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Benedicto XVI

Exhortación Apostólica
Postsinodal "Sacramentum Caritatis"
del Santo Padre Benedicto
XVI
Martes 13 de marzo de 2007
L EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y A LOS FIELES
LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
ÍNDICE
Introducción
Alimento de
la verdad
Desarrollo del rito eucarístico
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
Objeto de la presente Exhortación
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
La fe eucarística de la Iglesia
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que
baja del cielo
Don gratuito de la Santísima Trinidad
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero
inmolado
La nueva y
eterna alianza en la sangre del Cordero
Institución de la Eucaristía
Figura transit in veritatem
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el
Espíritu Santo
Espíritu Santo y Celebración eucarística
Eucaristía e Iglesia
Eucaristía,
principio causal de la Iglesia
Eucaristía y comunión eclesial
Eucaristía y Sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
I. Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía,
plenitud de la iniciación cristiana
Orden de los sacramentos de la iniciación
Iniciación, comunidad eclesial y familia
II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación
intrínseca
Algunas observaciones pastorales
III. Eucaristía y Unción de los enfermos
IV. Eucaristía y sacramento del Orden
In
persona Christi capitis
Eucaristía y celibato sacerdotal
Escasez de clero y pastoral vocacional
Gratitud y esperanza
V. Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía,
sacramento esponsal
Eucaristía y unidad del matrimonio
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
Eucaristía y escatología
Eucaristía:
don al hombre en camino
El banquete escatológico
Oración por los difuntos
Eucaristía y la Virgen María
SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
Lex
orandi y lex credendi
Belleza y
liturgia
La Celebración eucarística, obra del «Christus totus»
Christus
totus in capite et in corpore
Eucaristía y Cristo resucitado
Ars celebrandi
El Obispo,
liturgo por excelencia
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
El arte al servicio de la celebración
El canto litúrgico
Estructura de la celebración eucarística
Unidad
intrínseca de la acción litúrgica
Liturgia de la Palabra
Homilía
Presentación de las ofrendas
Plegaria eucarística
Rito de la paz
Distribución y recepción de la eucaristía
Despedida: « Ite, missa est »
Actuosa participatio
Auténtica
participación
Participación y ministerio sacerdotal
Celebración eucarística e inculturación
Condiciones personales para una « actuosa participatio »
Participación de los cristianos no católicos
Participación a través de los medios de comunicación social
«Actuosa participatio» de los enfermos
Atención a los presos
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
Las grandes concelebraciones
Lengua latina
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
La celebración participada interiormente
Catequesis
mistagógica
Veneración de la Eucaristía
Adoración y piedad eucarística
Relación
intrínseca entre celebración y adoración
Práctica de la adoración eucarística
Formas de devoción eucarística
Lugar del sagrario en la iglesia
TERCERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto
espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
Eficacia integradora del culto eucarístico
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo
Vivir el precepto dominical
Sentido del descanso y del trabajo
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
Una forma eucarística de la existencia cristiana, la pertenencia eclesial
Espiritualidad y cultura eucarística
Eucaristía y evangelización de las culturas
Eucaristía y fieles laicos
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
Eucaristía y vida consagrada
Eucaristía y transformación moral
Coherencia eucarística
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y
misión
Eucaristía y testimonio
Jesucristo, único Salvador
Libertad de culto
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía:
pan partido para la vida del mundo
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
Doctrina social de la Iglesia
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación [
Utilidad de un Compendio eucarístico
Conclusión
INTRODUCCIÓN
1.Sacramento
de la caridad,[1] la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de
sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este
admirable Sacramento se manifiesta el amor « más grande », aquél que
impulsa a « dar la vida por los propios amigos » (cf. Jn 15,13).
