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TIEMPO Y ETERNIDAD

  JUAN F. GARCIA MILLAN

 

INDICE 2

La libertad

Cristianismo a la medida

Necesidad de la existencia de la iglesia

La formación religiosa

El Apostolado

El celibato

Un par de parábolas

La pobreza

El matrimonio

Los hijos y la anticoncepción

La infalibilidad del Papa

Las sectas

La totalidad

Los misterios de Dios

El precepto del domingo

Cuando la fe se tambalea

Las apariciones

El bautismo

El aborto

La Virgen María

Paseando al filo de la navaja

 

La libertad

 

El hecho de que Dios no se manifieste abiertamente, sino que se imponga de manera que podamos constatarle sólo con certeza moral, es otra de las razones que explican nuestra libertad. En efecto, somos libres de aceptar o no aceptar la fe, pues nadie nos obliga.

 

Es precisamente este acto libre de la voluntad del individuo el que dota a la fe de cierto halo de duda y de oscuridad. Una oscuridad que todos experimentamos en ciertos momentos, en menor o mayor medida a lo largo de nuestra vida. Pero esta oscuridad no debe ser entendida como incertidumbre, sino más bien como la ceguera momentánea que se experimenta cuando unos ojos poco acostumbrados reciben una fuerte luz.

 

Uno de los argumentos esgrimidos más ferozmente por los ateos, es ese de que «Si Dios fuera tan bueno o simplemente si existiese, no consentiría el mal en el mundo».

 

¿Pero es que acaso el mal procede de Dios? ¿No procederá quizá del hombre?

 

«Si, pero el caso es que Él no lo remedia, no mueve un dedo para evitarlo».

 

¡Ah,  pero es que entonces interferiría en nuestra libertad! Y repito, Dios nos ha creado LIBRES.

 

Si hubiese querido interferir en nuestra conducta, nos hubiera sujetado a una ley, como hizo con el reino animal (el instinto) o con el reino mineral (leyes de la física).

 

En efecto, los animales nacen más hechos, más perfeccionados. Ya desde sus primeros instantes de vida saben andar y nadar, y en poco tiempo ya no necesitan a la madre para que les proteja o les sostenga. Pero en cierta medida, también nacen esclavos de esa perfección.

 

El ser humano, en cambio, nace más desvalido, pero también más libre y con mayor capacidad para aprender.

 

La capacidad de aprendizaje es la que ha hecho evolucionar al hombre, pero también le ha llevado a causar el mal con mayor intensidad.

 

Nunca ha tenido la Humanidad tanta abundancia de riquezas como ahora. Riquezas que podrían de un plumazo eliminar el hambre en el mundo. Y sin embargo, todavía millones de seres padecen necesidad y miseria. ¿Y esto es culpa de Dios? ¿No será tal vez culpa del egoísmo del hombre, de su mal uso de la libertad?

 

Dios nos creó libres para amar, pues se ama con mayor intensidad cuando la decisión de amar parte de una voluntad no coaccionada. Pero también nos creó libres para buscar la solución al mal, porque la solución al mal, al igual que el origen, está en el hombre.

 

¿Acaso no puede el hombre con su libertad, parar las guerras, llenar los graneros vacíos de los pueblos hambrientos, investigar para buscar remedio a las enfermedades...?

 

Muchos objetarán que hay muchos males que no son culpa estricta del hombre, como los desastres de la naturaleza o las enfermedades cruentas.

 

Cuando vemos por televisión esas imágenes de ciclones que devastan grandes zonas del Tercer Mundo y dejan tras de sí cientos de muertos y miles de personas desprovistas de sus ya de por sí precarias viviendas, todos dicen ¡donde está Dios!

 

Cierto es que los ciclones no son culpa del hombre. Pero sí es su culpa su inactividad para minimizar las consecuencias de estos desastres.

 

En el sur de Estados Unidos también se producen ciclones, con una fuerza devastadora similar a los de Centro América. Pero allí, con una ciencia meteorológica súper desarrollada, y una buena organización de la Protección Civil, apenas se cuentan desastres personales. Y qué decir de Japón, un país sísmico como pocos, donde cada año se producen cientos de terremotos de diversas intensidades. Allí tampoco hay casi víctimas personales, pues la investigación sismológica desarrollada ha llevado a construir viviendas con sistemas de seguridad suficientes para garantizar su integridad.

 

Así pues, ¿Acaso no puede la codicia del hombre detenerse, e invertir el dinero malgastado en otros fines, en dotar de tecnología anti-desastres a las poblaciones del Tercer Mundo?

 

Y esto vale también para las enfermedades. ¿No puede acaso el hombre eliminar los esfuerzos y el dinero invertido en armamento o en otros fines poco éticos y canalizarlos en investigar más sobre el cáncer, el SIDA, las malformaciones o la minimización del dolor?

 

Yo creo que si esto fuera así la vida en la tierra sería un anticipo de la del cielo. Pero no nos hagamos ilusiones, el hombre es hombre y no Dios, y por tanto imperfecto; y la tierra es tierra y no cielo. Son realidades distintas, dimensiones diferentes. Pero no por eso hemos de abandonarnos al fatalismo irremediable y ejercer la inactividad. Estamos llamados a progresar y a santificarnos mediante ese progreso, a pesar de que nuestra condición pecadora nos suponga un lastre en ese camino.

 

La libertad es, en suma uno de los dones más preciosos que Dios a dado al hombre. Pero hay que saber hacer un buen uso de ella, pues sino se puede volver contra nosotros provocando precisamente su contrario, la esclavitud.

 

 

Cristianismo a la medida

 

Muchos de los que aquí llamamos «cristianos de supermercado» han escogido la oración como uno de esos productos que les interesan. Y ciertamente muchos de ellos rezan a diario, e incluso pasan largo rato rezando antes de acostarse. Sin embargo no han echado la misa en el carro de la compra.

 

«Yo creo en Dios, pero no en los curas» afirman exultantes.

 

Es una frase que a mí me hace mucha gracia, por que hombre, faltaría  mas, ni que los curas fueran dioses o semidioses, como si se pudiera optar entre unos y otros. ¡Qué cosas!

 

Bromas aparte, lo que sí es cierto es que no podemos prescindir de la Iglesia ni de sus sacerdotes pues sin ellos la religión no podría mantenerse.

 

Cuando uno se considera católico, no puede por menos que aceptar a la Iglesia.

 

Nuestra religión incluye a Dios y a su Iglesia, en un conjunto íntimamente relacionado sin que se pueda dividir. La separación de ambos hace de nuevo de nuestro cristianismo un «cristianismo de supermercado».

 

Porque, si tú crees en Dios, si amas a Dios, ¿crees que a Él le gusta que no respetes a su Iglesia, la Iglesia que Él mismo constituyó, por muchos defectos que a ti te parezca que tiene? Recuerda que la Iglesia está constituida por hombres, y que los hombres son como tú o como yo, pecadores.

 

En cualquier caso, el sensacionalismo sobre estos asuntos es superior al de cualquier otro tema, y su trascendencia mucho mayor.

 

Y es que lamentablemente, produce mucho más ruido el sonido de un árbol que cae que el de todo un bosque que crece. Destaca mucho más una manchita en un vestido blanco, que muchas manchas en otro oscuro.

 

Porque sinceramente, la mayoría de los sacerdotes, los religiosos y en general los clérigos son personas que cumplen fielmente con su vocación, y salvo deslices propios de cualquier ser humano, no cometen esos grandes pecados, que con tanta ligereza alardea la prensa, siempre ávida de sensacionalismos.

 

Porque ciertamente, ¿cómo puede una persona que está constantemente, a todas horas, todos los días invocando a Dios, rezando y leyendo libros religiosos, cómo puede digo, hacer lo contrario a aquello en lo que cree, a aquello que predica? ¿Cómo se puede estar cerca del fuego y no sentir su calor?

 

Así pues, salvo rarísimas excepciones (pues de todo hay en la viña del Señor) los sacerdotes son personas que están por vocación (pues nadie les ha obligado a entrar en el clero) dedicados a servir a los demás.

 

Pero si aún así eres receloso, no por ello dejes la asistencia a los oficios religiosos. No por eso dejes la fe, no por eso abandones a Dios. Siempre puedes obrar como dijo Jesús en el Evangelio al referirse a los cargos eclesiásticos de su tiempo: «Haced lo que dicen pero no hagáis lo que hacen» (Mt 23,3).

 

Y es que una persona puede legítimamente, experimentar sentimientos de falta de afecto, hacia un hombre, o incluso un grupo de hombres. Es natural, y muy humano. E incluso se puede admitir que la falta de afecto sea hacia los sacerdotes, y por ende la jerarquía eclesiástica (por experiencias pasadas, por desatinos incurridos, etc.). Pero de ahí a renegar de Dios, hay un abismo. Es como dejar de pagar impuestos porque el funcionario que nos recoge la declaración de la renta no nos cae bien, o quizá mejor, como dejar de visitar a un amigo íntimo porque la decoración o la servidumbre de su casa no nos gusta.

 

Cuando una persona va a la iglesia, va a visitar a Dios, a oír su palabra, a recibir su cuerpo y su sangre. Nadie va a misa «para ver a los curas», pues para eso iríamos a su domicilio...

 

«Bueno si, pero es que la misa es un invento de los curas...»

 

Quien dice esto demuestra una supina falta de conocimientos y una ignorancia de los Evangelios y la Biblia. La reunión eucarística no fue un invento de los curas, sino una institución realizada por el propio Jesucristo. («Haced esto en memoria mía...» Lc 22,19).

 

Puede que la forma y el orden que en la misa se sigue sí sea de invención humana, pero es que de alguna forma hay que hacerlo y la Biblia no es muy explícita sobre el particular.

 

El propio Jesús da autoridad a Pedro para formar y construir la iglesia y sus normas. «Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mt 16,18). «Lo que atares en la tierra, quedará atado en el cielo» (Mt 18,18).

 

Está claro pues que Dios da a la iglesia (al Apostol Pedro, y, lógicamente a sus sucesores, pues Pedro no vivió siempre en la tierra, y no se entiende que Dios dé una cabeza y un guía a la Iglesia del siglo I y deje a las generaciones venideras desamparadas) el poder de dictar normas de obligado cumplimiento, como es el caso de la asistencia dominical a la misa. Y no otro día cualquiera, aunque repito, la asistencia a misa es un mandato de Jesucristo, pues dijo «Haced esto en memoria mía» y no «Haced esto si queréis en memoria mía».

 

Llegados a este punto, el único discurso que cabría interponer es el de que la Biblia la escribieron los hombres y no Dios. Pero quien dice esto se contradice a sí mismo, pues esos mismos cristianos que con tanto fervor rezan el Padrenuestro no estarían sino rezando una invención humana. Los Evangelios los escribieron los hombres claro, pero por inspiración divina. No vale la pena discutir esta cuestión, pues todo el cuerpo de la fe se recoge en la Biblia.

