos al
abismo insondable de la muerte y del sufrimiento? No
pequemos más por favor, y no pensemos que un pecadillo de nada a Dios no le
disgusta. Pues claro que las cosas graves hacen más daño, pero no por ello
las pequeñas carecen de importancia. Una taza de café derramada entera
sobre el traje blanco de los domingos es algo mucho más feo que una
salpicadura. Pero no por ello nos íbamos a dejar salpicar como si tal cosa. Una
mentirijilla dicha para salir de un apuro también es aserrar el clavo. Quizá
no lo suficiente para hacernos caer, pero debilita nuestro sostén en
cualquier caso. Por
el contrario, una postura firme de reconocimiento de nuestros errores nos
ennoblece y lejos de aserrar el clavo, es como si le hundiésemos más en la
roca firme para que nuestra sujeción esté más asegurada. ¡Que felicidad
más grande entonces! Poder estar más cerca, más unido, más sumergido en
el mar infinito de Dios, para que cuando venga el viento definitivo que nos
arrebate de esta vida, podamos tener la seguridad de que ese viento por muy
impetuso que sea no nos arrancará de aquello a lo que con tanto amor y
fervor nos hemos unido. La
maldad o bondad de las personas
Al
contrario de algunas sectas protestantes, los católicos afirmamos que la
predestinación no existe. Nadie está predestinado desde su nacimiento al
infierno, o al cielo, o a ser esto o aquello. El destino de una persona no
está escrito de antemano por nadie, ni siquiera por Dios, pues Él respeta
nuestra libertad y no nos condiciona como si fuéramos autómatas, con un
programa de ordenador predeterminado en el cerebro. Otra
cosa es que Él, como supremo conocimiento, sepa cual va a ser el destino
final de alguien. Pero una cosa es saber algo, y otra es hacer que ese algo
ocurra. Hay
gente que piensa que Dios tiene preparado un proyecto para cada persona. Y
así se oye decir muchas veces que fulano está destinado a algo grande, o
que mengano ha hecho algo por que lo ha querido Dios. Esto
es verdad hasta cierto punto. Quizá Dios maneje, o pueda manejar algunos
acontecimientos, bien a iniciativa propia o bien por petición de otra
persona. Pero siempre, repito, siempre la decisión final ha de ser adoptada
por la propia persona. Puede que alguien pueda ser conducido hacia una
encrucijada, pero la opción de ir por un camino o por el otro será
finalmente del propio individuo. Por
eso nadie es bueno o malo por que Dios lo quiera, sino por que lo quiere él. Y
nosotros no nos podemos arrogar el poder de enjuiciar a nadie. No nos
corresponde ese papel. No podemos decir fulano es malo, mengano es bueno. Sólo
Dios conoce el corazón de las personas y dará a cada cual según se
merezca. Mejor dicho, según merezcan sus obras, pues como digo nadie es
malo o bueno «per sé». Muy al contrario, las personas, de ser algo por
naturaleza, son buenas pues son obra del poder creador de Dios. Igual
ocurre con las cosas. No existen cosas intrínsecamente malas o buenas. Los
objetos, o los productos del hombre no son catalogables en sí mismos, sino
más bien según el uso que se les dé. No se puede decir que tal o cual
cosa se mala o buena, sea lícita o ilícita, sino que hemos de atender a la
finalidad que las personas usuarias quieren darle a esa cosa. Así
por ejemplo, no se puede decir que las armas sean malas, pues un cuchillo
pude servir tanto para matar a una persona como para cortar trigo con el que
hacer pan y alimentar a un niño hambriento. Tampoco la energía nuclear es
mala por sistema, pues puede servir (y sirve) para calentar el hogar de una
familia en Siberia. En
definitiva, no es moralmente correcto catalogar ni juzgar a nadie. Nuestros
pensamientos o palabras hacia alguien nunca podrán ser categóricas. No
podemos ni tan siquiera decir «fulano tiene comportamientos que a mi
entender son malos», pues no sabemos la intencionalidad, ni la finalidad,
ni las motivaciones que fulano pueda tener. Y aunque las sepamos, repito, no
somos quienes para juzgar a nadie. «No
juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados;
perdonad y seréis perdonados». (Lc 6, 37). Sobre
la confianza en Dios
Hay
un dicho de Santa Teresa que ya he repetido aquí en más de una ocasión:
«Haced todo por Dios, con Dios y para Dios; pues sólo Dios basta, y quien
a Dios tiene nada le falta» ¡Qué palabras tan sabias! ¡Qué consuelo tan
estupendo! Pues
ciertamente, si nos aplicáramos esta máxima, si recordáramos esto en cada
minuto de nuestra vida, realmente nuestra existencia sería más llevadera,
más consoladora, más esperanzada, más «trascendental». ¿Entonces,
por qué no lo hacemos? Pues básicamente por la miopía religiosa que
tenemos, por la falta de impregnación sobrenatural que nos caracteriza. Imaginemos
un niño de cuatro ó cinco años al que alguien encierra en un sitio
tenebroso y desconocido con gente que se comporta de manera hostil. El niño
lógicamente tendría una reacción de terror. No hace falta ser padre para
imaginarlo (aunque éstos lo comprenderán más vivamente). Si de repente
aparece la madre del niño junto a él, éste automáticamente dejaría de
llorar, se agarraría a su madre, y todas sus inquietudes y temores
desaparecerían en el acto. Él
no necesita más. Sabe que con su madre está a salvo, y que no tiene nada
que temer. Por mucho que exista riesgo para ambos, el niño no es consciente
de ello y lo único que le puede inquietar ahora es que de nuevo le
arrebaten la compañía de su madre. ¿Por
qué nosotros no nos comportamos como este niño? ¿Por qué teniendo un
Padre como el que tenemos (al lado del cual no merecen los otros padres el
nombre de padres), y que además NUNCA NOS ABANDONA y siempre está con
nosotros, por qué, repito nos preocupamos de otras cosas? La única
preocupación que deberíamos tener, siguiendo el ejemplo del niño, sería
la de perder a nuestro padre, que éste desapareciera de nuestro lado. Y
a Dios sólo le podemos perder por el pecado. Pecando es como ahuyentamos a
Dios de nosotros, pues hacemos intrínsecamente una opción contraria a Él.