En efecto, Jesús « los amó hasta el extremo » (Jn 13,1). Con esta
expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús:
antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los
pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús
sigue amándonos « hasta el extremo », hasta el don de su cuerpo y de su
sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los
gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de
suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el
Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole en su camino. En
efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre
hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace
auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para
nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un penetrante
conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se
mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo
que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo
que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo
obispo exclama: « ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad? ».[2] En
efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad
última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el camino, la verdad y la
vida » (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que
se siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la
vida, al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad
en Persona, que atrae el mundo hacia sí. « Jesús es la estrella polar de
la libertad humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el
conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se
reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se reencuentra ».[3] En
particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la
verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad
evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la
Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete constantemente
a anunciar a todos, « a tiempo y a destiempo » (2 Tm 4,2) que
Dios es amor.[4] Precisamente porque Cristo se ha hecho por nosotros
alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre, invitándolo a
acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al
observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la
sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que
conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas
modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de
las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual romano;
desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san
Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano
II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración
eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el
rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de
2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por
esta historia, reconociendo en ella la guía del Espíritu Santo. En
particular, los Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo
benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica
puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El Sínodo
de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su
recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido
muy numerosos. Se han constatado también las dificultades y algunos abusos
cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovación
litúrgica, la cual tiene aún riquezas no descubiertas del todo. En
concreto, se trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de
la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin
introducir rupturas artificiosas.[6]
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además,
se ha de poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los Obispos
sobre la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de la
Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el
cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha
introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se
ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucarístico. No se
puede olvidar que el Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en
cierto sentido también preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido
con gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho
Año, iniciado con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara
(México), en octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de 2005, al
final de la XI Asamblea Sinodal, con la canonización de cinco Beatos que
se han distinguido especialmente por la piedad eucarística: el Obispo
Józef Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo
Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix de
Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta
apostólica Mane nobiscum Domine,[7] y a las valiosas sugerencias
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos,[8] las diócesis y las diversas entidades eclesiales han
emprendido numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los
creyentes la fe eucarística, para mejorar la dignidad de las celebraciones
y promover la adoración eucarística, así como para animar una solidaridad
efectiva que, partiendo de la Eucaristía, llegara a los pobres. Por fin,
es necesario mencionar la importancia de la última Encíclica de mi
venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9] con la que nos
ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística
y un último testimonio del lugar central que este divino Sacramento tenía
en su vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta
Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza
multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea
General del Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las
Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las
Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los
Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados—,
con la intención de explicitar algunas líneas fundamentales de acción
orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la
Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y disciplinar
acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento,[10] en el presente
documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los
Padres sinodales,[11] que el pueblo cristiano profundice en la relación
entre el Misterio eucarístico, el acto litúrgico y el
nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como
sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la
presente Exhortación con mi primera Carta encíclica Deus caritas est,
en la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para
subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al
prójimo: « el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende,
pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la
Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para
seguir actuando en nosotros y por nosotros ».[12]
PRIMERA
PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios quiere:
que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29)
La fe eucarística de la Iglesia
6. «
Este es el Misterio de la fe ». Con esta expresión, pronunciada
inmediatamente después de las palabras de la consagración, el sacerdote
proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la
conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor
Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En efecto, la
Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio y la
suma de nuestra fe ».[13] La fe de la Iglesia es esencialmente fe
eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía.
La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida
eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y
crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en
los sacramentos: « La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y
fortalece la fe ».[14] Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el
centro de la vida eclesial; « gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace
siempre de nuevo ».[15] Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo
de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de
la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus
discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran
reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la
presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo
7. La
primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el
amor trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una
expresión iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que
entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en
él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo
para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn
3,16-17). Estas palabras muestran la raíz última del don de Dios. En la
Eucaristía, Jesús no da « algo », sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y
derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente
originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha
entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús que,
después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los
panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta
la sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el verdadero pan del
cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al
mundo » (Jn 6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia
carne y la propia sangre, con ese pan: « Yo soy el pan vivo que ha bajado
del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo
daré es mi carne, para la vida del mundo » (Jn 6,51). Jesús se
manifiesta así como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la
Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la
salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas,
que en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a
nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia
Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1
Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con
nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre
fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf.
Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del
Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos
convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16]
Jesucristo, pues, « que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a
Dios como sacrificio sin mancha » (Hb 9,14), nos comunica la
misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente
gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de
toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este
don. El « misterio de la fe » es misterio del amor trinitario, en el cual,
por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros
hemos de exclamar con san Agustín: « Ves la Trinidad si ves el amor ».[17]
Eucaristía: Jesús,
el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9. La misión
para la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en el
Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf.
Jn 12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Está cumplido »
(Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y
una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y
eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han
encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto
indisoluble y válido para siempre. También el pecado del hombre ha sido
expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb 7,27; 1
Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su muerte
en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para
dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más
radical ».[18] En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente
nuestra liberación del mal y de la muerte. En la institución de la
Eucaristía, Jesús mismo habló de la « nueva y eterna alianza », estipulada
en su sangre derramada (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc
22,20). Esta meta última de su misión era ya bastante evidente al comienzo
de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista
ve venir a Jesús, exclama: « Éste es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo » (Jn 1,19). Es significativo que la
misma expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la
invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: « Éste es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los
invitados a la cena del Señor ». Jesús es el verdadero cordero
pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por
nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene
en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada
celebración.[19]
Institución de la Eucaristía
10. De este
modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la
última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se
conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la
liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con
la inmolación de los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era
conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria
profética, es decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el
pueblo había experimentado que aquella liberación no había sido
definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada por la
esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría así
a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical,
universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la
novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah, da
gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia
pasada, sino también por la propia « exaltación ». Al instituir el
sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la
cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el
verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde
la fundación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro
(cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el
sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en
el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la
institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí
violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor
y de liberación definitiva del mal para la humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este
modo Jesús inserta su novum radical dentro de la antigua cena
sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario
repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura
transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha
dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido
superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El
alimento de la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris
terminum.[20] Con el mandato « Haced esto en conmemoración mía
» (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos pide corresponder a su
don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con
estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de
su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del Espíritu
Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su
total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su «
hora ». « La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No
recibimos solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos
implicamos en la dinámica de su entrega ».[21]) Él « nos atrae hacia sí
».[22] La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su
sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como
una forma de « fisión nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por
nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a
suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último
será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo
para todos (cf. 1 Co 15,28).
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su
palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los
elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada
a celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya.
Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los
hombres y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este
gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada
por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos
lugares.[23] A este propósito es necesario despertar en nosotros la
conciencia del papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el
desarrollo de la forma litúrgica y en la profundización de los divinos
misterios. El Paráclito, primer don para los creyentes,[24] que actúa ya
en la creación (cf. Gn 1,2), está plenamente presente en toda la
vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido por la
Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc
1,35); al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar
sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este mismo
Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él
se ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos
de despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación
entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los
suyos (cf. Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las
señales de la pasión, Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22),
haciendo a los suyos partícipes de su propia misión (cf. Jn
20,21). Será el Espíritu quien enseñe después a los discípulos todas las
cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26),
porque corresponde a Él, como Espíritu de la verdad (cf. Jn
15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). En el
relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre los Apóstoles
reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y los
anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por
tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y
operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este
horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la
Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la
Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que
nosotros « invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo
Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él
transforme el pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo
que toca el Espíritu Santo es santificado y transformado totalmente ».[25]
También san Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu
Santo cuando celebra el Sacrificio[26]: como Elías —dice—, el ministro
invoca el Espíritu Santo para que, « descendiendo la gracia sobre la
víctima, se enciendan por ella las almas de todos ».[27] Es muy necesario
para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente
de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por
Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre
para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino
se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que « toda la
comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo ».[28] El Espíritu, que invoca
el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es
el mismo que reúne a los fieles « en un sólo cuerpo », haciendo de ellos
una oferta espiritual agradable al Padre.[29]
Eucaristía e
Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el
Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia « hora »;
de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y
nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el
sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su
cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación
entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn
2,21-23) y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo,
sumido en el sueño de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió
sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos.[30] El
contemplar « al que atravesaron » (Jn 19,37) nos lleva a
considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y
la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».(31) Ya que en
ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que
reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los
orígenes mismos de la Iglesia ».(32) La Eucaristía es Cristo que se nos
entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la
sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la
Iglesia que hace a su vez la Eucaristía,(33) la primera afirmación expresa
la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de
Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha
entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que
tiene la Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la donación
que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un aspecto
elocuente de la fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn
4,19). Así, también nosotros confesamos en cada celebración la primacía
del don de Cristo. En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el
origen de la Iglesia revela la precedencia no sólo cronológica sino
también ontológica del habernos « amado primero ». Él es eternamente quien
nos ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La
Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por
eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus
Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y
el Cuerpo eclesial de Cristo.(34) Este dato, muy presente en la tradición,
ayuda a aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a
Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en
sacrificio por nosotros, ha preanunciado eficazmente en su donación el
misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda plegaria
eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de este modo la oración
por la unidad de la Iglesia: « que el Espíritu Santo congregue en la
unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo ». Este
pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento
eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La
Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.(35)
Ya en
su Encíclica
Ecclesia de Eucharistia,
el siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación entre
Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de Cristo como la «
suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia ».(36) La
unidad de la comunión eclesial se revela concretamente en las comunidades
cristianas y se renueva en el acto eucarístico que las une y las
diferencia en Iglesias particulares, « in quibus et ex quibus una et
unica Ecclesia catholica exsistit ».(37) Precisamente la realidad de
la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio
Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares
subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, « la unicidad e
indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su
Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro
eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de
cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del
Señor se sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso ».(38) Por este
motivo, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en
su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva
eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión eclesial se revela una
realidad por su propia naturaleza católica.(39) Subrayar esta raíz
eucarística de la comunión eclesial puede contribuir también eficazmente
al diálogo ecuménico con las Iglesias y con las Comunidades eclesiales que
no están en plena comunión con la Sede de Pedro. En efecto, la Eucaristía
establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia
católica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la auténtica e
íntegra naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el
relieve dado al carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse
también en elemento privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas
de la Reforma.(40)
Eucaristía y sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
16. El
Concilio Vaticano II ha recordado que « los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en
efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por
medio del Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y llevados a
ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con
Cristo ».(41) Esta relación íntima de la Eucaristía con los otros
sacramentos y con la existencia cristiana se comprende en su raíz cuando
se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento.(42) A este
propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de
la unidad de todo el género humano ».(43) Ella, como dice san Cipriano, en
cuanto « pueblo convocado por el unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo »,(44) es sacramento de la comunión trinitaria.
El hecho de
que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »(45) muestra cómo
la « economía » sacramental determina en último término el modo cómo
Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en
sus circunstancias específicas. La Iglesia se recibe y al mismo
tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los cuales
la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su
vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios. En esta
perspectiva, deseo subrayar aquí algunos elementos, señalados por los
Padres sinodales, que pueden ayudar a comprender la relación de todos los
sacramentos con el misterio eucarístico.
I.
Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
17. Puesto
que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la
misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como punto
de referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este
respecto, como han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en
nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el
estrecho vínculo que hay entre el Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía.(46) En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y
confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de
favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del proceso
de iniciación cristiana. El sacramento del Bautismo, mediante el cual nos
conformamos con Cristo,(47) nos incorporamos a la Iglesia y nos
convertimos en hijos de Dios, es la puerta para todos los sacramentos. Con
él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,13),
pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el Sacrificio
eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del
Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio
evangélico en el mundo.(48) Así pues, la santísima Eucaristía lleva la
iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la
vida sacramental.(49)
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este
respeto es necesario prestar atención al tema del orden de los Sacramentos
de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de
Oriente,(50) y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la
iniciación de los adultos,(51) a diferencia de la de los niños.(52) Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino
de carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis
puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el
sacramento de la Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la
iniciación. En estrecha colaboración con los competentes Dicasterios de la
Curia Romana, las Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de
los actuales procesos de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano
a madurar con la acción educadora de nuestras comunidades, y llegue a
asumir en su vida una impronta auténticamente eucarística, que le haga
capaz de dar razón de la propia esperanza de modo adecuado en nuestra
época (cf. 1 P 3,15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de
tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino de
conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante
referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien
solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera
evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los
padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto,
deseo llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre
iniciación cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar
siempre la familia cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el
Bautismo, la Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son
momentos decisivos no sólo para la persona que los recibe sino también
para toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por
la comunidad eclesial, con la participación de sus diversos miembros.(53)
Quisiera subrayar aquí la importancia de la primera Comunión. Para tantos
fieles este día queda grabado en la memoria con razón como el primer
momento en que, aunque de modo todavía inicial, se percibe la importancia
del encuentro personal con Jesús. La pastoral parroquial debe valorar
adecuadamente esta ocasión tan significativa.
II.
Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
20. Los
Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a
apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.(54) Debido a la
relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el
sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino
penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata
en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que
tiende a borrar el sentido del pecado,(55) favoreciendo una actitud
superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios
para acercarse dignamente a la comunión sacramental.(56) En realidad,
perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta
superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda
mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la
santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la
misericordia de Dios.(57) Además, la relación entre la Eucaristía y la
Reconciliación nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente
individual; siempre comporta también una herida para la comunión eclesial,
en la que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la Reconciliación,
como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam baptismus,(58)
subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión supone
el restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse
de nuevo a la Eucaristía.(59)
Algunas observaciones pastorales
21. El
Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover en su
propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión
que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión
frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y
competencia a la administración del sacramento de la Reconciliación.(60) A
este propósito se debe procurar que los confesionarios de nuestras
iglesias estén bien visibles y sean expresión del significado de este
Sacramento. Pido a los Pastores que vigilen atentamente sobre la
celebración del sacramento de la Reconciliación, limitando la praxis de la
absolución general exclusivamente a los casos previstos,(61) siendo la
celebración personal la única forma ordinaria.(62) Frente a la necesidad
de redescubrir el perdón sacramental, debe haber siempre un
Penitenciario (63) en todas las diócesis. En fin, una praxis
equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para sí o para
los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva toma de conciencia
de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la indulgencia se
gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya
perdonados en lo referente a la culpa ».(64) El recurso a las indulgencias
nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas no podremos reparar
el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda la comunidad;
por otra parte, la práctica de la indulgencia, implicando, además de la
doctrina de los méritos infinitos de Cristo, la de la comunión de los
santos, enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la
gran importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno
».(65) Esta práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los
fieles en el camino de conversión y a descubrir el carácter central de la
Eucaristía en la vida cristiana, ya que las condiciones que prevé su misma
forma incluye el acercarse a la confesión y a la comunión sacramental.
III.
Eucaristía y Unción de los enfermos
22. Jesús no
ha enviado solamente a sus discípulos a curar a los enfermos (cf. Mt
10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que ha instituido también para
ellos un sacramento específico: la Unción de los enfermos.(66) La
Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto
sacramental en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16). Si la
Eucaristía muestra cómo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han
transformado en amor, la Unción de los enfermos, por su parte, asocia al
que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la salvación de
todos, de tal manera que él también pueda, en el misterio de la comunión
de los santos, participar en la redención del mundo. La relación entre
estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se agrava la
enfermedad: « A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además
de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático ».(67) En el
momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrección: « El
que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré
en el último día » (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático abre al
enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su
recepción.(68) La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda
sin duda en beneficio espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que
hayamos hecho al más pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt
25,40).
IV.
Eucaristía y sacramento del Orden
In persona Christi capitis
23. La
relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del Orden se desprende
de las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: « haced esto en
conmemoración mía » (Lc 22,19). En efecto, la víspera de su
muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el
sacerdocio de la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar:
mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb 5,5-10), víctima de
expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí mismo en el
altar de la cruz. Nadie puede decir « esto es mi cuerpo » y « éste es el
cáliz de mi sangre » si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9).
El Sínodo de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del
sacerdocio ordenado, tanto por lo que se refiere a la identidad del
ministerio(69) como a la formación de los candidatos.(70) Ahora, a la luz
del diálogo tenido en la última Asamblea sinodal, creo oportuno recordar
algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante
todo, se ha de reafirmar que el vínculo entre el Orden sagrado y la
Eucaristía se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo
o el presbítero en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina
de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición imprescindible
para la celebración válida de la Eucaristía.(71) En efecto, « en el
servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien está
presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo
sacerdote del sacrificio redentor ».(72) Ciertamente, el ministro ordenado
« actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico
».(73) Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que
nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su
ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como
protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal.
Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que esforzarse
continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos, se
refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la
que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo
con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar
precisamente la sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo, por
tanto, al clero profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio
eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El
sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium,(74) es el
oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn
10,14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los
Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio ministerial
requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con Cristo.
Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es necesario
reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado
justamente como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis
oriental de elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y
que tiene en gran estima la opción por el celibato que hacen numerosos
presbíteros. En efecto, esta opción del sacerdote es una expresión
peculiar de la entrega que lo conforma con Cristo y de la entrega
exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios.(75) El hecho de que Cristo
mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la
cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para
entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto.
Así pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos
meramente funcionales. En realidad, representa una especial conformación
con el estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo
esponsal; es una identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la
vida por su Esposa. Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio
Vaticano II(76) y con los Sumos Pontífices predecesores míos,(77) reafirmo
la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato,
como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la
Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio
para la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez,
alegría y dedición, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la
sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A
propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la Eucaristía, el
Sínodo se ha detenido sobre la preocupación que ocasiona en muchas
diócesis la escasez de sacerdotes. Esto ocurre no sólo en algunas zonas de
primera evangelización, sino también en muchos países de larga tradición
cristiana. Ciertamente, una distribución del clero más ecuánime
favorecería la solución del problema. Es preciso, además, hacer un trabajo
de sensibilización capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos
de Vida consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las necesidades
pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los miembros del
clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde sea
necesario, aunque comporte sacrificio.(78) En el Sínodo se ha discutido
también sobre las iniciativas pastorales que se han de emprender para
favorecer, sobre todo en los jóvenes, la apertura interior a la vocación
sacerdotal. Esta situación no se puede solucionar con simples medidas
pragmáticas. Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles
preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento
vocacional y admitan a la formación específica, y a la ordenación,
candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal.(79)
Un clero no suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el
debido discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado
para suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la
llamada de Cristo. La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar
a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos.(80) Obviamente, en
este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias
incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con
generosidad al don de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante
la voluntad de Dios. En síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía
de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo,
mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es
necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina. Aunque en
algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la confianza de
que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando cualquier otra ocupación,
se dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a la
predicación del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta
ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los
Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia misión con
dedicación y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia es
también para los diáconos, a los cuales se les impone las manos « no para
el sacerdocio sino para el servicio ».(81) Como ha recomendado la Asamblea
del Sínodo, expreso un agradecimiento especial a los presbíteros fidei
donum, que con competencia y generosa dedicación, sin escatimar
energías en el servicio a la misión de la Iglesia, edifican la comunidad
anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida.(82) En fin, hay
que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el
sacrificio de la propia vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera
elocuente lo que significa ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de
testimonios conmovedores que pueden inspirar a tantos jóvenes a seguir a
Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando así la vida verdadera.
V.
Eucaristía
y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La
Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una particular relación con
el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en
esta relación es una necesidad propia de nuestro tiempo.(83) El Papa Juan
Pablo II ha tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de
la Eucaristía y su peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: «
La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del
Esposo, de la Esposa ».(84) Por otra parte, « toda la vida cristiana está
marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo,
entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo,
como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía
».(85) La Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor
indisolubles de cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del
sacramento, el vínculo conyugal se encuentra intrínsecamente ligado a la
unidad eucarística entre Cristo esposo y la Iglesia esposa (cf. Ef
5,31-32). El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en
Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene también
una dimensión eucarística. En efecto, en la teología paulina, el amor
esponsal es signo sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que
alcanza su punto culminante en la Cruz, expresión de sus « nupcias » con
la humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por
eso, la Iglesia manifiesta una cercanía espiritual particular a todos los
que han fundado sus familias en el sacramento del Matrimonio.(86) La
familia —iglesia doméstica(87)— es un ámbito primario de la vida de la
Iglesia, especialmente por el papel decisivo respecto a la educación
cristiana de los hijos.(88) En este contexto, el Sínodo ha recomendado
también destacar la misión singular de la mujer en la familia y en la
sociedad, una misión que debe ser defendida, salvaguardada y
promovida.(89) Ser esposa y madre es una realidad imprescindible que nunca
debe ser menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28.
Precisamente a la luz de esta relación intrínseca entre matrimonio,
familia y Eucaristía se pueden considerar algunos problemas pastorales. El
vínculo fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y
que tiene su expresión sacramental en la Eucaristía, se corresponde con el
dato antropológico originario según el cual el hombre debe estar unido de
modo definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt
19,5). En este orden de ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el
tema de la praxis pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en
que se practica la poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio.
Quienes se hallan en dicha situación, y se abren a la fe cristiana, deben
ser ayudados a integrar su proyecto humano en la novedad radical de
Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste en su condición
específica y los llama a la plena verdad del amor a través de las
renuncias necesarias, en vista de la comunión eclesial perfecta. La
Iglesia los acompaña con una pastoral llena de comprensión y también de
firmeza,(90) sobre todo enseñándoles la luz de los misterios cristianos
que se refleja en la naturaleza y los afectos humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto
que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su
Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento
del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero
amor.(91) Por tanto, es más que justificada la atención pastoral que el
Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran
bastantes fieles que, después de haber celebrado el sacramento del
Matrimonio, se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un
problema pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto
social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes
católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir
bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo
adecuado a los fieles implicados.(92) El Sínodo de los Obispos ha
confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf.
Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados
casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen
objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa
y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a
casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los
sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible,
cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el
diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega
a obras de caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde
existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental
contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su
fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho
canónico,(93) que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su
carácter pastoral, así como su correcta y pronta actuación.(94) En cada
diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el
adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es
una obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en
los tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ».(95) Sin embargo,
se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una
contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de
que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental
entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta,
sino que « se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel
».(96) Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial
y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible
de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse en vivir su
relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano
y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las
disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante camino
sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores y
con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendición
de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre
del valor del matrimonio.(97)
Debido a la
complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos países,
el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de
los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre los
compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio.
Un discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes,
movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman
responsabilidades que luego no sabrían respetar.(98) El bien que la
Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia fundada
sobre él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito
pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser
promovidas y protegidas de cualquier equívoco posible sobre su auténtica
verdad, porque el daño que se les hace provoca de hecho una herida a la
convivencia humana como tal.
Eucaristía y escatología
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es
cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina
en el tiempo(99) hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo
resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia
eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el
cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.).
El hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el
amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no
fuera posible, ya desde ahora, experimentar algo del cumplimiento futuro.
Por otra parte, todo hombre, para poder caminar en la justa dirección,
necesita ser orientado hacia la meta final. Esta meta última, en realidad,
es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace
presente de modo especial en la Celebración eucarística. De este modo, aún
siendo todavía como « extranjeros y forasteros » (1 P 2,11) en
este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida
resucitada. El banquete eucarístico, revelando su dimensión fuertemente
escatológica, viene en ayuda de nuestra libertad en camino.
El banquete escatológico
31.
Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su venida, Jesús
se ha puesto en relación con la expectativa del pueblo de Israel, de toda
la humanidad y, en el fondo, de la creación misma. Con el don de sí mismo,
ha inaugurado objetivamente el tiempo escatológico. Cristo ha venido para
congregar al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar
a cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf.
Jr 23,3; 31,10; Lc 1,55.70). En la llamada de los Doce, que
tiene una clara relación con las doce tribus de Israel, y en el mandato
que se les hace en la última Cena, antes de su Pasión redentora, de
celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería trasladar a toda la
comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la historia, signo e
instrumento de esa reunión escatológica, iniciada en Él. Así pues, en cada
Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la reunión
escatológica del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros
anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf.
Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como « las bodas del
cordero » (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la
comunión de los santos.(100)
Oración por los difuntos
32. La
Celebración eucarística, en la que anunciamos la muerte del Señor,
proclamamos su resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la
gloria futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La
esperanza de la resurrección de la carne y la posibilidad de encontrar de
nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido en el signo de la fe, se
fortalece en nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra
salvación. En esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera
recordar a todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por
los difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por
ellos,(101) para que, una vez purificados, lleguen a la visión beatífica
de Dios. Al descubrir la dimensión escatológica que tiene la Eucaristía,
celebrada y adorada, se nos ayuda en nuestro camino y se nos conforta con
la esperanza de la gloria (cf. Rm 5,2; Tt 2,13).
Eucaristía y la Virgen María
33. La
relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado
escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de
la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda
de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros
estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra
esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud,
que todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la
Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en
cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como
peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatológica que el sacramento
de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde ahora.
En María
Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con
que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura
humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como
la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios.
Su Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad
incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume
su vida en cada instante ante la acción de Dios. Virgen a la escucha, vive
en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las
palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico,
aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc 2,19.51). María es la
gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios,
abandonándose a su voluntad.(102) Este misterio se intensifica hasta a
llegar a la total implicación en la misión redentora de Jesús. Como ha
afirmado el Concilio Vaticano II, « la Bienaventurada Virgen avanzó en la
peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la
cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25),
sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de
Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su
Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio
como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo
».(103) Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la
Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la
muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo
entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos « hasta
el extremo » (Jn 13,1).
Por esto,
cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre
de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al
sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres
sinodales han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia
en el sacrificio del Redentor ».(104) Ella es la Inmaculada que acoge
incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de
la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo
de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace
de sí mismo en la Eucaristía.
SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo,
sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn
6,32)
Lex orandi y lex credendi
34. El
Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación intrínseca
entre fe eucarística y celebración, poniendo de relieve el nexo entre
lex orandi y lex credendi, y subrayando la primacía de la
acción litúrgica. Es necesario vivir la Eucaristía como misterio de
la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de que « el
intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la
acción litúrgica de la Iglesia ».(105) En este ámbito, la reflexión
teológica nunca puede prescindir del orden sacramental instituido por
Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica nunca puede ser
considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe. En efecto,
la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo
acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio
pascual.
Belleza y liturgia
35. La
relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo
peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la
liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada
intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la
liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos
atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san
Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes.(106)
Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en
que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en
Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia
nuestra verdadera vocación: el amor.(107) Ya en la creación, Dios se deja
entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13,5;
Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo Testamento grandes
signos del esplendor de la potencia de Dios, que se manifiesta con su
gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido (cf. Ex
14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo Testamento se
llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios
en Jesucristo.(108) Él es la plena manifestación de la gloria divina. En
la glorificación del Hijo resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf.