 

Lo que conocemos de Dios lo conocemos por que lo dice la Biblia, y no podemos creer una cosa y negar otras. No somos quienes para interpretar los pasajes bíblicos a nuestro antojo y desacreditar la sabiduría de quien lleva dos mil años estudiándolos, es decir de la Iglesia.

 

El protestante que se hace a sí mismo, y con escuela propia cogiendo esto de aquí y esto de allá, interpretando con su propia discreción los grandes temas de la fe, está modelando a Dios, y no al revés.

 

Necesidad de la existencia de la iglesia

 

Es pues claro que la Iglesia es necesaria de cara a fijar las normas fundamentales de la fe, y no dejar al libre juicio de cada uno la interpretación de la Biblia, pues hay muchos pasajes de difícil interpretación, que quien no es avezado en su estudio, puede malinterpretar.

 

La Iglesia es garantía firme de la interpretación de la Biblia, pues cuenta con personas doctas y estudiosas que nos orientan en el significado correcto de la divina Revelación, para así evitarnos a nosotros caer en el error. La Iglesia pues, entendida desde este prisma es, más que un estorbo o un obstáculo, una ayuda.

 

No debemos olvidar que fue Jesucristo el que instituyó la Iglesia cuando dijo aquello de «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo» (Mt 16.19). Por otra parte, toda institución necesita una autoridad que la guíe, la mantenga y vele por ella. Y la Iglesia más que ninguna otra institución necesitó y necesita de personas que ejerzan un control adecuado para impedir que la doctrina sea deformada con el transcurrir de los siglos.

 

Una sociedad sin autoridad acaba por disolverse, por escindirse en otras más pequeñas, que al final acaban en la nada. Y esto es lo peor que le puede ocurrir a cualquier doctrina. Si uno de los objetivos del cristianismo es anunciar la Buena Nueva y propagar la palabra de Dios, esto no se podría conseguir si no hubiese una unidad (de Iglesia como autoridad y de doctrina). Esto es lo que ha ocurrido con los protestantes.

 

Existen multitud de sectas protestantes como luteranos, calvinistas, evangélicos, testigos de Jehová, mormones... Me recuerdan a lo que dije antes sobre los cristianos de supermercado. Los fundadores de todas estas sectas fueron al supermercado y escogieron los productos que más les interesaban de toda la gama, y los echaron en el cesto de la compra. Aquellos productos que no encontraron en las estanterías, los fabricaron ellos mismos.

 

Todos los protestantes rechazan a la Iglesia como fuente de autoridad. Para ellos la Iglesia es alienante y carece de prerrogativas para interpretar o dirigir la cristiandad.  Pero si la Iglesia no tiene la autoridad ¿quien la tiene? ¿La tiene Lutero? ¿O Calvino? ¿O Joseph Smith? ¿Hemos de hacer proselitismo y seguir a estos hombres? El hecho de promulgar «no seáis prosélitos», ya es hacer proselitismo, pues el hombre que sigue estas premisas ya es prosélito de quien las emite.

 

No se puede (o no se debe) dejar a una persona sin ayudas en la interpretación de la Biblia, no se debe dar el texto «en bruto» sin ofrecer una interpretación del mismo. Prueba de ello es el sinfín de sectas protestantes que existen y que cada una da una interpretación distinta a cada párrafo. ¿Es que puede existir más de una verdad? ¿Es que el cobre puede ser a la vez oro o plata? La verdad, pues es única y tiene una sola interpretación. Nadie escribe un texto con el objeto de que pueda ser interpretado de diversas formas. La finalidad del autor, lo que quiere dar a entender, es siempre única.

 

Entonces, ¿quién es el que tiene la verdadera interpretación de la Doctrina Divina? A todos los que preguntes te dirán que son ellos mismos los poseedores de la verdad.

 

Si preguntas a un testigo de Jehová, por ejemplo, te dará mil argumentos para atestiguar que la verdad la tienen ellos. Están muy bien entrenados en preguntas y respuestas. Igual ocurrirá con un mormón, o con un evangélico.

 

Si preguntas a un doctor de la Iglesia Católica, igualmente te ofrecerá muchos argumentos, de mucho más peso y consistencia, pero habrá quien, quizá por falta de entendimiento o de preparación por parte del sacerdote, no quede satisfecho.

 

En este caso, ¿qué hacer? ¿A quién creer?

 

Si yo fuera un observador externo que quisiera acercarme al cristianismo, y me encontrase con el amplio abanico de matices en que, lamentablemente, estamos divididos, y necesitase acogerme a alguna de las formas de creencia, con toda seguridad me quedaría con aquel que me ofreciese más que los demás. Aquel que tuviese más riqueza espiritual y mayor peso histórico. Aquel que llevara más años, quien tenga un bagaje y unos frutos más duraderos, quien fuese el primero, el que estuviese más organizado y estructurado, en resumen el que ofrezca mayores y mejores garantías.

 

Si tuviera que elegir un colegio para mi hijo, ¿acaso no escogería aquel que ofreciese mayores garantías de que mi hijo aprendiera? Quizá aunque fuese un aprendizaje más duro que en otros sitios. Pero en esto la tradición y la experiencia son algo de gran valor y en lo que me debo de fijar antes de elegir.

 

La Iglesia Católica es sin duda la opción ganadora, pues existe desde siempre, y no es una autoridad que emane del dictamen de una persona aislada, sino de muchas de ellas que han existido a lo largo de los siglos. La única capaz de satisfacer todas las necesidades, de cubrir todas las lagunas y de salvar de forma plena todas las almas.

 

Con errores, si, como todas las instituciones formadas por hombres, pero con una base sólida y firme que aspira a guiar a todos los hombres y a avanzar en una única dirección, por un solo camino, que es el que nos lleva al Padre, a través de Jesucristo, en el Espíritu Santo y con la Virgen María.

 

 

La formación religiosa

 

La mayoría de los indiferentes podrían ser fervientes católicos sólo si hubiesen tenido una formación adecuada.

 

Pero el ambiente ateizante, donde todo lo religioso es rechazado prácticamente de antemano, sin atender siquiera a razones o a explicaciones, ha propiciado esta situación.

 

Y es que como ya hemos visto, la Iglesia, y en general  todo lo que «huela a curas», tiene mala prensa.

 

Esta «mala prensa», y la secularización progresiva de la sociedad en todas sus estructuras y estamentos, han motivado que el ciudadano medio, simplemente NO CONOZCA a Dios y a su Iglesia.

 

Este desconocimiento se pone de manifiesto, ya no sólo en la no asistencia a misa y en la infrecuencia de los sacramentos, sino que incluso, paradójicamente, lo poco que se conoce, es precisamente el material sensacionalista del que hablaba anteriormente.

 

Pero unas explicaciones razonables y sencillas dichas con la sinceridad y la convicción de quien tiene verdadera fe, y un corazón abierto a la enseñanza, son suficientes para deshacer los malentendidos y hacer ver al hombre común lo maravilloso de la religión.

 

Después sólo queda la formación catequética. Esta puede haberse dado ya, como es el caso de las personas educadas en colegios o universidades religiosas.

 

Sin embargo, por sí sola esta formación es insuficiente.

 

He conocido a muchas personas que provienen de colegios religiosos, y han acabado siendo indiferentes o, en el mejor de los casos, cristianos de supermercado.

 

Las personas que al salir del colegio siguen las enseñanzas católicas y frecuentan los sacramentos (la minoría), suelen tener una circunstancia común: sus padres también son cristianos comprometidos.

 

Y es que es en la familia donde está el auténtico caldo de cultivo donde se forjan los verdaderos cristianos. No es imprescindible asistir a un colegio religioso. Basta con el compromiso de los padres, con su influencia sobre los hijos, y no por las palabras solamente, sino con el ejemplo, con la práctica de las devociones, etc.  Sin forzar nunca, sino dejando simplemente que el niño se «empape» de lo que ve, oye, y hacen los de su casa.

 

 

El Apostolado

 

Llamamos apostolado a aquella labor consistente básicamente en realizar la misión que ya hicieron los apóstoles hace dos mil años. Es decir, llevar la buena noticia de que Cristo ha resucitado, a todas las gentes de buena voluntad. Y con esta noticia, llevamos también las enseñanzas y la doctrina que Jesús nos dejó.

 

El objetivo final es convertir a las personas que viven al margen de la fe, de forma que acojan y hagan suyo el mensaje de Jesucristo. Esto se realiza mediante la predicación y la evangelización, cuyos efectos han de llevar a la conversión.

 

Pero la gente se pregunta, ¿por qué tenéis tanto interés en convertir a la gente? ¿Qué os va a vosotros en ello? ¿Por qué ese afán desmedido de captar adeptos?

 

Estas cuestiones las formula la gente al referirse a los sacerdotes y a los que se dedican al apostolado de forma más visible (por que todo cristiano está llamado a dar a conocer el Evangelio).

 

Son varias las razones.

 

La primera, es que así nos lo encomendó Jesucristo nuestro Señor, antes de abandonar su vida terrenal. «Y les dijo [a los apóstoles]: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación"» (Mc 16,15).

 

Otra razón que nos impulsa al apostolado es la caridad fraterna y el amor por el prójimo. Pues el cristiano no es egoísta, y gusta de compartir las cosas buenas que tiene, y entre ellas la más grande, que es la posesión de Dios en el corazón.

 

Evangelizar es narrar al otro lo que nos ha sucedido a raíz de nuestro encuentro con Jesucristo. Es decir, extender la felicidad que todo cristiano siente por tener a Dios, de forma que el resto del mundo también la comparta y la experimente y consigan todos los hombres «despojarse del hombre viejo, para revestirse del hombre nuevo» (Ef 4, 22-24).

 

Y es que la enseñanza siempre es positiva, siempre es agradable el contemplar cómo alguien consigue ser feliz debido a que tú has puesto una semilla en su corazón. Una semilla, que lógicamente Dios en su misericordia hace crecer.

 

Siempre seremos recompensados, en esta vida y en la otra, pues como dice el apóstol Santiago, «Hermanos míos: si alguno de vosotros se extravía de verdad y alguien le devuelve al camino, sabed que el que endereza a un pecador del error de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados» (Sant.5, 19s).

 

 

El celibato

 

No soy un defensor acérrimo del celibato para los sacerdotes, pero sin embargo estoy muy a favor de ello.

 

Básicamente es por la libertad que otorga a todos los que lo profesan.

 

Un sacerdote ha de estar siempre dispuesto ha ir a cualquier parte, ha hacer cualquier cosa, siempre que el bien del prójimo así lo demande.

