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TIEMPO Y ETERNIDAD
JUAN
F. GARCIA MILLAN
Nota del sitio: Este libro es una colaboración de
nuestro amigo Juan García Millán. Es un libro que surge su propia
experiencia en la defensa de la fe. De ninguna manera quiere ser la voz
oficial de la Iglesia, sino solo compartir su vivencia a la luz de la
Palabra, el Magisterio y su propia reflexión. Creemos que puede ser de
inmensa ayuda a quienes les toca, por sus labores catequisticas, dar razones
de su fe, a quienes siendo católicos tienen dudas sobre muchos temas o a
quienes siendo de otras confesiones cristianas, incluso habiendose llamado
antes católicos, mantienen dudas respecto a la Iglesia y lo que creemos
como católicos. Nos dice el mismo Juan respecto a su libro:
"Siempre
he sido una persona de fe muy profunda, y he intentado esparcir esta fe
entre todos los que me rodean. Conseguí desarrollar argumentos para
contraatacar a todos los enemigos de la fe (que eran muchos como te puedes
imaginar) y con el tiempo pensé que lo mejor sería hacer una recopilación
de todos estos pensamientos. Comencé a escribir este libro hace unos cuatro
años, cuando sentí algo así como una llamada del Señor que me impelía a
plasmar por escrito todas estas ideas, con la única finalidad de atraer
almas hacia Él. Y la verdad es que este es el único objetivo que guía a
la obra."
Desde ya estamos muy agradecidos a Juan por su generosidad y amor
a Cristo y a la Iglesia. Claudio Durán. A Cristo por María.
INDICE
1
Prólogo
PRIMERA
PARTE
CONVERSIÓN POR CONVICCIÓN
Introducción
La
paganización de la sociedad moderna
El
sentido de la vida
Tipos
de creencias
La
existencia de Dios
La
eternidad
Una
aproximación a la escatología
La
muerte
La
resurrección
El
juicio
El
purgatorio
El
Infierno
El
cielo
El
juicio final
Razones
para la esperanza
La
vida
El
amor de Dios
La
felicidad
La
tibieza
El
Antiguo Testamento
La
Iglesia, nuestra madre
Prólogo
El libro que tienes en tus manos no te dejará
indiferente.
Es un libro que trata sobre religión; es decir,
sobre lo visible y lo invisible, sobre la vida y la muerte, sobre el tiempo
y sobre la eternidad.
Si lo lees con atención y detenimiento, puede que tu
vida de un giro de 180 grados. O puede que, por el contrario, lo consideres
un panfleto más sobre religión que cuenta el mismo rollo de siempre. Pero
te aseguro que se ha hecho todo lo posible para que esta última no sea tu
opinión al profundizar en sus líneas.
Es en cualquier caso una forma nueva y diferente,
vitalista y entusiasmada, de mostrar Aquello que está ahí, de despertar la
conciencia dormida o aletargada de quien quizá sin saberlo está buscando
desesperadamente a Dios.
No es un libro largo; pero sí intenso. No es un
texto complejo ni para eruditos, por lo que no se detiene en largas
exposiciones ni en innumerables citas. Se busca la concisión sin perder la
efectividad.
No podía ser de otra manera, pues la religión no es
algo difícil ni complejo, sino algo sencillo, natural, algo inherente al
alma y al corazón humano.
Para sacarle el máximo partido al libro habrás de
leerlo despacio, con la mente abierta, meditando cada uno de sus párrafos.
Y que el Espíritu de Dios ilumine tu entendimiento.
PRIMERA PARTE : CONVERSIÓN POR CONVICCIÓN
Introducción
El objetivo de este libro es
ofrecer la plenitud de vida y las enormes satisfacciones que proporciona la
religión, y en particular la Religión Católica, a todos los hombres y
mujeres que en mayor o menor medida, están alejados de Dios y de su
Iglesia, víctimas de la demoledora paganización de la sociedad moderna.
Esto se realiza a través
de exposiciones sencillas que cuentan con multitud de ejemplos comparativos,
basados en la lógica y en la experiencia humana de que el hombre, aunque
muchos lo nieguen, necesita tener a Dios en su vida para poder ser
plenamente feliz.
Se pretende igualmente
aclarar ciertos puntos oscuros e iluminar materias controvertidas que han
sido y son objeto de debate entre creyentes y no creyentes. Materias que,
por otra parte, son en gran medida las responsables del alejamiento de la
Iglesia y de Dios que experimentan tantos hombres y mujeres de la
actualidad.