Jn 1,14; 8,54; 12,28; 17,1). Sin embargo, esta belleza no es una
simple armonía de formas; « el más bello de los hombres » (Sal
45[44],33) es también, misteriosamente, quien no tiene « aspecto
atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante el cual se
ocultan los rostros » (Is 53,2). Jesucristo nos enseña cómo la
verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte
en la luz radiante de la resurrección. Aquí el resplandor de la gloria de
Dios supera toda belleza mundana. La verdadera belleza es el amor de Dios
que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual.
La belleza
de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la
gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la
tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos
de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro,
Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso
transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no
es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento
constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación.
Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción
litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La celebración eucarística,
obra del «Christus totus»
Christus totus in capite et in corpore
36. La
belleza intrínseca de la liturgia tiene como sujeto propio a Cristo
resucitado y glorificado en el Espíritu Santo que, en su actuación,
incluye a la Iglesia.(109) En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar
las palabras de san Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de
fe propia de la Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose
precisamente al Misterio eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo
nos asimila a sí: « Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado
por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho,
lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es sangre de
Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y
sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo habéis
recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido ».(110)
Por lo tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo
mismo ».(111) Podemos contemplar así la acción misteriosa de Dios que
comporta la unidad profunda entre nosotros y el Señor Jesús: « En efecto,
no se ha de creer que Cristo esté en la cabeza sin estar también en el
cuerpo, sino que está enteramente en la cabeza y en el cuerpo ».(112)
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto
que la liturgia eucarística es esencialmente actio Dei que nos
une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a
nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. En
esto también es válida la afirmación indiscutible de san Pablo: « Nadie
puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo » (1
Co 3,11). El Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo
que se refiere a la Eucaristía, no nos transmite su doctrina personal,
sino lo que él, a su vez, ha recibido (cf. 1 Co 11,23). En
efecto, la celebración de la Eucaristía implica la Tradición viva. A
partir de la experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu
Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio eucarístico obedeciendo el mandato
de Cristo. Por este motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne el
día del Señor para la fractio panis. El día en que Cristo ha
resucitado de entre los muertos, el domingo, es también el primer día de
la semana, el día que según la tradición veterotestamentaria representaba
el principio de la creación. Ahora, el día de la creación se ha convertido
en el día de la « nueva creación », el día de nuestra liberación en el que
conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.(113)
Ars celebrandi
38. En los
trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la necesidad de superar
cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir,
el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y
fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se
favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la
adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la
mejor premisa para la actuosa participatio.(114) El ars
celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en
su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura
desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales
están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio
real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).(115)
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien
es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la Liturgia eucarística,
en el correcto ars celebrandi tienen un papel imprescindible los
que han recibido el sacramento del Orden. Obispos, sacerdotes y diáconos,
cada uno según su propio grado, han de considerar la celebración como su
deber principal.(116) En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él,
como « primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia
particular a él confiada, es el guía, el promotor y custodio de toda la
vida litúrgica ».(117) Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia
particular, no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para
que toda celebración en su territorio sea legítima, sino también porque él
mismo es por excelencia el liturgo de su propia Iglesia.(118) A él
corresponde salvaguardar la unidad concorde de las celebraciones en su
diócesis. Por tanto, ha de ser un « compromiso del Obispo hacer que los
presbíteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez mejor el sentido
auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y así se les guíe hacia
una celebración de la Eucaristía activa y fructuosa ».(119) En particular,
exhorto a cumplir todo lo necesario para que las celebraciones litúrgicas
oficiadas por el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente el
ars celebrandi, de modo que puedan ser consideradas como modelo para
todas las iglesias de su territorio.(120)
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40. Por
consiguiente, al subrayar la importancia del ars celebrandi, se
pone de relieve el valor de las normas litúrgicas.(121) El ars
celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las
formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del
rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado.
Favorece la celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables
de la pastoral litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros
litúrgicos vigentes y las respectivas normas, resaltando las grandes
riquezas de la Ordenación General del Misal Romano y de la
Ordenación de las Lecturas de la Misa. En las comunidades eclesiales se da
quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo no es así.
En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y expresan la
fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de
historia. Para una adecuada ars celebrandi es igualmente importante
la atención a todas las formas de lenguaje previstas por la liturgia:
palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo, colores
litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su
naturaleza una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser
humano. La sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos,
realizados en el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen más
que la artificiosidad de añadiduras inoportunas. La atención y la
obediencia de la estructura propia del ritual, a la vez que manifiestan el
reconocimiento del carácter de la Eucaristía como don, expresan la
disposición del ministro para acoger con dócil gratitud dicho don
inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La
relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a considerar
con atención todas las expresiones artísticas que se ponen al servicio de
la celebración.(122) Un elemento importante del arte sacro es ciertamente
la arquitectura de las iglesias,(123) en las que debe resaltar la
unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo,
tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente que el
objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los
misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más apto para
el desarrollo adecuado de su acción litúrgica.(124) En efecto, la
naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica misma,
que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son
las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5).