 

Un sacerdote se siente más remiso a arriesgarse si sabe que puede dejar tras de sí a una mujer y a unos hijos, que quizá sólo le tengan a él. O por lo menos no actúa con la misma libertad y contumacia que si no los tuviera.

 

Un sacerdote debe ser padre para todos, y no para unos más que para otros. El Padre Eterno no tiene predilección por nadie en especial, a todos sus hijos los trata por igual. Jesús no hizo acepción de personas, a todos les dio las mismas oportunidades.

 

¿Con qué espíritu conciliador iba a escuchar un sacerdote padre de una niña de 12 años la confesión de un violador? Ciertamente que es muy difícil. Hay que tener una sangre muy fría para abstraerse y olvidarse de las circunstancias personales. Algo que no todos tienen.

 

Además, el celibato no es duro de llevar comparado con otros estados de la vida. Porque ciertamente, también el matrimonio muchas veces también es duro de llevar. Muchos matrimonios tienen, aunque se quieran, sus trifulcas, sus desavenencias, sus malestares, incomodidades que no tiene el célibe. Cualquier estado de vida tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

 

La Iglesia como madre, siempre desea lo mejor para sus hijos. Que nadie piense que se estableció el celibato con ánimo de fastidiar, o de tener martirizados a sus miembros. La razón simplemente fue la conveniencia, la posibilidad mayor de abarcar y servir mejor al prójimo, principal vocación del sacerdote.

 

El sacerdote ha de estar dispuesto siempre a ir allá donde el deber le llame, allá donde la Jerarquía considere que hace mayor bien y donde sus posibilidades de servicio sean mayores. No puede haber sacerdotes de primera y sacerdotes de segunda.

 

Pues para eso está el diaconado. Es un ministerio que poca gente conoce, y para el que muchos tienen una especial vocación.

 

El diácono necesita una formación ligeramente inferior a la del sacerdote, pero con la diferencia de que no está obligado al celibato. Son clérigos que colaboran en la misa e incluso administran algunos sacramentos. Cierto que la mayoría de los diáconos solteros acaban abrazando el sacerdocio, pero creo sinceramente que es un ministerio que habría que dar a conocer e impulsar más para quizá paliar en cierta medida la saturación de trabajo que tienen los sacerdotes debido a su escasez actual.

 

Un par de parábolas

 

Un señor estaba de viaje en un país extranjero. Le aconsejaron que no se marchase sin visitar a un hombre sabio muy distinguido por su santidad y prudencia.

 

Al llegar donde se hallaba éste, se encontró con una estancia donde tan sólo había una mesa con su silla y una cama, además de unos cuantos libros y un crucifijo.

 

El hombre, asombrado, le preguntó: ¿Usted sólo cuenta con esto? Y respondió el sabio: ¿Y usted? ¿Sólo ha triado esas dos maletas? El viajero le replicó: hombre, es que yo sólo estoy de paso... Pues precisamente -añadió el sabio- yo también estoy de paso.

 

                                                           *          *          *

 

Al nacer, Dios nos pone a cada uno de nosotros cierta cantidad de dinero en la cuenta corriente de un banco celestial.

 

Algunos con sus malas obras, gastan ese dinero, mientras que otros con sus buenas obras lo incrementan.

 

El que no hace mal a nadie, pero tampoco hace el bien, no produce réditos a ese dinero,  por lo que a la hora de dar cuentas, el dinero inicial se ha depreciado, y ya no vale lo mismo.

 

Hay algunos que invierten ese dinero en deuda pública a largo plazo, por lo que a la hora de recuperar el fondo, éste no sólo no se ha depreciado, sino que incluso ha rentado algo. Este es el caso de los que donan todos sus bienes a los necesitados.

 

Sin embargo, otros, movidos por un gran deseo de rentabilizar al máximo ese dinero, se dedican durante toda su vida a las buenas obras, al servicio del prójimo, consiguiendo una rentabilidad «del ciento por uno» (Mc 10, 29-30).

 

Así es Dios, incrementa nuestros méritos con las buenas obras, y nos los quita con las malas. Porque como dice la Escritura: «A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá, y al que poco, menos» (Lc 12, 47-48).

 

 

La pobreza

 

Otro de los llamados «puntos negros» del clero, son las aparentes riquezas que muchas veces detentan los altos cargos de la jerarquía eclesiástica, y principalmente el Vaticano.

 

La gente piensa que no predican con el ejemplo, que más valdría que lo diesen a los pobres, etc.

 

Cierto es que los verdaderamente pobres dentro del estamento eclesial son los monjes y monjas, que por no tener, no tienen ni voluntad, pues también han hecho voto de obediencia. Ellos han renunciado a todo a cambio de tener una única cosa, eso sí, la más grande. Han renunciado a todo por tener a Dios. Han vaciado su corazón de todo apego que pudiera interferir con la posesión inefable de Dios. Y esto les aporta una felicidad tan grande, que muchos de nosotros quisiéramos tener.

 

Sin embargo, a la hora de hablar de «los tesoros del Vaticano», sería conveniente hacer algunas matizaciones.

 

En primer lugar, aunque esos bienes se vendiesen y el dinero se repartiese entre todos los pobres del mundo, no tocarían cada uno ni para saciar el hambre de ese día. Y si se repartiesen sólo entre unos cuantos, los demás podrían objetar que por qué a esos y a los demás no. Se acusaría en este caso al Vaticano de parcialidad.

 

Por otra parte, el dinero que tiene la Iglesia y que obtiene de las aportaciones de los fieles o de los estados con los que hay concierto, se utiliza para diversos fines, como son el sostenimiento de las necesidades de los miembros del clero, para garantizar el culto en los templos, para ayudar en las misiones, y en todas aquellas obras pastorales y caritativas en las que la Iglesia está comprometida. Y claro, para todo esto se necesitan muchos millones. Un dinero, que muchas veces no encuentra aplicación inmediata por problemas de índice logística o burocrática y se ha de invertir para obtener mayor rentabilidad, y evitar su depreciación.

 

Por otra parte, los bienes que tiene el Vaticano son en gran medida donaciones hechas por países y por altos dignatarios de países, que desean que esos bienes permanezcan allí. Podrían considerar como una ofensa, como un agravio o como un menosprecio el hecho de que se vendiesen, y les podría molestar el paradero en el que acabasen. Podría quizá traer consecuencias negativas sobre los cristianos de esos países...

 

Además, habría que dudar mucho de la catadura moral de quien comprase para su propio provecho, pongamos por caso, la Capilla Sixtina.

 

Respecto a los ornamentos de los obispos, hemos de recordar en primer lugar, que no están obligados a emitir voto de pobreza y que igualmente, en muchos casos,  son regalos hechos por familiares o amigos en el día de su ordenación, o con ocasión de alguna conmemoración, o en determinadas fechas, etc.

 

Se podría argumentar que no debieran aceptar tales regalos, pero es muy humano el no negarse a aceptar algo sobre todo cuando esto procede de una persona que actúa con buena intención y sin malicia, que sólo pretende agradar y que obra según su propio criterio de reciprocidad.

 

En definitiva, la solución de los problemas del mundo no es que la Iglesia se deshaga de los bienes que custodia, que dicho sea de paso son en su mayor parte de incalculable valor artístico y patrimonio de la Humanidad, y que muchos estados no están dispuestos a hacerse cargo en una eventual subrogación. No, la solución pasa por el compromiso privado, y de las aportaciones de los que realmente poseen la riqueza de este mundo, que son los grandes capitalistas y los que tienen en su mano los hilos del poder.

 

 

El matrimonio

 

Existen en el universo dos actitudes encontradas: el amor y el egoísmo. Tan antagónicas como son lo blanco a lo negro, o como la guerra a la paz.

 

Al hilo de la exposición inicial, me interesa recalcar ahora, que la verdadera felicidad, se encuentra en el amor. En el amor fraterno o en el amor de pareja.

 

El que ha conseguido superar las tendencias egoístas, ese ha encontrado la verdadera felicidad.

 

Se encuentra en esta situación todo aquel que ha sido capaz de salir de su «yo» para abrirse al «tú» y construir el «nosotros».

 

Es decir, todo aquel que ha conseguido desterrar el egoísmo de su corazón.

 

Tengamos presente siempre esta antinomia: amor Vs egoísmo.

 

No hay pues, felicidad sin amor, pero tampoco hay amor sin renuncias.

 

Cuando dos personas toman la decisión de casarse, si esta decisión ha sido fruto de una reflexión madura y coherente, basada en el conocimiento mutuo de las dos partes, si ha sido una decisión adulta y responsable, ese matrimonio es eterno, indisoluble. Y esto independientemente de que así lo disponga una norma, que no es otra que las palabras de Jesús el Evangelio: «Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10, 7-9).

 

Y digo independientemente de esto, porque si el matrimonio está bien cimentado y ha sido celebrado con madurez, cualquier problema ulterior será fácilmente superable bien por la vía del diálogo, o bien por la cesión de una de las partes, siempre basándonos en la generosidad y en la apertura.

 

Por eso es tan importante el noviazgo y el conocimiento mutuo, que no se puede adquirir en poco tiempo de relación.

 

Como apunté antes, el divorcio no tiene por qué existir, si la decisión de casarse fue tomada madura y responsablemente.  En cualquier caso, siempre existen opciones válidas como la anulación matrimonial para quien se casó engañado, o la propia separación.

 

Un dato a tener muy en cuenta es que a diferencia de lo que se cree, las anulaciones matrimoniales no son exclusivas de la gente adinerada. Ni mucho menos. Sólo hay que revisar el anuario del tribunal de la Rota para darse cuenta de esto, y de que muchos de los casos presentados se resuelven en anulación.

 

Cuando una relación falla, se debe siempre a que el amor que existía en el principio, ha sido reemplazado por el egoísmo.

 

La persona egoísta opta por la infelicidad, pues como dije antes, el egoísmo es contrario al amor y el amor es la fuente de la felicidad.

 

Es posible que mucha gente diga: «Pero es que yo ya no siento el amor que sentía antes...»  Y es que el amor se transforma, y en muchos casos el amor-pasión, deja paso al amor-cariño, al amor-aprecio, y por encima de todo, está el amor-DARSE.

 

Efectivamente, el darse a los demás constituye la expresión más elevada del amor, y es según quien la practica, fuente inagotable de felicidad.

 

Apliquemos esta máxima al matrimonio, y éste no fracasará. Aunque sólo la lleve a cabo una de las partes, éste no fracasará. «Dos no discuten, si uno no quiere» dice la sabiduría popular. «Ama y haz lo que quieras» dijo San Agustín.

 

La vida desemboca en un callejón sin salida para el egoísta, pues el hedonismo desemboca en el hastío.