El libro comienza
exponiendo los hechos y las causas que han originado este alejamiento, para
después ir adentrándose en la explicación, en unos casos y la defensa en
otros, de aspectos concretos de la Religión Católica. También se
intercalan razonamientos lógicos y exposiciones discursivas que partiendo
de planteamientos cotidianos, pretenden obtener el acercamiento antes
mencionado.
La segunda parte abundará
más en estos planteamientos, haciendo un esfuerzo en conseguir mediante
ejemplos, metáforas y situaciones comparadas, la conversión total del
corazón de aquellos que con alguna inquietud no declarada en su interior,
se interesan, quizá inconscientemente, por la Religión.
La paganización
de la sociedad moderna
La paganización de la
sociedad moderna se pone de manifiesto en el culto a los ídolos, y en el
olvido de lo trascendental. Los
antiguos ídolos han sido sustituidos por la ambición, el confort, el
dinero, la búsqueda incesante de posesión de bienes materiales o de
placeres inmediatos. A estos ídolos son los que adora el hombre moderno, a
los que rinde culto, a los que ofrece sacrificios, incluso sacrificios
humanos.
Del corazón del hombre
ha sido expulsado Dios. Una expulsión total o parcial, con muchos y muy
diversos grados de parcialidad, pero todos ellos nefastos pues no se puede
compartir a Dios con ninguna otra forma de adoración.
Muchos hombres permanecen
indiferentes a Cristo y a la Iglesia. Les parece ver en la religión una
puerilidad, una supervivencia del primitivismo. La Iglesia es para ellos una
organización parasitaria que explota la ingenuidad de los simples. Para
ellos, la religión es una evasión de cobardía de quien no quiere
enfrentarse a la vida real, de quien no confía en sus propios medios. La
autosuficiencia moderna impulsa el ideal de la salvación del hombre por el
hombre.
La progresiva
secularización de la sociedad es en gran parte consecuencia de la evolución
del hombre. Los avances científicos y tecnológicos han dejado paso a la
admiración de las obras de Dios para centrarse en la admiración por las
obras de los hombres.
Las ideas marxistas y
racionalistas han hecho el resto, de forma que las normas básicas de la
convivencia que antes emanaban de los mandamientos de Dios, ahora han sido
sustituidas por constituciones y regulaciones políticas que pretenden
adjudicarse la libertad de decidir por sí mismas qué es el bien y qué es
el mal.
Y es que el hombre parece
haberse dado cuenta que el devenir de la historia acontece sin que,
aparentemente, Dios diga o haga nada. Todo parece indicar que fue el hombre
quien creó a Dios a su imagen y semejanza.
Era pues necesario
desprenderse de Dios, pues entorpecía la evolución del hombre y le impedía
comportarse como un adulto.
Yo no estoy en contra del
progreso. Soy, cómo no, partidario de la investigación científica y de
los adelantos tecnológicos; pero siempre que todo esto redunde en beneficio
de los hombres. Y lamentablemente, no siempre ha sucedido así.
La forma de progresar que
ha tenido el hombre muchas veces ha deshumanizado, cuando no esclavizado a
muchos millones de personas.
Por eso la cuestión no
es abolir el progreso, sino encauzarlo. Pienso que hay que invertir en el
desarrollo integral de las personas frente a tendencias a convertirlas en
instrumentos de trabajo en favor de unos pocos.
Las manipulaciones a las
que están sometidas las personas de la actualidad las esclavizan y las
alienan, les niegan la posibilidad de desarrollarse y crecer interiormente.
La cultura de hoy ahoga las alternativas y hace que muchas personas que
viven hacinadas en las grandes ciudades, y paradójicamente en
soledad, busquen la
plenitud que les falta en las drogas, el alcohol o el sexo, convirtiéndose
en desechos humanos. Y todo ello en aras de un pretendido progreso y en
favor del desarrollo del hombre.
El sentido de la vida
El progreso pues, no ha
conseguido que el hombre se desarrolle como persona, sino que le ha atrapado
en una red que le deshumaniza y le ciega, impidiéndole ver a Dios.
El hombre antiguo tenía
fines, pero carecía de medios. El hombre actual tiene medios abundantísimos,
pero carece de metas. Y es que todos los hombres llevan en su interior la
sed de Dios; esa inquietud por lo trascendente, que por mucho que los
poderes fácticos quieran negar y borrar, permanece siempre en el alma de
los hombres.