Dios
no se impone a nadie a la fuerza. Si alguien voluntariamente hace una opción
de rechazo de Dios, Él no puede hacer nada contra nuestra libertad. Él no
quiere retener a nadie por pura obligación, sino por amor. Pero
no hemos de preocuparnos, pues como ya digo, Él nunca abandona a los que
quieren estar con Él. Dios
ciertamente que no abandona a sus hijos. Ni siquiera a los descarriados. A
estos ciertamente menos que a los demás, pues ya dice el Evangelio que el
buen pastor deja abandonadas a las 99 ovejas y se va en busca de la que se
ha perdido (Lc 15, 4-7). Así
pues, Dios cuida de todos sus hijos y no permite que ninguno sufra daño
alguno. Sólo
si estos lo desean voluntariamente, Dios se rinde a su voluntad, pero no sin
antes hacer lo posible para que se corrijan. Entonces,
¿Qué podemos temer teniendo semejante protección? Si me acontece una
desgracia, ¿Por qué he de entristecerme? ¿Acaso no ha ocurrido así por
que Dios lo ha querido? Y si Él consiente que me acontezca una desgracia,
siendo como es Todopoderoso y Omnipotente, y siendo yo su hijo (¡un hijo de
semejante padre!) a quien ama y mima infinitamente, ¿no será acaso por mi
bien? Si;
ciertamente que no debo temer nada, y si temo sería como un desprecio, una
falta de confianza en su poder, en su omnipotencia, una falta de fe... «Si,
pero ¿Y si Dios no quiere saber nada de mí? ¿Y si me abandona a mi
suerte, y me deja a merced del mundo?». Pues ni siquiera este miedo hemos
de tener. Por que si tú quieres estar con Él, Él estará contigo. Si tú
quieres su compañía
y su protección, Él te la dará y te la dará aunque no se la pidas. Pues
a Él lo llevas dentro de ti,
de suerte que como dice San Pablo es Él más en ti que tú mismo (Gal 2,
20). Otra
cosa es que tú libremente hayas optado por echarle de tu vida, que hayas
preferido el pecado a su dulzura y a
su
protección. Que te hayas llenado de vanagloria y de suficiencia, y que
prefieras valértelas por ti
mismo y no quieras cuentas con Él. Entonces
le habrás crucificado de nuevo, y Él muy a su pesar, no podrá entrar de
nuevo en tu vida, pues se opondría a tu libertad y a tu decisión soberana. Entonces
te darás cuenta de que sin Él no eres nada, de que es absurdo preferir una
bombilla a la luz del sol, y de que no se puede tener el corazón
compartido. No puedes tener a Dios en una mano y al demonio en la otra, pues
el fuego y el agua no pueden coexistir. Habrás
pues de pedirle a Dios que vuelva a ti,
de corazón, sinceramente, con el corazón contrito y humillado, a
través
del sacramento de la Reconciliación. Y entonces Él volverá a ti
y no te abandonará a no ser que le vuelvas a echar. Entonces
no tendrá sentido el miedo. ¿Tienes la conciencia tranquila, y libre de
pecado? ¿Haces lo que puedes para continuar en el camino de la virtud? ¿Has
cumplido con los deberes de tu estado? Si las respuestas son afirmativas (¡es
tan fácil!) puedes abandonarte a la Santa Indiferencia. Es
esta una gran ventaja, pues si bien el niño es impotente para retener a su
madre si está quiere abandonarle, no es así en nuestra relación con Dios.
En este sentido se puede decir que tenemos «la sartén por el mango», ya
que Dios JAMÁS rechaza a todo el que con corazón sincero quiere estar con
Él. Al contrario, nos está esperando con los brazos abiertos.
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