 

Ha de prevalecer por encima de todo el entendimiento y la intercomunión entre los esposos, en aras a lograr y preservar siempre la fraternidad y estabilidad conyugal, que son fuente primigenia del estamento marital.

 

La única manera de dar sentido a la vida es en el amor. Y el amor consiste en el desprendimiento, en salir del yo para abrirse al tú y formar el nosotros.

 

 

Los hijos y la anticoncepción

 

Esa construcción del nosotros, tiene en el caso del matrimonio una extensión muy significativa: los hijos.

 

Tradicionalmente, la iglesia ha defendido que la finalidad del matrimonio son los hijos.

 

Juan Pablo II, muy acertadamente ha puesto el acento esta vez en el amor, supeditándolo todo a él.

 

El hecho de que una pareja opte por no tener hijos, no significa que se amen más, sino más bien, están ejerciendo un egoísmo compartido. El total desprendimiento que es la exaltación máxima del amor, no existe.

 

Las actitudes que llevan a no tener hijos esconden siempre un trasfondo egoísta.

 

La gente que reduce el número de hijos lo hace siempre basándose en actitudes y pensamientos egoístas. Principalmente en el miedo a rebajar una calidad de vida ya de por sí demasiado alta que nos hace olvidarnos de Dios.

 

Recordemos: sin desprendimiento no hay amor, y sin amor no hay felicidad.

 

Otra cuestión es separar o distanciar los nacimientos.

 

Esto es algo permitido por la Iglesia, e incluso recomendado, cuando las circunstancias así lo aconsejan.

 

De entre los métodos a utilizar para conseguir estos distanciamientos, sólo unos cuantos están aceptados por la Iglesia Católica, Y es este uno de los puntos más controvertidos dentro y fuera del seno de la propia Iglesia.

 

El cristianismo es la religión del amor, de la entrega, del sacrificio por los demás, de la renuncia a sí mismo a favor del prójimo. Lógicamente con tales premisas, el egoísmo está fuera de lugar. ¿Y que hay más egoísta que la actitud de aquellos que no quieren darse a otros y se reservan para sí mismos?

 

Muchos dirán: «Bueno, yo no me reservo para mí mismo, pues soy voluntario en una ONG...»  Labor encomiable, sin duda, pero quizá no suficiente. No suficiente por que no es comparable a la paternidad. El voluntario de una ONG tiene la sartén por el mango, es decir, sabe que puede dejarlo cuando quiera (aunque quizá no lo haga nunca). Pero tiene sin duda una libertad de acción que no tiene el que es padre. El voluntario puede, si así sucediera dejar la ONG, o ir menos, u otros días diferentes, etc. El padre no tiene esa opción. Lo suyo es para siempre y sin limitaciones.

 

Ser padre es una decisión irrevocable que ata de por vida. ¡Palabras muy duras para los espíritus poco sacrificados!

 

No es válido el razonamiento de aquel que dice «Este sacrificio que me pides Señor, no lo haré, pero en cambio haré este otro que me gusta más». Esto sencillamente no tiene mérito.

 

Si el rico del Evangelio que había cumplido los mandamientos básicos a quien Jesús le dice: «Todo eso está muy bien, pero te falta una cosa, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y entonces sígueme» (Lc 18, 22). Si este hombre le hubiese dicho a Jesús: «No, Señor, en lugar de eso, entregaré una quinta parte sólo, o mejor, cumpliré los mandamientos con más celo todavía, pero eso que me pides no lo haré...»  Probablemente Jesús hubiera respondido, algo así como que, esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas.

 

Efectivamente, eso es lo que hay, no se puede andar con medias tintas, no se puede tender una mano a Dios, y otra al diablo. Las faltas de omisión también son pecados...

 

Ciertamente que existen muchos factores atenuantes, o quizá eximentes; cada caso individual merece un examen particular, ya que las generalizaciones no llegan a todos los casos. Pero esto no disculpa algunas actitudes como las de aquellos que dicen: «Prefiero tener dos hijos bien atendidos antes que cinco desatendidos». O las de aquellos otros que optan por no tener hijos so pretexto de no tener que hacerles sufrir en «un mundo contaminado, superpoblado, con amenaza nuclear...»

 

Pues permitidme que os diga que esa no es una actitud cristiana. ¿Quién te asegura que un hijo tuyo no será un reformador, un pacificador, una persona clave en la historia? Si, ya sé que ese es un razonamiento ilusorio, y que para determinadas clases sociales es prácticamente una utopía (aunque la historia está llena de casos utópicos).

 

De todas formas repito, no es un razonamiento cristiano ese que opta por no tener hijos para evitarles sufrimientos. Esa es precisamente una postura materialista. No olvidemos que para un cristiano, la vida no es sino el nacimiento a la vida eterna, y que el sufrimiento es una vía de santificación.

 

No teniendo hijos evitamos que un ser humano pueda gozar eternamente de la inmensa excelsitud de la gloria del paraíso, que Dios nos tiene preparada a todos los hombres, y que esos hijos nos agradecerán eternamente. Se lo agradecerán a esos padres que tengan el coraje y la valentía de sacrificar el yo en pos del tú, y del nosotros para constituir una familia cristiana.

 

Aún así, alguien objetará que nacer no significa infaliblemente alcanzar el cielo, sino que también trayendo un niño al mundo le puedo estar condenando al infierno...

 

Ciertamente. Pero esa eventualidad, no es difícil de evitar, y dependerá en gran parte de ti como padre, de la educación que le des, de los valores que le inculques, y de los comportamientos que de ti imite.

 

La infalibilidad del Papa

 

Otro de los argumentos que crispan a nuestros detractores es el tema de la infalibilidad del Papa. Nos acusan muchas veces de cuasi-divinizar a una persona mortal y con defectos, y que no goza de aceptación, sobre todo en ambientes protestantes. A esto suelen unir muchas veces el consabido debate sobre la autoridad de la Iglesia.

 

Sobre la infalibilidad del Papa, hemos de matizar que esta definición no quiere decir que todo lo que diga el Papa «vaya a misa». El Papa es una persona normal, con sus defectos, y sujeta al pecado, como cualquier otro mortal. Aunque pueda ser un hombre muy culto y prudente, no todos sus dictámenes están sujetos a la infalibilidad. 

 

La llamada infalibilidad papal, sólo se aplica a ciertas enseñanzas dogmáticas pronunciadas con una solemnidad especial, que se suelen denominar «ex cathedra». Sólo cuando el Papa habla «ex cathedra» es cuando se puede decir que sus dictámenes son infalibles, pues se refieren a normas de común aceptación respecto a temas de índole dogmática y doctrinal.

 

No se pueden achacar los errores de la Iglesia a lo largo de los tiempos a lagunas de esta infalibilidad. La condena de Galileo por ejemplo, no fue una decisión del papa «ex cathedra» sino el dictamen de una congregación romana, asesorada por el también astrónomo Tycho Brahe.

 

Se dice que algo es infalible cuando reúne todos los requisitos necesarios para reconocer la verdad. Y la verdad, lo quieran o no los relativistas, es única.

 

Si reconocemos que hay un solo Dios, y una sola Revelación, lógicamente avendremos que sólo puede haber una verdadera interpretación.

 

No hay pues dos verdades. Una cosa es la verdad y otra es la opinión. La opinión no es sino el dictamen de alguien que sin poseer el conocimiento de todos los hechos y características de una cosa, intenta aventurar una hipótesis explicativa sobre esa cosa.

 

Porque las cosas son verdad o no lo son, pero no son verdades a medias. Esto es meramente una forma de hablar que significa «es mentira pero se parece a la verdad». Y parecer no significa ser. Yo me puedo parecer a mi hermano, pero no soy mi hermano.

 

De dos personas en una habitación una puede decir que tiene frío, y otra que tiene calor, pero eso no significa que la temperatura es relativa, La temperatura es la que hay y tiene un valor numérico que se puede medir.

 

Quien dice que todo es relativo, ya está incurriendo en contradicción, pues está absolutizando la relatividad, y por tanto no todo es relativo. Y si no todo es relativo, es que hay cosas que son absolutas. ¿Es la religión una de ellas?

 

La religión trata sobre el alma, y el alma, al ser un ente simple no puede ser relativo. Por la sencilla razón de que la relatividad basa su principio elemental en la disparidad, y donde hay unicidad no puede haber relatividad. Por tanto el alma es absoluta, y lógicamente ha de serlo aquello que versa sobre ella.

 

Las cosas absolutas pueden ser discernidas de forma que se conozca su concepto, y por eso se dice que la Iglesia, y el Papa, al ser los instrumentos de dilucidación de las verdades cristianas, son infalibles, es decir, que muestran los contenidos del dogma de forma certera y sin error.

 

Pues si la Iglesia es de Dios y es su miembro visible, La Iglesia no puede estar enseñando de sí misma lo que no es. De la misma forma, si alguien realiza una creación nueva, nadie sino el creador tendrá más razón acerca de la naturaleza de lo creado.

 

Si no existiese la infalibilidad, Dios estaría obligando a sus fieles a creer en el error. Y si Jesucristo es infalible, esto tendrá que ser por fuerza la Iglesia, pues fue enviada por Él, y a quien prometió su perpetua asistencia. «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

 

Entendamos pues la infalibilidad en este sentido, es decir que los dictámenes de la Iglesia en cuestiones dogmáticas de la fe y de la Revelación son ciertos. Y no busquemos los tres pies al gato.

 

Hay ciertamente materias, sobre todo de índole moral sobre las que la Iglesia tiene todo el deber de pronunciarse, pero que nadie, ni siquiera ella misma reconoce que sean infalibles.

 

Pero esto no quiere decir que sean cuestiones optativas, y que podamos nosotros elegir sobre seguirlas o no seguirlas como si fuese el menú de un restaurante. La Iglesia como madre nos aconseja prudentemente y nos da los mejores medios para procurarnos la salvación. Nadie mejor que la Iglesia para pronunciarse sobre estos temas ya que tiene mayores conocimientos para dictaminar sobre algo que atañe al alma de las personas, y por ende a la religión.

 

 

Las sectas

 

No voy a hablar ahora de ese tipo de sectas llamadas destructivas, que de vez en cuando asaltan los telediarios, y nos llenan de sorpresa y pavor. No; me voy a referir a esas otras pseudo-confesiones generalmente de índole protestante (la variedad es enorme) de las muchas que proliferan en el mundo, y que, aunque no suelen causar un daño físico relevante al individuo, son las responsables de que muchas personas que en una u otra forma dependieron de la Iglesia Católica, hayan sido atraídas por sus sugerentes formas y falsos mensajes.