Algunos tratan de saciar
esa inquietud entregándose a los horóscopos, a la parapsicología o a
variantes más o menos tácitas del ocultismo. Otros buscan su absoluto en
la fama, el poder o el dinero. Otros finalmente, se involucran en causas
humanitarias, sustituyendo la creencia por la ética, por el compromiso en
favor del otro. Sin embargo, esta actitud de entrega puede volverse estéril
si carece de un substrato en que apoyarse.
Pues al igual que la fe sin obras es una fe muerta, las obras sin fe
y sin amor en nada aprovechan.
Tras presenciar el
fracaso de las instituciones, de las grandes ideologías y el
desenmascaramiento de las utopías, el hombre actual se siente desvalido.
El individuo está
deshumanizado. Esto es palpable por ejemplo en la competencia que se
establece entre las personas, donde no avanzar significa retroceder. El
individuo va montado en un tren vertiginoso al que se van añadiendo
vagones; todo su afán consiste en llenarlo de mercancías, sin preocuparse
de si ese es su tren, ni hacia donde va.
El hombre necesita algo
que oriente su vida y sostenga su mundo de valores. La nada carece de
consistencia y no puede erigirse en sostenedora del ser y de la vida.
Y la nada son muchos de
los objetivos en los que el hombre actual fija sus metas.
El interés principal del
hombre no es encontrar el placer o evitar el dolor, sino encontrarle un
sentido a la vida. Por esta razón la persona está dispuesta incluso a
sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.
Como decía Nietzse, «quien
tiene un "porqué" para vivir, puede soportar cualquier "cómo"».
¿No será tal vez, la
incapacidad de encontrar metas que merezcan la pena, el mal de nuestra
civilización? ¿No será esta quizá la causa de las depresiones que
afectan a tanta gente, dentro de la sociedad moderna?
En efecto, sin encontrar
sentido a la vida, ésta no tiene salida.
El verdadero sentido de
la vida se encuentra en la religión. En el amor a Dios a través del amor
al prójimo y al necesitado.
Saliendo de sí es como
la persona permanece más profundamente en sí. Dando es como recibe y posee
su ser.
La persona sólo
encuentra sentido a su existir si se concibe como apertura para con el otro
y para con Dios. Su existencialismo se ha de basar en la intercomunión
fraterna y espiritual con el creador a través de lo creado, para de esta
manera conseguir la felicidad, anhelo de todos los hombres.
Recordemos como colofón
las palabras de San Agustín: «Nos hiciste Señor para ti, e inquieto está
nuestro corazón hasta que descanse en ti».
Tipos de
creencias
Las
encuestas que de vez en cuando se hacen, demuestran paradójicamente que una
gran mayoría de la gente es religiosa, y en los países católicos, un gran
porcentaje de sus individuos se consideran como tales. Lamentablemente esto
no suele corresponderse con la práctica, y en la mayoría de los casos todo
se queda en una mera declaración de intenciones más o menos disimulada, y
casi siempre contrapuesta con los hechos.
Desde el punto de vista
religioso, según mi criterio, existen en nuestra sociedad los siguientes
tipos de individuos:
a) Ateos.
b) Indiferentes.
c) Cristianos «de
supermercado».
d) Cristianos «de verdad».
e) Otras creencias.
Trato ahora de
desarrollar un poco más los anteriores conceptos.
a) Ateo es aquél que está
convencido que no hay Dios. Difiere del indiferente en que defiende su
postura e incluso trata de difundirla, teniendo una actitud combativa hacia
todo lo religioso.
Hoy en día apenas
existen ateos teóricos, por la sencilla razón de que Dios ya no interesa,
y por tanto no suscita posiciones encontradas. Simplemente no se habla de
ello, y aquello de lo que no se habla, no existe.
b) El indiferente o agnóstico
es aquél que ha adoptado una posición cómoda en la que no niega nada ni
acepta nada. Vive al margen de toda religión, y no tiene especial interés
en defender la creencia o la increencia. Se diferencia del ateo
principalmente, en que no adopta una posición hostil o enfrentada.
En las
encuestas que antes mencionaba, muchas personas afirman creer en Dios.
Como dije,
una visión superficial de esta afirmación, identificaría a estos «creyentes»
como católicos, o como fieles de la Iglesia.