El mismo
principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la
escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la
mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte
sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para
los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas
obras relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable
que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la
historia del arte como materia importante, con especial referencia a los
edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo
lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se debe
también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos
sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí,
fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la
fe y refuercen la devoción.(125)
El canto litúrgico
42. En el
ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico.(126)
Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: « El hombre nuevo conoce
el cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos
atentamente, función de amor ».(127) El Pueblo de Dios reunido para la
celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia, en su bimilenaria
historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un
patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos
decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de
evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no
respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto
debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración.(128)
Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de
corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a
los tiempos litúrgicos.(129) Finalmente, si bien se han de tener en cuenta
las diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo, como han pedido
los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano(130)
como canto propio de la liturgia romana.(131)
Estructura de la celebración eucarística
43. Después
de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi
puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención
de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la
celebración eucarística que requieren un especial cuidado en nuestro
tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica
deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran
tradición eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante
todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la santa Misa.
Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la
celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del
rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los
ritos de introducción y conclusión— « están estrechamente unidas entre sí
y forman un único acto de culto ».(132) En efecto, la Palabra de Dios y la
Eucaristía están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios
nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el
Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual.(133) Así pues, « la
Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la
Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo ».(134) Por tanto, se ha de tener
constantemente presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y
proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto
con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva
siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la
liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios
por parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se
leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo,
y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio ».(135) Si las
circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que
ayuden a los fieles a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la
Palabra de Dios ha de ser escuchada y acogida con espíritu eclesial y
siendo conscientes de su unidad con el Sacramento eucarístico. En efecto,
la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn
1,14), y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su
permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en
nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En
esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana,(136) el
conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también
en toda su verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura
es desconocer a Cristo ».(137)
Para lograr
todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la
Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales,
celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas,
Completas y también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos,
las lecturas bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden
llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la
economía de la salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y
la participación en la celebración eucarística.(138)
Homilía
46. La
necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la
importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la acción
litúrgica »; (139) tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y
eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los
ministros ordenados han de « preparar la homilía con esmero, basándose en
un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura ».(140) Han de evitarse
homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un
esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en
estrecha relación con la celebración sacramental(141) y con la vida de la
comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor
de la Iglesia.(142) Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad
catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del
leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a
lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana,
según lo que el Magisterio propone en los cuatro « pilares » del
Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio:
la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en
Cristo y la oración cristiana.(143)
Presentación de las ofrendas
47. Los
Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las
ofrendas. Ésta no es sólo como un « intervalo » entre la liturgia de la
Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el
sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad,
este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el
vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor
para ser transformada y presentada al Padre.(144) En este sentido,
llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo,
conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para
ser vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con
añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios
pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido
al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al
sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria eucarística
48. La
Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la celebración
».(145) Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas
Plegarias eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por
la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza
teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las
aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en
esto, recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria
eucarística: acción de gracias, aclamación, epíclesis, relato de la
institución y consagración, anámnesis, oblación, intercesión y doxología
conclusiva.(146) En particular, la espiritualidad eucarística y la
reflexión teológica se iluminan al contemplar la profunda unidad de la
anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato de la
institución,(147) en la que « se realiza el sacrificio que el mismo Cristo
instituyó en la última Cena ».(148) En efecto, « la Iglesia, por medio de
determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que
los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se
conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima
inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de
quienes la reciben ».(149)
Rito de la paz
49. La
Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del
Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera
específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de
gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de
conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la
sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez
más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí
misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo
irreprimible en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la
petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de
buena voluntad, dirigiéndola a Aquél que « es nuestra paz » (Ef
2,14), y que puede pacificar a los pueblos e individuos aun cuando
fracasan las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con
que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica.
A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha
visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir
expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea
precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor
del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un
clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de
la paz a los más cercanos.(150)
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro
momento de la celebración, al que es necesario hacer referencia, es la
distribución y recepción de la santa Comunión. Pido a todos, en particular
a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están
autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de
necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez,
corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el
Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me
remito a los documentos emanados recientemente.(151) Todas las comunidades
cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en
ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a
este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción
de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser
también muy útil permanecer recogidos en silencio.(152)
A este
propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el
que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho
de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas
celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos,
además de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que
tal vez no se acercan al altar desde hace años, o quizás están en una
situación de vida que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces
sucede que están presentes personas de otras confesiones cristianas o
incluso de otras religiones. Situaciones similares se producen también en
iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de
en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar
expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido de la
comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se den
situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre
el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de
sustituir la Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios.(153)
Despedida: « Ite, missa est »
51. Quisiera
detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho sobre el saludo
de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de la
bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras:
Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre
la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad,
« missa » significaba simplemente « terminada ». Sin embargo, en el
uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión
« missa » se transforma, en realidad, en « misión ». Este saludo expresa
sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene
ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en
esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería
útil disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el
pueblo y la bendición final que expresen dicha relación.(154)
Actuosa
participatio
Auténtica participación
52. El
Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación
activa, plena y fructuosa de todo el Pu |