 

El secreto del éxito de las sectas se asienta sobre el principio de ofrecer una alternativa. El individuo, hastiado de la forma de vida de la sociedad materialista, y con su ansia de Dios intacta, busca consuelo en lo nuevo, en aquello que se le ofrece como liberación, como cambio. La persona suele ser captada al atravesar crisis existenciales o desgracias personales, cuando se siente solo y excluido de la sociedad convencional.

 

Una vez dado el primer e importantísimo paso, la continuidad se asienta en la participación en las responsabilidades, en el sentimiento de pertenencia sin anonimato. Los individuos se integran en una comunidad viviente en la que cada uno desempeña un papel activo, y en donde existe una alta concepción del «nosotros».

 

Las sectas consiguen formar numerosas comunidades pequeñas a escala humana, lo que les hacer ser cálidas y fraternales. En la secta la persona encuentra el calor y la aceptación que le falta y le hace recobrar su autoestima al sentirse alentado e impulsado a una tarea concreta. Poco importa el credo que se profese en la secta a esos individuos que han encontrado una verdadera familia en la que todos se conocen y trabajan juntos, donde son una verdadera comunidad, donde no hay lugar para el aburrimiento.

 

Sin embargo, todo es ilusorio. Pasa lo mismo que con esos estupendos pasteles de merengue que vemos en los escaparates de las pastelerías. Nos entran por los ojos, ¡y de que forma! Sin embargo, cuando ya hemos comido la mitad del pastel, comenzamos a estar empachados y nos damos cuenta de que no era lo que parecía. Empezamos a recordar el dinero gastado, y sólo por eso seguimos comiendo. Hasta que llega un momento en que no podemos más, y nos deshacemos de lo que nos queda.

 

El motivo por el que nuestra Iglesia Católica es incapaz de retener en su seno a todas esas personas, no es el que nuestro credo o nuestra doxología sea inferior o menos atrayente. Al contrario, nuestra doctrina es superior, más completa, dinámica y siempre maravillosa, pues está basada en el amor.

 

Una vez estuve en un país del norte de Europa, y entablé conversación con una persona de allí acerca de sus preferencias gastronómicas. Me comentó que le gustaban mucho los vinos franceses e italianos, también algunos californianos, e incluso me habló de un cierto vino australiano que le gustó especialmente. Le increpé si le gustaba algún vino español, y me dijo ante mi sorpresa, que no conocía ninguno e incluso dudaba que en España hubiera vinos de calidad.

 

Conclusión: ¿Son acaso los vinos españoles peores que los franceses o los italianos? ¿Tiene algo que envidiar el mejor Rioja o Ribera del Duero a cualquier vino del mundo? Probablemente no. Entonces, ¿cual es el problema?

 

El problema es que no damos a conocer suficientemente nuestros productos, y por eso la gente no los aprecia. No sabemos vender bien y la fama (o mala fama) de algo repercute indefectiblemente en toda la concepción que se tiene de eso mismo.

 

Pues lo mismo ocurre con la Iglesia y con las sectas. Aunque tenemos el mejor «producto» que se puede tener, sin embargo no sabemos venderlo, no sabemos difundirlo y nuestra publicidad es mala. El increíble gancho que tenían las comunidades y los predicadores de los primeros tiempos del cristianismo no existe ahora. Pero no porque nuestra doctrina esté muerta, sea menos atrayente, o haya llegado a su consumación final. No.

 

Una religión como la nuestra siempre está vigente, siempre se necesita y en estos tiempos más que nunca. Simplemente nos falta una buena publicidad, una buena imagen y la convicción necesaria. En eso nos han ganado las sectas. En todo lo demás tienen las de perder.

 

 

La totalidad

 

Los cristianos de conveniencia (aquí llamados de supermercado) no son conscientes de su situación. Ellos creen que son cristianos de verdad, quizá más auténticos (piensan ellos) que muchos cristianos beatones y pamplineros, que se pasan el día en la iglesia rezando con palabras huecas.

 

Pero el caso es que están en un error. No son cristianos auténticos, sino cristianos «a medias».

 

Quizá todo sea un problema de planteamiento, un error de enfoque. Para ellos Dios es un objeto, una cosa más junto al mundo, algo que se puede elegir ó rechazar, algo por lo que se puede optar ahora y al momento repudiar, como quien opta por comer carne ó pescado, según las apetencias de cada momento y las conveniencias de la salud.

 

«Yo hoy no voy a misa por que no me apetece», «Es que el cura es un plomazo y me duermo en el sermón», «Hemos quedado con unos amigos y no me da tiempo a ir a misa...» Son actitudes propias del cristiano por conveniencia. Para él, la religión es un producto de consumo. Sirve para paliar ciertos miedos, ciertas angustias o remordimientos, ciertos estados de ánimo. La necesidad del consumo se mitiga o extingue al desaparecer la situación psicológica particular que le lleva a ello, cuando es sustituida ésta por una circunstancia o preferencia nueva que en ese momento surge.

 

Sin embargo, Dios no es algo que está ahí para ser producto de una opción temporal o discontinua. La elección por Dios ha de ser total, perpetua y continuada, al menos en intención. Ha de ser UNA OPCION DE VIDA. El cristiano que se convierte no puede conformarse con añadir a Dios a su vida, sino más bien con añadir su vida a Dios. Es decir, no puede conformarse con salpicarse con gotas de Dios, ni con meterse en Él sólo hasta las rodillas. No. Ha de volcarse íntegramente, sumergirse en el todo que constituye el ser y la vida.

 

Dios no es una preferencia culinaria, no es un determinado plato por el que se puede optar, sino que es el comer en sí. Es Aquello a lo que se antepone todo, es la respiración del ser vivo, sin la cual éste no puede hacer nada ni mantenerse con vida, y por cuyo acto no tiene el poder de optar.

 

Es este un buen ejemplo, pues efectivamente el ser vivo necesita la respiración para mantenerse con vida. Puede hacer muchas otras cosas, pero siempre sin dejar de respirar (caminar en la presencia del Señor). No puede nunca renunciar a respirar, no puede optar por situaciones en las que la respiración sea imposible, pues le va la vida en ello.

 

Pues así es Dios para un cristiano, es su respiración, de la que no puede prescindir ni un sólo minuto de su vida, y que prevalece sobre cualquier cosa.

 

Este sentimiento de totalidad lo conocen muy bien los monjes. Ellos renuncian a algo que nosotros llamamos «todo», por aquello que es «TODO» de verdad. Porque un monje de vocación, que vive la religión en estado puro, que consagra su modo de vida a Dios, no necesita nada más.

 

El que se acostumbra a moverse en un coche de gran cilindrada no le apetece en absoluto cambiarlo por un triciclo. Es la saciedad que produce Dios. Es como el que está durante tres horas comiendo en un restaurante de cinco tenedores todo tipo de manjares exquisitos, y a la salida le proponen entrar en una tasca a comer acelgas. La respuesta es evidente.

 

Pero ojo, no nos engañemos. No sólo el monje conoce esa sensación de saciedad. No sólo es él el que está sumergido en el estanque de Dios. Lo que ocurre es que él lo tiene más fácil pues está desnudo y puede nadar mejor, mientras que nosotros estamos vestidos, y la ropa nos dificulta un tanto los movimientos. Pero efectivamente, todos los cristianos recibimos esa invitación. Todos los cristianos podemos imbuirnos en el Todo de Dios y hacer de nosotros una prolongación de Él mismo, de forma que a través nuestro se manifieste todo su esplendor. Y así seremos poderosos, y conseguiremos todo lo que nos propongamos, pues no es otra voluntad la que opera en nosotros sino la de Dios mismo, supremo poder y fuerza del universo.

 

 

Los misterios de Dios

 

Son muchos los que nos achacan la aparente complejidad de nuestra religión y no entienden por ejemplo, qué funciones tienen las tres Personas de la Trinidad, la Virgen, ó los santos. Se especula sobre la posición de Jesús respecto al Padre, o sobre la existencia del Espíritu Santo.

 

En primer lugar he de decir que los misterios de fe son siempre superiores al entendimiento humano, y adentrarse en ellos puede suponer para el individuo poco experimentado todo un despropósito.

 

Con la sola razón podemos conocer detalles y atributos de Dios como su perfección y eternidad, pero ir más allá es aventurarse por terrenos para los que nuestra mente no está preparada.

 

Pero eso no es óbice para desestimar la fe. No por que algo no se pueda comprender significa que no es verdad.

 

Hay muchos hechos cotidianos que ofrecen no pocos misterios, como el magnetismo, la gravedad, etc. Los científicos pueden establecer sus leyes y determinar sus causas, pero son incapaces de definir su esencia.

 

No podemos pues extrañarnos de que también haya misterios en un Dios infinito que sobrepasa completamente nuestra capacidad intelectual.

 

Si Dios cupiese en nuestro entendimiento, sería limitado, y por tanto no podría ser superior a nosotros. Siempre podríamos alcanzarle. Pero así como la inmensidad del mar no abarca nuestro campo de visión, tampoco Dios en su inmensidad cabe en nuestro entendimiento.

 

A pesar de todo, conocemos muchas cosas de Dios debido a la Revelación.

 

Pero, ¿Cómo sabemos que lo que nos dice la Revelación es cierto? Pues de la misma manera que creemos en la existencia de sitios que nunca hemos visto ni hemos visitado. Es decir, nos fiamos de quien nos lo ha dicho y además, lo hemos comprobado indirectamente por otros medios.

 

Pues igualmente en la fe, nos debemos de fiar de lo que dice la Escritura, pero no de una manera literal como lo hacen algunas sectas, que interpretan muchos de los recursos literarios de los autores sagrados como si de certezas inapelables se tratase. Muchas veces hemos de extrapolar y saber leer entre líneas, y sobre todo, ver el fondo de las cosas, es decir, atender al mensaje que se intenta decir, y no como se dice.

 

De esta forma sabemos a través de la Revelación, que Dios es uno sólo, pero con tres expresiones diferentes. No son tres dioses, sino uno solo, con una única esencia, que se manifiesta en tres formas. No es que las Tres Personas se repartan la divinidad, sino que ésta es poseída completamente por cada una de las tres.

 

Ocurre lo mismo con el agua, pues ésta puede manifestarse como vapor, como líquido o como sólido, pero su formulación química es la misma. Y también con nuestro pensamiento. Con una sola mente podemos recordar, amar, discernir...

 

Así, a la primera Persona se le atribuye la creación, mientras que la segunda fue la encargada de la redención del género humano. El Espíritu Santo es como el amor que brota entre las dos primeras Personas.

 

La segunda Persona procede del Padre, pero es una procedencia de origen, no de tiempo, pues las tres Personas existen desde siempre, son eternas.