Sin embargo,
cuando se afirma creer en Dios, muchas personas quieren decir simplemente
que «opinan», «piensan», «sospechan» que existe «algo» o «alguien»
de origen sobrenatural que es el fundamento último y que permite que el
mundo funcione ordenadamente. Esto es lo que quieren decir cuando dicen que
creen, pero no practican.
Estas son
personas que tienen unos valores éticos bastante estables, aunque siempre
relativos. Aceptan serena y resignadamente que la muerte es el final de
todo, y tratan por tanto de vivir la vida a tope a pesar de sus
limitaciones, dando prioridad a los sentidos.
c) El cristiano «de
supermercado» es aquél que básicamente cree en Dios y en Jesucristo
aunque no acepta muchas de las normas impuestas por los mandamientos o por
la Iglesia. Se suele expresar gráficamente con el término «cristianismo
de supermercado», porque al igual que en un supermercado, donde están
expuestos todos los productos, el comprador escoge sólo aquellos que más
le interesan.
Así, en el tema que nos
ocupa, este individuo, acepta todo lo relativo a Dios como protector y Padre
de los hombres, todo lo referente al amor al prójimo, incluso suele ser
devoto «a su manera» de la Virgen y los Santos. Llevan sus medallas como
si fueran amuletos, y muchas veces les invocan como si tuvieran un poder «mágico».
Sin embargo, no dudan por
ejemplo en mentir cuando les conviene o en guardar rencor por tiempo
indefinido. Mantienen una moral totalmente al margen de la religión, y
suelen tener una posición encontrada hacia todo lo que representa a la
Iglesia y las normas que la rigen. Rehuyen de los sacramentos, y prescinden
de todo lo referente a la confesión, a la misa dominical, etc, etc.
Consideran
que la religión es algo accesorio y algo que se hace en la intimidad.
Muchos de ellos se avergüenzan de confesar la fe públicamente, y cuando lo
manifiestan, forzados por una situación, lo hacen de forma soslayada.
Parece que no recuerdan (o no conocen) las palabras de Jesús en el
Evangelio de San Lucas donde dice, «Quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará
el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria» (Lc 9, 26).
No son conscientes de que precisamente nuestra oferta más grande y
original es proclamar el Dios del Evangelio y que el cristianismo encierra
una sabiduría que el mundo necesita más que nunca.
Resumiendo, aunque hay
diversos grados y muchas actitudes, por lo general su comportamiento no
difiere mucho de aquel del indiferente, pues su creer es algo que no
compromete a la persona ni tiene consecuencias importantes para su vida.
No quieren sujetarse a
normas en pos de una pretendida libertad.
d) El cristiano de verdad
es un mito. Hasta los más grandes santos han tenido flaquezas, dudas y
debilidades propias del indiferente.
Y es que
estamos muy contaminados con la visión no evangélica de la vida, que
propugna y alienta la sociedad de hoy.
Es muy difícil
para el cristiano comprometido (a veces imposible), el mantenerse al margen
del consumismo o de las corrientes de pensamiento antievangélicas del
llamado «mundo civilizado».
Muchos de
nosotros tenemos, lo queramos o no, nuestra visión particular sobre la
distribución de los bienes, la justicia social, el sentido del trabajo o
nuestro compromiso con la pobreza.
Sin embargo,
Dios siempre está abierto al perdón y a la reconciliación, pues sabe que
somos débiles y nuestra debilidad se manifiesta en nuestros actos, dudas y
omisiones.
No existen
católicos de verdad; ni siquiera el Papa es perfecto. Pero Dios se conforma
con que lo intentemos.
Dios no nos
exige una perfección absoluta que sólo puede tener Él.
Basta en la mayoría de los casos con mantener el dial de la voluntad fijado en la
frecuencia correcta.
e) Otras creencias. Aquí
se engloban los individuos religiosos no católicos. Los protestantes y sus
diversas sectas, como los Evangélicos, Testigos de Jehová, etc. Ignoro
cuales son las estadísticas a este respecto.
Este libro va dirigido
principalmente a las personas referidas en los puntos b) y c). A los
primeros para hacerles ver que la verdadera felicidad no está en la búsqueda
ciega del goce de los bienes materiales de este mundo. A los segundos además
de para lo mismo, también para encauzarles y hacerles ver que la tibieza y
la compartición del corazón no son un camino acertado, ni seguro.
