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Los
Derechos Humanos y el Aborto
Por:
Liana Tábora de Fortín
Psicóloga
Orientadora Familiar
A
través de la historia el hombre siempre ha buscado defender lo que en
justicia le corresponde, el respeto a sus derechos fundamentales. Al hombre
le corresponde exigir ser tratado como persona digna, con derechos que
dimanan de lo común en el ser humano, de su naturaleza y por lo tanto son
universales, para todos los hombres, sin distinción de raza, color, sexo,
condición, edad, etc. Desde épocas antiguas los Derechos Humanos han sido
reconocidos, proclamados, defendidos, y con el correr del tiempo este
concepto ha ido evolucionando y prueba de ello es la Declaración Universal
de los Derechos Humanos de la ONU en 1948. Declaración que tiene como
objeto, revindicar los derechos fundamentales del hombre como persona,
darles un reconocimiento internacional y una protección internacional.
El
articulo 3 de la Declaración universal de los derechos humanos afirma: Todo
individuo tiene derecho a la vida. El pacto Internacional de los
derechos civiles y políticos en su articulo 6 recoge: El derecho a la
vida es inherente a la persona humana. Este derecho estará protegido por la
ley. En esta fórmula se resalta que este derecho es inherente al ser
humano, así como que debe ser protegido por la ley. La protección legal
equivale a exigir la intervención de los poderes públicos no sólo para la
protección de la vida en sí misma, sino también para la remoción y la
superación de los obstáculos que a ello pudieran oponerse, como es propio
del estado social de Derecho.
La
vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el
momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser
humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está
el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.
Ante
la eliminación de la vida humana por medio del aborto estamos frente a un homicidio
directo con la correspondiente responsabilidad penal y moral. A menudo
se plantea el tema del aborto como libertad de elección de la mujer. Pero
una persona no puede elegir quitar la vida a otra. No es posible hablar del
derecho a elegir, porque se trata de un crimen. El resto de la casuística,
de la que hablan los defensores de este crimen, no es más que hojarasca que
oculta la verdadera realidad. Si nosotros como sociedad permitimos que esto
suceda somos igualmente responsables de este delito.
Estoy
convencida de que a medida que el hombre desarrolla más su intelectualidad
y no forma su conciencia paralelamente a su cognición, es cuando se pierde
en el dominio que logra sobre la naturaleza. Deja de respetar a su semejante
y traspasa el límite de sus derechos; el hombre se desorienta y se pierde
en el relativismo y la instrumentalización del ser humano, violando los
derechos fundamentales del mismo hombre. El relativismo no atiende a ninguna
norma moral, natural o social; se fundamenta en el valor de los actos que
dependen de las circunstancias. Es decir, que para los defensores de esta
doctrina no hay un único fundamento de los derechos humanos, porque tanto
fundamento como derechos son variables y dependen de las circunstancias de
cada momento histórico y cultural.
Basados
en este relativismo es como en nuestra época en muchos países se ha
legalizado el aborto, el peor crimen de todos, el asesinato de un inocente
dentro del vientre materno. Es la destrucción intencional, premeditada y
directa del feto en el vientre materno; es un ataque a un ser humano
indefenso. Desde todo punto de vista es un acto injustificable, reprobable y
que demanda que todas las personas realicen lo pertinente para frenar la
legalización del aborto.
Todos
estamos llamados a velar porque se respeten los Derechos Humanos, en
especial el primero de todos, el Derecho a la Vida. Debemos proteger este
derecho de los que erróneamente creen que la vida debe supeditarse a las
circunstancias y que justifican disponer de la existencia de otro ser
humano, otorgando el derecho de determinar si vale la pena que un niño no
nacido viva o muera.
Ya
ha sido probado científicamente que desde el momento de la concepción
comienza la vida, de la unión de un óvulo y un espermatozoide surge una
nueva existencia, con autonomía genética y con su propia potencialidad. Es
una vida diferente a la de la madre, que por el hecho de estar dentro del
cuerpo materno no quiere decir que forma una sola sustancia con su
progenitora, sino que son dos seres humanos distintos, poseedores de igual
dignidad.
Esa
nueva vida dentro del vientre materno merece ser ayudada y protegida. El
aborto no solo afecta al feto que muere sino a la madre que toma esa fatal
determinación; a partir de ese momento queda incompleta, vive la angustia y
el dolor de haber matado a un inocente que dependía de su vientre para
poder crecer y desarrollarse.
Se
puede decir enfáticamente que el aborto es la mayor violación a los
derechos humanos, acto inmoral que nunca puede ser lícito, ni como medio,
ni como fin, porque se trata de la eliminación de un ser indefenso. Ninguna
autoridad puede legítimamente autorizarlo ni permitirlo, aunque apelen a
circunstancias dramáticas, sociales o económicas; de ningún modo es
justificable, ninguna ley del mundo podrá hacer jamás lícito este crimen,
por ir en contra del mismo hombre, de su naturaleza, de su dignidad; no es
necesario ser cristiano ni tener temor de Dios para darse cuenta de esa
realidad; el hombre no puede ir en contra de él mismo y los que creemos en
Dios estamos totalmente convencidos que cualquier acto en contra de una
persona es contrario a la Ley de Dios, a la Ley Natural impresa por Dios en
el corazón del hombre.
Usted
puede estar de acuerdo con que el aborto es matar a un ser humano indefenso,
pero con su actitud indiferente hacia este tema, contribuirá a que un grupo
pequeño de personas sin ética logren que en nuestro país se promulguen
leyes para matar a estos seres humanos.
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