 

El Dios que confesamos y amamos se manifiesta en esta triple esencia, que también se puede representar como dar-acoger-amar. Una triple faceta, a la que también estamos llamados nosotros, y a través de la cual nos desarrollamos como personas.

 

En definitiva, como ya digo, es absurdo centrarse en especular sobre la naturaleza intrínseca de la divinidad, o en si Dios hizo el mundo en seis días o fueron siete, de si Matusalén vivió mil años o es una hipérbole, o si se separaron realmente las aguas del Mar Rojo.

 

No. Nuestra religiosidad debe estar por encima de todo eso y centrarse únicamente en los sentimientos de nuestra conciencia y en la verdad. ¿Y cual es la verdad? Pues la verdad es el Padre, que se manifiesta por el Hijo, y nos envía su Espíritu.

 

La infalibilidad del Papa

 

Otro de los argumentos que crispan a nuestros detractores es el tema de la infalibilidad del Papa. Nos acusan muchas veces de cuasi-divinizar a una persona mortal y con defectos, y que no goza de aceptación, sobre todo en ambientes protestantes. A esto suelen unir muchas veces el consabido debate sobre la autoridad de la Iglesia.

 

Sobre la infalibilidad del Papa, hemos de matizar que esta definición no quiere decir que todo lo que diga el Papa «vaya a misa». El Papa es una persona normal, con sus defectos, y sujeta al pecado, como cualquier otro mortal. Aunque pueda ser un hombre muy culto y prudente, no todos sus dictámenes están sujetos a la infalibilidad. 

 

La llamada infalibilidad papal, sólo se aplica a ciertas enseñanzas dogmáticas pronunciadas con una solemnidad especial, que se suelen denominar «ex cathedra». Sólo cuando el Papa habla «ex cathedra» es cuando se puede decir que sus dictámenes son infalibles, pues se refieren a normas de común aceptación respecto a temas de índole dogmática y doctrinal.

 

No se pueden achacar los errores de la Iglesia a lo largo de los tiempos a lagunas de esta infalibilidad. La condena de Galileo por ejemplo, no fue una decisión del papa «ex cathedra» sino el dictamen de una congregación romana, asesorada por el también astrónomo Tycho Brahe.

 

Se dice que algo es infalible cuando reúne todos los requisitos necesarios para reconocer la verdad. Y la verdad, lo quieran o no los relativistas, es única.

 

Si reconocemos que hay un solo Dios, y una sola Revelación, lógicamente avendremos que sólo puede haber una verdadera interpretación.

 

No hay pues dos verdades. Una cosa es la verdad y otra es la opinión. La opinión no es sino el dictamen de alguien que sin poseer el conocimiento de todos los hechos y características de una cosa, intenta aventurar una hipótesis explicativa sobre esa cosa.

 

Porque las cosas son verdad o no lo son, pero no son verdades a medias. Esto es meramente una forma de hablar que significa «es mentira pero se parece a la verdad». Y parecer no significa ser. Yo me puedo parecer a mi hermano, pero no soy mi hermano.

 

De dos personas en una habitación una puede decir que tiene frío, y otra que tiene calor, pero eso no significa que la temperatura es relativa, La temperatura es la que hay y tiene un valor numérico que se puede medir.

 

Quien dice que todo es relativo, ya está incurriendo en contradicción, pues está absolutizando la relatividad, y por tanto no todo es relativo. Y si no todo es relativo, es que hay cosas que son absolutas. ¿Es la religión una de ellas?

 

La religión trata sobre el alma, y el alma, al ser un ente simple no puede ser relativo. Por la sencilla razón de que la relatividad basa su principio elemental en la disparidad, y donde hay unicidad no puede haber relatividad. Por tanto el alma es absoluta, y lógicamente ha de serlo aquello que versa sobre ella.

 

Las cosas absolutas pueden ser discernidas de forma que se conozca su concepto, y por eso se dice que la Iglesia, y el Papa, al ser los instrumentos de dilucidación de las verdades cristianas, son infalibles, es decir, que muestran los contenidos del dogma de forma certera y sin error.

 

Pues si la Iglesia es de Dios y es su miembro visible, La Iglesia no puede estar enseñando de sí misma lo que no es. De la misma forma, si alguien realiza una creación nueva, nadie sino el creador tendrá más razón acerca de la naturaleza de lo creado.

 

Si no existiese la infalibilidad, Dios estaría obligando a sus fieles a creer en el error. Y si Jesucristo es infalible, esto tendrá que ser por fuerza la Iglesia, pues fue enviada por Él, y a quien prometió su perpetua asistencia. «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

 

Entendamos pues la infalibilidad en este sentido, es decir que los dictámenes de la Iglesia en cuestiones dogmáticas de la fe y de la Revelación son ciertos. Y no busquemos los tres pies al gato.

 

Hay ciertamente materias, sobre todo de índole moral sobre las que la Iglesia tiene todo el deber de pronunciarse, pero que nadie, ni siquiera ella misma reconoce que sean infalibles.

 

Pero esto no quiere decir que sean cuestiones optativas, y que podamos nosotros elegir sobre seguirlas o no seguirlas como si fuese el menú de un restaurante. La Iglesia como madre nos aconseja prudentemente y nos da los mejores medios para procurarnos la salvación. Nadie mejor que la Iglesia para pronunciarse sobre estos temas ya que tiene mayores conocimientos para dictaminar sobre algo que atañe al alma de las personas, y por ende a la religión.

 

 

Las sectas

 

No voy a hablar ahora de ese tipo de sectas llamadas destructivas, que de vez en cuando asaltan los telediarios, y nos llenan de sorpresa y pavor. No; me voy a referir a esas otras pseudo-confesiones generalmente de índole protestante (la variedad es enorme) de las muchas que proliferan en el mundo, y que, aunque no suelen causar un daño físico relevante al individuo, son las responsables de que muchas personas que en una u otra forma dependieron de la Iglesia Católica, hayan sido atraídas por sus sugerentes formas y falsos mensajes.

 

El secreto del éxito de las sectas se asienta sobre el principio de ofrecer una alternativa. El individuo, hastiado de la forma de vida de la sociedad materialista, y con su ansia de Dios intacta, busca consuelo en lo nuevo, en aquello que se le ofrece como liberación, como cambio. La persona suele ser captada al atravesar crisis existenciales o desgracias personales, cuando se siente solo y excluido de la sociedad convencional.

 

Una vez dado el primer e importantísimo paso, la continuidad se asienta en la participación en las responsabilidades, en el sentimiento de pertenencia sin anonimato. Los individuos se integran en una comunidad viviente en la que cada uno desempeña un papel activo, y en donde existe una alta concepción del «nosotros».

 

Las sectas consiguen formar numerosas comunidades pequeñas a escala humana, lo que les hacer ser cálidas y fraternales. En la secta la persona encuentra el calor y la aceptación que le falta y le hace recobrar su autoestima al sentirse alentado e impulsado a una tarea concreta. Poco importa el credo que se profese en la secta a esos individuos que han encontrado una verdadera familia en la que todos se conocen y trabajan juntos, donde son una verdadera comunidad, donde no hay lugar para el aburrimiento.

 

Sin embargo, todo es ilusorio. Pasa lo mismo que con esos estupendos pasteles de merengue que vemos en los escaparates de las pastelerías. Nos entran por los ojos, ¡y de que forma! Sin embargo, cuando ya hemos comido la mitad del pastel, comenzamos a estar empachados y nos damos cuenta de que no era lo que parecía. Empezamos a recordar el dinero gastado, y sólo por eso seguimos comiendo. Hasta que llega un momento en que no podemos más, y nos deshacemos de lo que nos queda.

 

El motivo por el que nuestra Iglesia Católica es incapaz de retener en su seno a todas esas personas, no es el que nuestro credo o nuestra doxología sea inferior o menos atrayente. Al contrario, nuestra doctrina es superior, más completa, dinámica y siempre maravillosa, pues está basada en el amor.

 

Una vez estuve en un país del norte de Europa, y entablé conversación con una persona de allí acerca de sus preferencias gastronómicas. Me comentó que le gustaban mucho los vinos franceses e italianos, también algunos californianos, e incluso me habló de un cierto vino australiano que le gustó especialmente. Le increpé si le gustaba algún vino español, y me dijo ante mi sorpresa, que no conocía ninguno e incluso dudaba que en España hubiera vinos de calidad.

 

Conclusión: ¿Son acaso los vinos españoles peores que los franceses o los italianos? ¿Tiene algo que envidiar el mejor Rioja o Ribera del Duero a cualquier vino del mundo? Probablemente no. Entonces, ¿cual es el problema?

 

El problema es que no damos a conocer suficientemente nuestros productos, y por eso la gente no los aprecia. No sabemos vender bien y la fama (o mala fama) de algo repercute indefectiblemente en toda la concepción que se tiene de eso mismo.

 

Pues lo mismo ocurre con la Iglesia y con las sectas. Aunque tenemos el mejor «producto» que se puede tener, sin embargo no sabemos venderlo, no sabemos difundirlo y nuestra publicidad es mala. El increíble gancho que tenían las comunidades y los predicadores de los primeros tiempos del cristianismo no existe ahora. Pero no porque nuestra doctrina esté muerta, sea menos atrayente, o haya llegado a su consumación final. No.

 

Una religión como la nuestra siempre está vigente, siempre se necesita y en estos tiempos más que nunca. Simplemente nos falta una buena publicidad, una buena imagen y la convicción necesaria. En eso nos han ganado las sectas. En todo lo demás tienen las de perder.

 

 

La totalidad

 

Los cristianos de conveniencia (aquí llamados de supermercado) no son conscientes de su situación. Ellos creen que son cristianos de verdad, quizá más auténticos (piensan ellos) que muchos cristianos beatones y pamplineros, que se pasan el día en la iglesia rezando con palabras huecas.

 

Pero el caso es que están en un error. No son cristianos auténticos, sino cristianos «a medias».

 

Quizá todo sea un problema de planteamiento, un error de enfoque. Para ellos Dios es un objeto, una cosa más junto al mundo, algo que se puede elegir ó rechazar, algo por lo que se puede optar ahora y al momento repudiar, como quien opta por comer carne ó pescado, según las apetencias de cada momento y las conveniencias de la salud.

 

«Yo hoy no voy a misa por que no me apetece», «Es que el cura es un plomazo y me duermo en el sermón», «Hemos quedado con unos amigos y no me da tiempo a ir a misa...» Son actitudes propias del cristiano por conveniencia. Para él, la religión es un producto de consumo. Sirve para paliar ciertos miedos, ciertas angustias o remordimientos, ciertos estados de ánimo. La necesidad del consumo se mitiga o extingue al desaparecer la situación psicológica particular que le lleva a ello, cuando es sustituida ésta por una circunstancia o preferencia nueva que en ese momento surge.