La existencia de
Dios
Muchos han sido los
argumentos que se han esgrimido a lo largo de la historia para demostrar la
existencia de Dios, para demostrar lo indemostrable. Desde un punto de vista
estrictamente físico, se puede afirmar que no hay un solo indicio en el
mundo o en la naturaleza que nos haga pensar que existe Dios, que existe
algo sobrenatural no sujeto a las leyes físicas, y que está por encima de
nosotros. Todo, absolutamente todo en lo que nos desenvolvemos nos dice una
cosa de manera aplastante: no hay otra cosa que lo que ves.
Nuestra comprensión
científica del mundo puede sostenerse perfectamente sin necesidad de
recurrir a Dios como hipótesis explicativa.
Y sin embargo... Y sin
embargo existen los milagros, patentes también en nuestra sociedad de hoy.
¿Qué verdadero cristiano sometido a una situación difícil de la vida que
haya pedido favor a Dios y se lo haya concedido cuando las circunstancias
eran absolutamente adversas, no está totalmente convencido de que sin la
intercesión de Él nada hubiera podido solucionarse? Muchos dirán: Fue
casualidad. Otros dirán: es el poder de la mente.
Sí, sí, el poder de la
mente, pero ¡qué poder más asombroso entonces!, ¡Y sin creador!
Y es que no se puede
buscar a Dios en el plano físico, ni intentar constatar su existencia con
un instrumento de medida.
Dios no está
al alcance de los microscopios ni de los telescopios. No se puede establecer
con una magnitud numérica, entre otras cosas porque Dios no es un
objeto más junto al mundo, sino que es lo que hace posible al mundo. No es
una cosa que «hay», sino que «hace que haya».
Cierto que
nadie puede probar que existe Dios, pero tampoco puede nadie probar que Dios
no exista. El científico se contradice cuando afirma que la suya es la única
forma de saber y que no hay otra realidad que la empírica, pues en sí
misma esta afirmación ya entraña una conjunción metafísica, que por
tanto no es verificable científicamente.
A pesar de lo
aparentemente irrefutable de los argumentos del ateo hay algo incuestionable
y es que todo el mundo, la naturaleza con sus perfecciones, y el hombre en
suma no puede haberse originado de la nada, fruto de la casualidad, fruto de
casuales combinaciones de pequeños elementos en un caldo de cultivo idóneo.
Tanta perfección no pudo
tener un origen tan simple.
Con todos los
conocimientos actuales, el hombre ha conseguido reproducir ese caldo de
cultivo y ha combinado esos elementos en el laboratorio. Pero las formas
resultantes no han sido seres vivos. ¡Nunca podrían serlo!
Pero... Quién sabe si
quizá alguna vez lo logre... En ese caso, ¿no será cierto eso de que toda
vida procede de la creación de un ser con una inteligencia superior? La
casualidad no existe, al menos a esos niveles. ¿Crees que si lanzásemos
miles de letras al aire, al caer se formaría casualmente el Quijote o la
Biblia?
La fe no es algo
circunscrito a personas incultas o fácilmente convencibles. Muchos de los
grandes científicos de la humanidad con altos coeficientes de inteligencia
han sido fervorosos creyentes; entre ellos eminentes biólogos que han
tenido en sus manos las causas últimas de la vida. Cierto es que otros no
lo son.
Pero no sólo
es lo científico lo que nos convence de la realidad de las cosas. Si uno se
esfuerza en leer entre líneas el texto de la realidad, descubre muchas
razones para creer. Cierto es que esas razones tomadas por separado no
tienen gran peso ni consistencia, pero todas ellas juntas forman un conjunto
con una fuerza de convicción formidable.
Todo esto nos
lleva, si no a tener una corroboración científica, sí al menos a obtener
una «certeza moral», que para un creyente es más que suficiente.
Dios es un
misterio inabarcable que no cabe en nuestro pensamiento ni nuestra imaginación
puede darle un rostro. Recordemos las palabras de San Agustín: «Si lo que
se quiere decir lo comprendiste, no es Dios; y si es Él, no lo comprendiste».
Pero volviendo al tema de
los milagros, ¿qué decir de la sangre de San Pantaleón que todos los años
por las mismas fechas se licua convirtiéndose en fresca sangre lo que antes
era polvo? No hay explicación científica a este suceso. Al igual que a
otros muchos que ahora no recuerdo.
El ateo me dirá: Ahora
no hay explicación científica, pero la humanidad y los conocimientos científicos
avanzan a pasos agigantados, sólo hay que mirar como estábamos hace cien años
y como estamos ahora; puede que dentro de un tiempo se halle una explicación
para esto y para otras cosas que ahora se presentan como milagros.