 

Sin embargo, Dios no es algo que está ahí para ser producto de una opción temporal o discontinua. La elección por Dios ha de ser total, perpetua y continuada, al menos en intención. Ha de ser UNA OPCION DE VIDA. El cristiano que se convierte no puede conformarse con añadir a Dios a su vida, sino más bien con añadir su vida a Dios. Es decir, no puede conformarse con salpicarse con gotas de Dios, ni con meterse en Él sólo hasta las rodillas. No. Ha de volcarse íntegramente, sumergirse en el todo que constituye el ser y la vida.

 

Dios no es una preferencia culinaria, no es un determinado plato por el que se puede optar, sino que es el comer en sí. Es Aquello a lo que se antepone todo, es la respiración del ser vivo, sin la cual éste no puede hacer nada ni mantenerse con vida, y por cuyo acto no tiene el poder de optar.

 

Es este un buen ejemplo, pues efectivamente el ser vivo necesita la respiración para mantenerse con vida. Puede hacer muchas otras cosas, pero siempre sin dejar de respirar (caminar en la presencia del Señor). No puede nunca renunciar a respirar, no puede optar por situaciones en las que la respiración sea imposible, pues le va la vida en ello.

 

Pues así es Dios para un cristiano, es su respiración, de la que no puede prescindir ni un sólo minuto de su vida, y que prevalece sobre cualquier cosa.

 

Este sentimiento de totalidad lo conocen muy bien los monjes. Ellos renuncian a algo que nosotros llamamos «todo», por aquello que es «TODO» de verdad. Porque un monje de vocación, que vive la religión en estado puro, que consagra su modo de vida a Dios, no necesita nada más.

 

El que se acostumbra a moverse en un coche de gran cilindrada no le apetece en absoluto cambiarlo por un triciclo. Es la saciedad que produce Dios. Es como el que está durante tres horas comiendo en un restaurante de cinco tenedores todo tipo de manjares exquisitos, y a la salida le proponen entrar en una tasca a comer acelgas. La respuesta es evidente.

 

Pero ojo, no nos engañemos. No sólo el monje conoce esa sensación de saciedad. No sólo es él el que está sumergido en el estanque de Dios. Lo que ocurre es que él lo tiene más fácil pues está desnudo y puede nadar mejor, mientras que nosotros estamos vestidos, y la ropa nos dificulta un tanto los movimientos. Pero efectivamente, todos los cristianos recibimos esa invitación. Todos los cristianos podemos imbuirnos en el Todo de Dios y hacer de nosotros una prolongación de Él mismo, de forma que a través nuestro se manifieste todo su esplendor. Y así seremos poderosos, y conseguiremos todo lo que nos propongamos, pues no es otra voluntad la que opera en nosotros sino la de Dios mismo, supremo poder y fuerza del universo.

 

 

Los misterios de Dios

 

Son muchos los que nos achacan la aparente complejidad de nuestra religión y no entienden por ejemplo, qué funciones tienen las tres Personas de la Trinidad, la Virgen, ó los santos. Se especula sobre la posición de Jesús respecto al Padre, o sobre la existencia del Espíritu Santo.

 

En primer lugar he de decir que los misterios de fe son siempre superiores al entendimiento humano, y adentrarse en ellos puede suponer para el individuo poco experimentado todo un despropósito.

 

Con la sola razón podemos conocer detalles y atributos de Dios como su perfección y eternidad, pero ir más allá es aventurarse por terrenos para los que nuestra mente no está preparada.

 

Pero eso no es óbice para desestimar la fe. No por que algo no se pueda comprender significa que no es verdad.

 

Hay muchos hechos cotidianos que ofrecen no pocos misterios, como el magnetismo, la gravedad, etc. Los científicos pueden establecer sus leyes y determinar sus causas, pero son incapaces de definir su esencia.

 

No podemos pues extrañarnos de que también haya misterios en un Dios infinito que sobrepasa completamente nuestra capacidad intelectual.

 

Si Dios cupiese en nuestro entendimiento, sería limitado, y por tanto no podría ser superior a nosotros. Siempre podríamos alcanzarle. Pero así como la inmensidad del mar no abarca nuestro campo de visión, tampoco Dios en su inmensidad cabe en nuestro entendimiento.

 

A pesar de todo, conocemos muchas cosas de Dios debido a la Revelación.

 

Pero, ¿Cómo sabemos que lo que nos dice la Revelación es cierto? Pues de la misma manera que creemos en la existencia de sitios que nunca hemos visto ni hemos visitado. Es decir, nos fiamos de quien nos lo ha dicho y además, lo hemos comprobado indirectamente por otros medios.

 

Pues igualmente en la fe, nos debemos de fiar de lo que dice la Escritura, pero no de una manera literal como lo hacen algunas sectas, que interpretan muchos de los recursos literarios de los autores sagrados como si de certezas inapelables se tratase. Muchas veces hemos de extrapolar y saber leer entre líneas, y sobre todo, ver el fondo de las cosas, es decir, atender al mensaje que se intenta decir, y no como se dice.

 

De esta forma sabemos a través de la Revelación, que Dios es uno sólo, pero con tres expresiones diferentes. No son tres dioses, sino uno solo, con una única esencia, que se manifiesta en tres formas. No es que las Tres Personas se repartan la divinidad, sino que ésta es poseída completamente por cada una de las tres.

 

Ocurre lo mismo con el agua, pues ésta puede manifestarse como vapor, como líquido o como sólido, pero su formulación química es la misma. Y también con nuestro pensamiento. Con una sola mente podemos recordar, amar, discernir...

 

Así, a la primera Persona se le atribuye la creación, mientras que la segunda fue la encargada de la redención del género humano. El Espíritu Santo es como el amor que brota entre las dos primeras Personas.

 

La segunda Persona procede del Padre, pero es una procedencia de origen, no de tiempo, pues las tres Personas existen desde siempre, son eternas.

 

El Dios que confesamos y amamos se manifiesta en esta triple esencia, que también se puede representar como dar-acoger-amar. Una triple faceta, a la que también estamos llamados nosotros, y a través de la cual nos desarrollamos como personas.

 

En definitiva, como ya digo, es absurdo centrarse en especular sobre la naturaleza intrínseca de la divinidad, o en si Dios hizo el mundo en seis días o fueron siete, de si Matusalén vivió mil años o es una hipérbole, o si se separaron realmente las aguas del Mar Rojo.

 

No. Nuestra religiosidad debe estar por encima de todo eso y centrarse únicamente en los sentimientos de nuestra conciencia y en la verdad. ¿Y cual es la verdad? Pues la verdad es el Padre, que se manifiesta por el Hijo, y nos envía su Espíritu.

 

El bautismo

 

Muchos indiferentes demoran el bautismo de sus hijos aduciendo parcas razones, como esa de «que se bautice él cuando sea mayor, si quiere»; o esa otra de «cuando sea mayor, que escoja él la religión que quiera».

 

Con ese mismo razonamiento, podríamos decir a algún padre que no lleve al colegio a su hijo, sino que le deje escoger libremente cuando sea mayor, si quiere o no escolarizarse, y el colegio donde desea ir...

 

Y es que la religión se aprende en casa, en la familia, cuando uno es niño. La probabilidad de que una persona no bautizada que ha crecido en un hogar ateo se convierta al cristianismo es muy exigua, prácticamente nula.

 

Seguro que si a tu hijo le correspondiese una herencia, no esperarías a que fuera mayor para ir a recogerla, sino que se la traerías cuanto antes.

 

¿Y qué mayor herencia que ser admitido entre los que integran el pueblo de Dios? ¿Qué mejor insignia podemos pasear por el mundo que aquella que nos identifica como hijos predilectos del Altísimo?

 

Cualquier dignidad es inferior a la que detentan los bautizados. El Papa no es grande por ser Papa, sino por ser cristiano, por haber sido bautizado.

 

Los mismos protestantes, tan críticos con la mayoría de los sacramentos, consideran este como uno de los más aceptados entre las diferentes sectas. Sin embargo, en su obsesión por adherirse al pie de la letra a la Biblia (en lugar de interpretar el espíritu de lo que se dice, pues ven la forma pero no el fondo) explican que sólo debe ser administrado a aquellos que ya tienen el uso de la razón. Se basan para ello en algunas citas de las Sagradas Escrituras.

 

Así Jesucristo dice: «Id, enseñad y bautizad». Esta frase para los protestantes es interpretada tan al pie de la letra, que dicen que se debe hacer en el mismo orden. Es decir, primero enseñar, y luego bautizar. Por tanto, para ellos, no se puede bautizar al que no conoce la doctrina.

 

Igualmente otro pasaje dice «quien creyera y fuera bautizado, será salvado». Un niño, por tanto, al no poder hacer un acto de fe, no puede ser bautizado. Esto se deriva de un  principio fundamental del protestantismo que establece que aquello que no está taxativamente prescrito en la Biblia no puede efectuarse. Y es esta otra contradicción de los protestantes, ya que no todos los libros de la Biblia han sido siempre aceptados por ellos.

 

Sin embargo, es doctrina general de los padres de la Iglesia primitiva, la prescripción del bautismo infantil. Así encontramos exhortaciones en este sentido en San Dionisio Areopagita, San Irieneo, Orígenes o San Cipriano.

 

Pero por otra parte, tampoco hay que estar muy ciego para no ver la lógica de las afirmaciones de Jesús cuando dice «Id, enseñad y bautizad». Lógicamente, Él manda a los apóstoles a proclamar el Evangelio, y enseñarlo a los hombres (a quien puede comprenderlo). Es absurdo pretender evangelizar a los niños y dejar a los adultos inconversos. Por el contrario, cualquier apostolado ha de hacerse entre los adultos, y una vez convertidos éstos, ya se encargarían ellos mismos de extender la fe (y el bautismo) a sus propios hijos. Jesús no podía haber dicho «Id y bautizar a los niños y enseñad a los adultos», pues entonces, ¿se quedan los adultos sin bautizar?

 

Lógicamente las instrucciones que daba Jesús a los apóstoles versaban sobre los hombres, pues era a ellos a quién se debía evangelizar. Por motivos obvios, y puesto que después de la conversión acaece el bautismo, se prescribe por ese orden. Nada más. Ese es el espíritu con que se deben leer esas citas.

 

En definitiva, los cristianos deberíamos ser más conscientes del privilegio del bautismo y apreciarlo como se merece, obrando en consecuencia con lo que ello entraña.

 

 

El aborto

 

A diferencia de otros puntos tratados anteriormente, sobre este asunto hay un gran número de no católicos que coinciden con la opinión de la Iglesia.

 

Y es que el aborto es verdaderamente un asesinato.