Cierto. Y también no es
menos cierto que muchas de las cosas que anteriormente se achacaban a la
creación o la voluntad de Dios tienen ahora una explicación lógica y
sencilla. Muchos mitos han ido cayendo, y caerán muchos más.
Y sin embargo... y sin
embargo quedan los sucesos cotidianos de trascendencia para el individuo.
Suerte dirán algunos, casualidad dirán otros. Pero la experiencia
constatada y repetida de muchos de nosotros, ese convencimiento interior
fruto de la iluminación sobrenatural, nos lleva a no albergar ninguna duda
de que Dios está ahí, cerquita, al lado de nosotros, esperando sólo que
digamos: ¡Señor, ven a mí! Y entonces... y entonces seremos hombres y
mujeres nuevos revestidos de esa luz y de ese halo que nos hace caminar por
la vida sin miedo a nada, con paso firme, esperando tan solo el momento
final en que Dios se nos manifestará plenamente y podamos decir, ¡Señor,
aquí estoy!
La eternidad
El alma es inmortal.
Tanto la del ateo como la del creyente. No hay diferencia en la constitución
de ambas. Son substancias simples, y por tanto indivisibles. Es inmortal por
que trasciende al propio individuo. Su campo de desarrollo, llámese
pensamiento, entendimiento o discernimiento, se sitúa en otra dimensión,
fuera del plano físico. Nuestros actos espirituales o intelectuales,
nuestros pensamientos, no son elementos corpóreos, sino que son simples en
si mismos. No hay explicación ni parangón posible al asomarse a la mente
humana.
El cuerpo está compuesto
de muchos elementos. La muerte es la desintegración del viviente en sus
partes constitutivas. El alma es un ente simple, sin partes, por tanto no es
desintegrable, y en conclusión, es inmortal.
¿Y qué es la
inmortalidad? La existencia eterna. ¿Y qué es la eternidad?
Érase una vez una montaña
situada en un mundo donde no había erosión. Cada mil años un pájaro
llamado Eternidad pasa rozando levemente la cúspide con una de sus plumas.
¿Te imaginas cuanto
tiempo tardará en erosionarla? Pues bien, cuando la montaña ya no exista
debido a la fricción producida por la pluma del pájaro, entonces, entonces
la eternidad apenas habrá comenzado.
¡Y todo ese lapso de
tiempo nos lo jugamos en un puñado de años!
Muchas personas, cuando
se les habla de la ascesis, de la represión de los sentidos en pos de la
espiritualidad interior, contestan: ¡no me voy a estar así toda la vida!
Pero, ¿qué es la vida comparada con la eternidad? Menos de lo que
representa un granito de arena en la totalidad de la playa; menos de lo que
representa una gota de agua en la inmensidad del océano. ¡Y nos jugamos
tanto!
Para muchos la religión
es represión. No se puede hacer esto, no se puede hacer lo otro, no es
admisible aquello... No quieren sujetarse a normas en pos de una pretendida
libertad, que sin embargo no es sino esclavitud de la voluntad ante la
dictadura de sus pasiones.
Pero, pregúntale a un
cristiano de verdad o incluso a un monje de clausura si se siente preso o
reprimido. Te maravillarás de su respuesta, de su actitud serena, de su paz
interior, en suma de su felicidad.
La verdadera esclavitud
es la de la carne, y la de los sentidos, que nos hace perseguir ciegamente
lo que a la larga no proporciona sino sinsabores, decepciones y hastío.
La religión nos
proporciona ese escudo que nos protege de las amarguras de la vida. Un
escudo que no pesa, pues «Mi carga es suave y mi yugo ligero», dice el Señor
(Mt 11,30).
Una aproximación
a la escatología
Cuando estoy con un grupo
de personas y se habla del tema de la religión, los ateos (o los
indiferentes, me da igual aquí emplear un término u otro) forman una
especie de coalición donde cada uno te intenta poner en evidencia atacándote
por el punto más débil. Ponen el dedo en la llaga cuando se refieren a la
inmoralidad de algunos sacerdotes, los tesoros del Vaticano, la Inquisición,
y otros asuntos más personales.
Es un partido de
ping-pong donde juegas tú sólo contra una camarilla donde cada vez que a
duras penas devuelves la pelota, te la envían con más fuerza.
Muchos hemos
experimentado esta situación de acoso donde la mayor parte de las veces la
partida termina en tablas, pues aunque tus argumentos sean irrefutables,
ellos nunca los aceptarán. No se puede sembrar en territorio baldío, dice
el Señor (Lc 8, 5-7), aunque no por eso hemos de dejar de intentarlo.
Muchas de estas personas
me dicen: «No hay Dios. Pero si lo hubiese, a mí no me podría condenar,
pues yo no he matado a nadie, ni he robado, ni he hecho nada malo de
importancia; y si Dios, aún así me condenase, sería un terrible
injusticia».
Me dicen además: «Y si
después de todo no hay nada, tú habrás estado haciendo el tonto con tanta
ascesis y represión...» (¿Acaso mi ascesis y «represión» es amargura
para mí? ¿Acaso al amante le supone sacrificio el agradar a su amado? ¿Acaso
el ateo es más feliz que yo?).
Los temas
escatológicos han sido desterrados del lenguaje social por ilusorios en el
caso del cielo, o por incómodos
en el caso del infierno. La mayoría de los cristianos de supermercado no
echan el infierno en su cesta de la compra. Y lo mismo para otros temas del
más allá.
Si el hombre
moderno se ha distanciado de la religión en general, mucho más se ha hecho
ajeno a las referencias a los temas escatológicos, a los que trata como
mitos o leyendas. A personas tan afincadas en el «más acá», poco puede
interesarles el «más allá».
Palabras como
cielo, infierno o purgatorio, les recuerdan a cuentos de hadas, a
referencias a un pasado tenebroso de cilicios e inquisición,
afortunadamente ya superado.
Sin embargo,
no hay que pretender volver a tales concepciones. Las palabras para designar
los conceptos escatológicos y sus definiciones, han de adaptarse a los
nuevos tiempos para hacerse entender por las mentes de hoy, más avanzadas.
Pero una cosa son las mentes, y otras las mentalidades. Y las de hoy están
en gran parte contaminadas, lamentablemente, por la laxitud y la paganización
de la sociedad.
Así, el
cielo no está «arriba» o el infierno «abajo», no existen lugares físicos
con fuego y azufre esperando a los condenados o mesas repletas de comida y
placeres para los salvados. Las palabras y descripciones eran una manera
alegórica de representar algo cuyo concepto abstracto no era fácilmente
comprensible para la mente del hombre común, por lo general poco instruido.
Pero intentar
trasladar el lenguaje y las imágenes del pasado al mundo moderno es todo un
despropósito. No es mi intención hacerlo; pero sí clarificar algunos
malentendidos, aclarar aspectos o comentar
matices no contemplados en los temas ultraterrenos.
En la época
de lo inestable, se necesita el anuncio de lo definitivo. En la época del
cambio se necesita el anuncio de lo que no necesita ser cambiado, puesto que
está lleno de vida.
Pero no voy
ahora a hablar de la vida, sino de la muerte, para iniciar este recorrido
por la escatología.
La muerte
La muerte es
un segundo parto. Venimos al mundo acompañados de dolor, y lo dejamos también
con dolor. Es pues lógico que la temamos, como la madre teme al parto, pues
al dolor se suma la incertidumbre. No conocemos más que esta vida, y en
esos momentos incluso muchos creyentes ven tambalearse su fe...
Pero no ha de
ser así. La muerte es el Viernes Santo que precede a la mañana de Pascua.
Es el amanecer a una nueva vida, plena, completa, y eterna. Una nueva forma
de existir que nos configurará como lo que realmente somos, hijos de Dios.
Con esta
mentalidad hemos de afrontar este tránsito.
Las
experiencias de los que «han vuelto a la vida» tras un coma traumático
hablan de una luz y un bienestar que auguran el nacimiento a otra dimensión,
que manifiestan el esplendor de una sensación de no estar ante un final,
sino más bien ante un nuevo comienzo.
Sin el
pecado, la muerte es sólo un encuentro con Dios. Es errónea la actitud de
los familiares que con la idea de no espantar al enfermo no llaman al
sacerdote. Cuando hay tanto en juego no se pueden escatimar esfuerzos. La
muerte sucederá tarde o temprano, y con ella se esfumarán para siempre las
posibilidades de un arrepentimiento y un perdón del que el enfermo pudiera
estar necesitado.
Hay que tener
las maletas preparadas por si hay que salir corriendo. Lo que equivale a
decir que hay que mantenerse, en la medida que nuestra débil naturaleza nos
lo permita, alejados del pecado. Sólo así tendremos la tranquilidad y la
mente preparada para acoger la muerte como lo que realmente es, el tránsito
a una nueva y mejor vida.