 

Biológicamente hablando, un hombre adulto no se diferencia en nada de un embrión. Ambos tienen los cuarenta y seis pares de cromosomas que les identifican como pertenecientes a la especie humana, y su ADN es el mismo.

 

La ciencia nos dice que un embrión, en las primeras horas de su formación es desde el punto de vista biológico un ser humano. Ambos son personas, por muy diferente que sea la apariencia externa de uno y otro.

 

Hay un craso error en el que caen muchas madres cuando dicen: «yo puedo hacer con mi cuerpo lo que me dé la gana».

 

Esto es erróneo por dos motivos:

 

El primero es que sólo Dios tiene el derecho legítimo a disponer de la vida de las personas (esto vale también por los que practican la eutanasia).

 

El segundo motivo es más obvio: aún suponiendo que pudieras hacer con tu cuerpo lo que te diera la gana, el caso es que el ser que llevas dentro de ti, no es tu cuerpo.

 

Es precisamente otra persona, cuya vida no te pertenece, como ningún ser humano pertenece a otro. El hecho de que esté en tu interior no te autoriza a disponer de él. Es simplemente la forma de la que se vale la Naturaleza para hacer crecer a los mamíferos en las primeras etapas de su vida. La madre es pues la anfitriona que ésta ha designado para albergar a ese ser.

 

Las mismas actitudes egoístas que presenciamos cuando hablábamos de la contracepción aparecen aquí. Sólo que ahora mucho más acrecentadas. Llegan hasta el punto del asesinato.

 

El sentimiento de vacío y de arrepentimiento que experimenta una madre que pierde voluntariamente a un hijo es inenarrable.

 

 

La Virgen María

 

¿Cómo no hablar en un libro como este de la Madre de nuestro Señor Jesucristo, Madre de Dios y Madre nuestra? Y para seguir la tónica del libro, voy a hablar para defenderla, y para honrarla, con intención humilde y sincera, que compensará aún mínimamente los favores que ella me ha hecho durante mi vida.

 

María es Madre de Dios, pues Jesucristo no es sólo hombre verdadero, sino también según la fe, Dios verdadero. No es mitad Dios y mitad hombre, como muchos han querido expresar, designándole como semi-dios o como súper hombre. No; Jesucristo, es según la fe, hombre cien por cien, y también Dios cien por cien.

 

Es este un Misterio incomprensible, que supera nuestro entendimiento, y sólo puede ser asimilado a través de la fe.

 

Así pues, María es Madre de Dios. Pero ojo, esto no la convierte a ella en divina, en la significación estricta de la acepción, ni nuestro culto a ella debe ser de adoración. De esto nos han acusado no pocas veces nuestros detractores, especialmente los protestantes.

 

María es una mujer, una criatura humana. Pero la mujer más grande de toda la historia, que por una gracia especialísima de Dios, fue la designada para ser la Madre terrenal de nuestro Señor Jesucristo.

 

Dios quiso que fuese así. Jesús podría haber aparecido en la Historia de repente, sin tener Madre ni origen conocido. Pero de nuevo para darnos ejemplo quiso refugiarse en la humildad. En la humildad de una pobre sierva que carecía de todo, menos de lo más importante: la humildad y el amor a Dios.

 

Nuestro culto hacia María es de veneración. Honramos a la Virgen María por ser quien es, y la rogamos por nuestras cosas cotidianas, con la certeza de que su proximidad a Jesús es garantía suficiente de su acción intercesora para con nosotros.

 

Aparte de la cuestión adoración-veneración, los protestantes suelen hablar de la pretendida progenie de María. Afirman que tuvo otros hijos, que Jesús tuvo hermanos, y denostan su virginidad.

 

Pero los protestantes, de todos modos, nos atacan con espadas de plástico, pues podemos rebatirles con sus mismas armas.

 

Así, ellos dicen que hay pasajes en los Evangelios donde se habla de «los hermanos de Jesús» o referencias que parecen indicar la existencia de hermanos. No obstante, todo es una cuestión de términos y de significación de las palabras. Y es que resulta que según el uso de aquellos tiempos, se entendía por hermano a todo pariente en línea colateral. Así por ejemplo, en el Génesis se lee que Abraham llama a Lot su hermano, cuando solamente era sobrino (Gen. 13, 8).

 

Otro pasaje que viene a demostrar la inexistencia de hermanos es aquel en que Jesús muriendo en la cruz deja encomendada su Madre al Apóstol San Juan (Juan 19, 26). ¿Habría hecho esto Jesús si María tuviera más hijos? Los «hermanos de Jesús» de los que habla el Evangelio eran primos, nada más.

 

Igualmente, el término «primogénito»  significa además de «el primero», que después no hubo otros.

 

Pero términos aparte, María no sólo es Madre de Dios, sino también Madre nuestra y Madre de la Iglesia. No sólo porque Jesús nos la confiara bajo esta acepción a través de Juan poco antes de morir (Juan 19, 27), sino también porque si María es Madre de Jesús, que es la cabeza de la Iglesia, es lógico que también lo sea nuestra, que formamos lo que se denomina su «cuerpo místico».

 

María estuvo con Jesús hasta el mismo momento de su muerte en el calvario, y convivió con los apóstoles en los primeros tiempos de la Iglesia. Sus títulos y prerrogativas son múltiples, como lo atestiguan las letanías del Santo Rosario.

 

Estos títulos y funciones a veces despistan a muchos cristianos, pues piensan que por ejemplo la Virgen del Carmen y la Virgen del Pilar son personas distintas.

 

Pero no. Ambas son María, mujer hebrea descendiente de David, que fue elegida por la Providencia «entre todas las mujeres» para albergar en su seno a la segunda persona de la Santísima Trinidad. ¿Cómo no iba a ser Santa e Inmaculada la que ostentó semejante privilegio? ¿Cómo no venerar y honrar a quien consumó con su «sí» semejante maravilla?

 

La intercesión de María es de vital importancia de cara a nuestra salvación personal, pues es comúnmente aceptado entre los Santos Padres y los teólogos que María tiene a su disposición la omnipotencia de Dios en el sentido de que todo cuanto desea y pide lo obtiene de Él, a través de su hijo amado.

 

Efectivamente, Jesús escucha siempre a su Madre, a quien se le ha conferido el papel de velar por los pecadores, de ser su abogada y su refugio, de obtener de Él su gracia y su consuelo.

 

Son maravillosos y sublimes los innumerables casos de ayuda de María en la hora de la muerte relatados por santos y santas que los percibieron en forma de visión. De cómo ella imploró a la Santísima Trinidad en los instantes previos a la muerte de algunos devotos suyos que se iban a condenar sin remedio...

 

Gocemos nosotros también de este privilegio mediante el amor a la Virgen, el rezo de sus oraciones, la confianza en ella y la veneración de su persona.

 

 

Paseando al filo de la navaja

 

Un hombre tuvo un sueño de la siguiente manera:

 

Dos hombres viajan por la eternidad.

 

En la primera etapa de su viaje se encuentran ante un precipicio inmenso, un abismo insondable.

 

Ante ellos se encuentra el tronco de un árbol que, atravesado, comunica las dos orillas del precipicio. Al lado de este tronco hay una caja de mármol blanco con un mensaje en su interior.

 

Al destapar la caja, ambos viajeros reciben un aroma de una suavidad indescriptible.

 

El mensaje dice así:

 

«Al otro lado del precipicio se encuentra el paraíso. A 80 millas al norte hay un puente sólido que lo atraviesa».

 

El primer viajero se aventura por el tronco en su afán de llegar a su destino, pero su ansia le hace resbalar, y cae al precipicio. Allí deberá permanecer toda la eternidad.

 

El segundo viajero, que prefirió caminar las ochenta millas hasta el puente, se encuentra a la entrada del mismo con un par de ángeles que le agasajan y le llevan volando hasta el paraíso.

 

No es difícil identificar cuales son los protagonistas de este sueño:

 

La caja de mármol es la Sagrada Escritura, mientras que el aroma es el Espíritu de Dios que ha inspirado la misma. El tronco representa la vida mundana, desligada de Dios. Las ochenta millas que separan la entrada del paraíso son los ochenta años que dura la vida.

 

El primer viajero opta por la vía rápida, aún a riesgo de perderlo todo, pues desconfía de que al final de las ochenta millas pueda haber un puente. El segundo viajero cree lo del puente, pues piensa que un mensaje como aquel, envuelto en semejante aroma no puede llevarle a engaño. No le importa caminar durante ochenta millas, pues sabe que al final se verá recompensado. Quizá en su más profundo interior le quede un halo de duda, pero sabe que la sola esperanza de encontrar el paraíso no le hará el camino duro sino agradable.

 

Después de todo, ochenta años no es nada cuando se viaja a través de la eternidad.

 

El segundo viajero usa un razonamiento lógico propio del ser humano, mientras que el primero se deja llevar por sus bajos instintos como un animal. Y como un animal, muere degollado.

 

En la vida, todas las personas se adaptan a uno u otro estereotipo

 

Igualmente, hay muchas personas que caminan «al filo de la navaja». Están siempre midiendo el espesor de la línea que separa el pecado del no-pecado, lo venial de lo mortal, con gran riesgo de que cualquier tropezón les conduzca al abismo.

 

Son como si dijésemos aquellas que optan por pasar el tronco con un arnés de seguridad.

 

Son aquellas que no reparan en mentir para salvar una situación comprometida; las que no dan limosna,  sin caer en que somos solamente los administradores de los bienes de este mundo cuyo propietario sólo es Dios. Las que calumnian y murmuran contra otras. ¿Te gustaría acaso que aunque fuera levemente te calumniasen, o murmurasen de ti?

 

También pasean por el filo de la navaja aquellas que forman ideas preconcebidas de otras personas juzgando sólo las apariencias. O las que guardan rencor y no quieren perdonar. «Yo perdono pero no olvido» dicen. O las personas codiciosas, que no se acaban de enterar que la felicidad no está en «tener» sino en «ser».

 

Están siempre midiendo la línea. Hasta aquí peco venialmente. A partir de aquí mortalmente.

 

¿Te gustaría que Dios te juzgase a ti con la misma precisión? ¿No preferirías más bien, que su gracia y su misericordia fuera digamos, sobreabundante?

 

Cuando hay de por medio un premio semejante, no se puede andar con medias tintas. Tu apuesta ha de ser total, y tu entrega definitiva.

 

Si verdaderamente anhelas el paraíso, no puedes dejar ningún cabo suelto.

 

Así que, anda, emprende el camino que te lleva a la felicidad eterna y no temas, no eches la vista atrás. Con la frente alta y la cabeza erguida. La virgen María te acompaña durante el recorrido donde al final te espera Jesús para tenderte su mano y llevarte junto al banquete imperecedero y eterno que degustarás por los siglos de los siglos.

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