La resurrección
A lo largo de
los tiempos se han suscitado muchas teorías acerca de la forma en que
resucitaremos. Se especula sobre si resucitará nuestro cuerpo, o sólo
nuestra alma, o los dos juntos, cuándo, en que forma, etc. A mi entender,
debatir este tipo de cuestiones es similar al antiguo debate sobre el sexo
de los ángeles. Baste decir que resucitaremos como lo que somos, personas,
con todos los ingredientes que nos conforman como seres humanos, pero de
forma superlativa.
El ejemplo
del grano de y la espiga es perfecto. Cuando enterramos una semilla, ésta
se pudre y queda en la nada, pero después, gracias al agua y al sol, a través
de un proceso de maduración «resucita» convertida en espiga. Esta espiga
es la semilla, tiene todo lo que tenía la semilla, pero no en potencia,
sino en acto. La espiga tiene toda la genética de la semilla, pues procede
de ella, pero la forma en que se manifiesta es, si se me permite, gloriosa.
Así Dios,
que es el agua y el sol, hace
que nuestras facultades innatas conferidas en el alma de cada hombre se
desarrollen y crezcan para adoptar su forma real, su forma definitiva.
Lo anterior
vale con respecto al cómo. Respecto al cuándo, no existe una clara
unanimidad entre los teólogos. Y la Iglesia tampoco se ha pronunciado nunca
muy explícitamente. El motivo de esta oscuridad hay que buscarlo sobre todo
en la poca luz que arrojan los Evangelios en esta cuestión del cuándo, al
menos en la parte íntima y personal de cada individuo.
Ha habido
mucha discrepancia como digo, pero se consolida la idea de que el alma se
desprende del cuerpo en el mismo momento de la muerte, y es autónoma hasta
que se une a él, una vez consumado el final de los tiempos.
Muchos teólogos,
sin embargo han objetado contra esta doctrina, al considerar que, si el alma
resucitada ya experimenta la visión beatífica, la incorporación del
cuerpo posteriormente ya no aporta nada. Pero lo cierto es que sí añade. A
pesar de que el cuerpo sea para muchos de nosotros una carga pesada que nos
impide volar ligeros hacia Dios, no hemos de considerar la vertiente
materialista del mismo, sino más bien, la espiritual, pues todo en el cielo
queda transformado. La incorporación del cuerpo forma parte de esa dinámica
novedosa de transformación que nos realiza y nos conforma.
El juicio
El Juicio
particular no es un examen con preguntas y respuestas, sino un encuentro
personal del creador con lo creado. Un encuentro definitivo con lo que yo
elegí o rechacé, con la opción fundamental que rigió mi vida.
En este
sentido, la teología actual se muestra unánime: no hay más que una vida.
Si se quiere, una vida con dos fases, una parcializada y oscurecida, y otra
plena y radiante. La forma en que enfoquemos la primera fase repercutirá
indefectiblemente en la segunda. Ésta será a su vez afectada por nuestras
opciones y decisiones ejercidas en la primera fase.
Cuando me
preguntaban cual era el objetivo de mi vida, yo solía responder como esos
catecismos de antaño que hacían la pregunta de ¿para que has venido al
mundo? Y respondían: «He
venido al mundo para salvarme». Efectivamente, yo solía decir que mi
objetivo y meta en la vida era llegar al cielo, conseguir la salvación y «superar
la prueba».
Aunque este
principio no deja de ser cierto en sus últimas consecuencias, la manera de
enfocarlo es errónea, pues tiende ha considerar la vida como poco menos que
un examen donde de manera egoísta hemos de aprobar si queremos pasar al
siguiente curso.
El objetivo
no es algo «a lo que se va», sino algo «en lo que se está».
Puesto que la
vida es sólo una (aunque si se quiere como dije antes con dos fases) no
puedo aspirar «a la otra», sino estar YA en la que he elegido para
permanecer en ella ahora y por siempre.
Hay que
imbuirse de espiritualidad y comenzar ya a actuar, sentir y pensar en el
tiempo, de la forma que lo haremos en la eternidad.
No hay pues
dos oportunidades. Sólo una, que se fragua en una fase de mi vida, que
termina en algo que podemos llamar juicio, y que se celebra en el instante
mismo de la muerte. Es en este instante cuando la película de mi vida pasa
ante mis ojos y haré un autojuicio, mi juicio final, de tod |